Paola Burbano / Para Notimercio
En épocas electorales las calles despiertan antes que el sol. Las paredes y los postes tiemblan por la llegada de los colaboradores de los candidatos. Con sigilo de madrugada preparan los famosos engrudos de harina y agua, o utilizan pegamentos más resistentes. El objetivo es empapelar postes y muros con las fotos de su postulante preferido.
El resultado es basura, deterioro del ornato público y una agresión al paisaje urbano. Imponer una imagen sobre el mobiliario de la ciudad es apropiarse del espacio común sin permiso. Los postes ya cargan anuncios de clases, lecturas de manos, conciertos y promesas improvisadas. Cuando llegan las campañas, el exceso se vuelve insoportable. Es hora de impulsar una campaña limpia. Respetar el mobiliario urbano es un acto de coherencia con la frase “dejar el mundo mejor de lo que lo encontramos”. Esa idea debe traducirse en gestos concretos desde el primer día.
Las herramientas existen: redes sociales, publicidad digital, debates y reuniones barriales ordenadas permiten llegar a los electores sin convertir la ciudad en un basurero electoral. Quien aspira a gobernar debe demostrar que el espacio público es de todos.
Una campaña limpia es también una invitación a contribuir y construir una ciudad de colores donde cada cosa ocupe su lugar. Una ciudad de colores no es aquella cubierta de papelitos rotos. Es aquella en la que brillan los murales, las fachadas cuidadas, los árboles y los parques limpios. Cada cosa en su lugar significa que la publicidad política tiene espacios designados: vallas autorizadas y plataformas digitales. Los postes sirven para el alumbrado, no para cargar la contienda electoral. Contribuir a esa ciudad es tarea colectiva. Los candidatos pueden renunciar al empapelado indiscriminado. Los ciudadanos pueden exigir y participar en la recuperación de espacios. Una ciudad ordenada y colorida reduce el estrés, aumenta el sentido de pertenencia y fomenta la convivencia.
Imaginen una ciudad donde, terminada la campaña, no queden rastros de papel ni de engrudo, sino ideas debatidas con altura. Postes libres, muros que invitan a mirar y barrios que lucen sus colores con orgullo. A las futuras dignidades les corresponde escuchar este llamado. Hagan campañas limpias. Respeten los barrios con el ejemplo. Contribuyan a una ciudad de colores donde cada cosa tenga su lugar. La política que se pega con engrudo termina despegándose; la que se construye con respeto y orden permanece. Es momento de dejar de empapelar la ciudad y empezar a construir, juntos, un entorno más limpio y digno de quienes habitan estos espacios lo merecen.
Además, impulsemos la recuperación de los jardines urbanos como un acto concreto de cuidado colectivo. Cada parterre y cada rincón verde merecen atención. Cuando veamos plantas en las calles o en los espacios públicos, coloquemos un baldecito de agua. Ese gesto sencillo mantiene viva la vegetación, embellece el barrio y combate el deterioro. No esperemos solo a las autoridades: seamos actores del cambio. Con pequeñas acciones diarias transformamos el entorno, generamos conciencia y demostramos que una ciudad más limpia, colorida y verde se construye entre todos. El agua que damos hoy es vida para mañana.


