Donde el alma vuelve en una cucharada

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La Fanesca tradicional ecuatoriana.

Yadira Aguagallo/ Para Notiemercio

La fanesca, más que un plato de Semana Santa, es un símbolo de memoria, familia e identidad, cuya preparación evoca recuerdos y emociones únicas, cargada de nostalgia y pertenencia, donde cada preparación tiene un significado único e irrepetible.

Hablar de la fanesca más rica de mi vida es un acto injusto. Porque es puramente subjetivo, porque esa sopa de doce ingredientes que se prepara en una temporada específica del año no está diseñada para pasar un test de gastronomía, sino uno de amor: recuerdos, anhelos de días pasados.

Porque ¿cómo se le gana a la nostalgia, al olor de la madera encendiéndose en el fogón de la casa de la abuela, a las risas mientras decenas de primos pelan los granos? ¿Cómo se le gana al recuerdo de una tía que colgaba el bacalao en cordeles, al ingreso de la cocina de leña, para que tomara ese gusto ahumado que no se aprende en ninguna receta? ¿De qué forma compite la imagen de un padre que camina de la mano de su hija por la ciudad, en busca de la consistencia perfecta de ese potaje que amas u odias, porque no existe el punto medio? ¿Cómo comparas el sabor de una fanesca que comiste en la vía al Boliche, después de descender del Rumiñahui bajo una lluvia que te caló los huesos, y cuya primera cucharada supo exactamente a eso: al alma regresando al cuerpo?

¿Cuál es la cantidad correcta de sal para despertar en la lengua esas sensaciones dormidas? Los chochos, pelados o con cáscara, adquieren legitimidad según la mano que los prepare, y ahí la discusión deja de ser técnica para volverse íntima. La fanesca más rica de tu vida puede ser también aquella con la que dejaste de ser una niña que renegaba del pescado y pasaste, sin darte cuenta, a sentarte en la mesa de los adultos, celebrando un sabor que hasta hace poco rechazabas. O aquella que encontraste en otro continente, en el restaurante de un coterráneo que intentaba reconstruir la receta: imperfecta, sí, pero suficiente para devolverte, por un instante, a casa.

También puede ser aquella que pruebas cinco años después de que te diagnosticaran una alergia severa a la caseína, que te obligó a despedirte de los lácteos y de cualquier preparación que los contuviera. Y luego, con paciencia, con miedo, con pequeñas victorias, fuiste reintroduciendo sabores sin que el cuerpo se rebelara, hasta que un día, casi sin darte cuenta, pudiste volver a sentir esa mezcla espesa, tibia, profunda, desplegándose en la boca como una memoria intacta.

Y entonces entiendes que la fanesca no se mide en cucharadas, sino en pulsos. En el hervor lento que espesa la memoria, en ese color que no es exactamente dorado ni crema, sino una mezcla irrepetible de tiempo, manos y estaciones. Es un plato que no se apura: pide pausa, pide silencio, pide presencia.

La fanesca más rica de mi vida, entonces, no es una sola. Son todas las que me han devuelto algo: el calor en las manos frías, la risa que ya no está, la certeza de pertenecer a una mesa aunque cambie la geografía. Es la que llega humeante mientras afuera llueve y el mundo parece detenerse; la que obliga a comer despacio porque cada cucharada tiene algo que decir.

Quizá por eso es injusto elegir. Porque siempre habrá otra, en otro año, en otra cocina, que vuelva a disputarse ese lugar con argumentos que no caben en una receta. Y uno, inevitablemente, cede. Porque al final, la fanesca más rica no es la mejor lograda, sino la que llega en el momento exacto en que el cuerpo —y la memoria— la estaban esperando.

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