La noche del 12 de febrero de 1949 cayó sobre Quito envuelta en neblina, con una sensación térmica de unos 11 grados.
No faltaba café humeante, para disipar el sopor. En los hogares, toda la familia se reunía alrededor del fogón y de la radio.
Una madre cosía mientras sus guaguas se acomodaban en el suelo.
El padre giraba la perilla.
Antes de las 21:00, se sintonizaba Radio Quito, a la espera del programa de la canción criolla con el dúo Benítez y Valencia.
A las 21:06, cuando en el pasillo sonaba: “Para mí tu recuerdo”, se detuvo.
Irrumpió el locutor Raúl López:
—¡Nos invaden los marcianos!
La ficción embistió a la realidad.
El libreto original lo desintegró el fuego horas más tarde.
Pero su fantasma sobrevive en el libro: Los que siembran el viento, escrito desde el exilio por el creador intelectual de esa transmisión.
En algunas reconstrucciones se atribuye ese momento a Raúl López; en otras, al actor Eduardo Alcaraz.
—Estimados radioescuchas, la civilización está herida de muerte. Es la especie frente a su desaparición. ¡Señores, aceptemos lo irremediable!
Un reportero desde Cotocollao describía con voz entrecortada cómo unas «figuras similares a torres de energía» se desplazaban con «secuencia armoniosa», emitiendo una luz verde. Hablaban de un «líquido amarillo» que hacía desaparecer todo a su paso.
Actores imitaron las voces de autoridades, del jefe de información y del dueño de la emisora; se dijo que fue parte del suceso.
Se anunció que el reportero Leonardo Páez (autor del guión) había sido desintegrado.
Quito tenía aún muy cercano a su recuerdo la guerra con el Perú, iniciada el 5 de julio de 1941.
El fin del mundo ya no parecía imposible y, en los periódicos de esos años, la palabra invasión no era un cacho.
Cuando la radio dijo que los marcianos bajaban, la gente desbordó las calles.
Hombres con camisas arremangadas corrían sin dirección.
Mujeres apretaban a los niños contra el pecho.
Se dijo que las luces estaban sobre el Panecillo.
Hubo quien juró haberlas visto sobre los cerros.
La gente rezaba de rodillas en las aceras.
Fuentes de la época mencionan que las líneas telefónicas disponibles se abarrotaron.
Unos preguntaban si debían huir al Pichincha; otros, si los curas ya daban la extremaunción.
Los actores seguían leyendo el libreto.
Entre informe e informe se colaba la cuña comercial de Orangine.
No había cohetes ni rayos láser.
A las 22:00 confesaron:
—Soy Leonardo Páez. Esta es una adaptación de La guerra de los mundos, la novela que H. G. Wells publicó en 1898. No fui desintegrado. Estoy vivo.
Una turba llegó a las calles Chile y Benalcázar.
Volaron piedras. Un incendio arrasó el edificio El Comercio y Radio Quito.
Perdieron la vida cerca de diez personas, aunque algunos recuentos posteriores elevan la cifra. Entre los decesos estuvo el violinista Perfecto Alvarado y el pianista Raúl Molestina.
En las crónicas de la época circuló que a más de una embarazada se le adelantó el parto, se revelaron infidelidades y la imagen de la Dolorosa fue llevada para salvarse del juicio final o como escudo ante los alienígenas.
Leonardo Páez fue a juicio y fue absuelto, pero se autoexilió en Venezuela, dejando un halo de indignación.
Radio Quito reanudó actividades el 30 de abril de 1951.
En los 50, la alfabetización era limitada. Por ello, la radio fue, durante décadas, la narradora del continente.
Las familias se arremolinaban alrededor de un solo receptor.
En lo invisible, había artesanos haciendo teatro.
Los actores empleaban los llamados Foley, o recursos para efectos en el estudio con elementos tales como cajas de arena para recrear pasos, abrir y cerrar puertas, todo bajo una coordinación métrica con los técnicos.
Con alejarse un poco del micrófono se lograba que el sonido rebotara en las paredes acústicas.
Al sacudir una lámina se recreaba un trueno, o usar cocos para imitar el galope de un caballo.
En 1948, desde La Habana, Félix B. Caignet escribió: “El derecho de nacer”.
Las calles quedaban desiertas en el momento de la transmisión de sus 300 capítulos.
Los cines cambiaron sus horarios.
Lágrimas corrían por las mejillas de las audiencias, debido a los infortunios de los personajes.
En México, hacia 1963, fue creado un ser místico con poder mental, el hombre increíble: Kalimán.
En la cabina se esperaban instrucciones. Detrás del vidrio, el operador, pendiente del reloj, encendía la luz roja.
La cortina instrumental de ambientación daba paso a una voz que alargaba las vocales:
—Kaaa liii maaan. Caballero con los hombres, galante con las mujeres, implacable con los malvados, tierno con los niños.
Era Luis M. Pelayo. La producción ocultó los nombres reales y los oyentes creyeron que era la misma persona el héroe y el actor.
En 1965, ante el éxito del programa, apareció la primera historieta semanal.
En Colombia, sus aventuras se escuchaban en emisoras de Medellín y Bogotá. Muchos oyentes nunca vieron una historieta, pero podían imaginar las escenas.
A finales de los años 60, en Venezuela, otro programa se abrió paso:
—Señoras y señores, buenas noches.
Era Porfirio Torres, locutor de “Nuestro insólito universo”, un micro de cinco minutos que se transmitía de lunes a viernes a las ocho de la noche.
Detrás del programa estaba Rafael Sylva, un guionista que leía periódicos y revistas de madrugada en busca de casos peculiares.
Torres modulaba, sostenía las pausas y daba solemnidad a cada episodio.
El tema musical que abría era The Milky Way, de Ron Goodwin. Treinta segundos de música bastaban para que quien estuviera en otra habitación se acercara al receptor.
Torres relataba curiosidades: las líneas de Nazca, un barco desaparecido en el Triángulo de las Bermudas, un ataúd que se movió solo en Barbados.
También sucesos cotidianos: un sastre de La Pastora que vio una esfera de luz entrar por su ventana, recorrer la habitación y explotar sin ruido, dejando solo olor a ozono y una mancha en la pared.
En 1977, Sylva empezó a recibir sobres sin remitente. Llegaban cada dos meses a la radio, dirigidos a «Lino Sutil».
Contenían recortes de periódicos europeos con traducciones hechas a mano. Una vez, uno de los sobres trajo una nota: Por favor, señor Sylva, no busque más. Disfrute el material.
El remitente envió paquetes durante 12 años y luego desapareció.
Todavía hoy, en los archivos de Radio Nacional de Venezuela, hay cajas con recortes que llegaron de la nada.
A mediados de los 80, una inundación en la emisora destruyó más de 300 grabaciones.
Sylva donó 1 300 micros a la Biblioteca Nacional. El resto se perdió.
La radio empleaba palabras dichas en el tono exacto, silencios y respiraciones contenidas.
Primero se percibía la estática, ese sonido de universo lejano. Luego, voces.
La madre dejaba de coser. El padre inclinaba el cuerpo hacia adelante. Los niños contenían la respiración. Dentro de esa caja de bulbos había mundos inexplorados.
En caso de perderse una emisión, se debía buscar un pariente o vecino que al menos pudiera dar un resumen.
En marzo de 2026 llueve en Quito. El frío baja del Pichincha. En algunas casas todavía existen radios convencionales.
En Spotify o YouTube duermen cientos de capítulos de radionovelas de hace más de medio siglo.
Con un clic, vuelve una persecución en la selva, un misterio o un protector:
—Solín: el cerebro, muchacho, es la fuerza prodigiosa que mueve el mundo.
Al cerrar los ojos, se enciende la nostalgia y escuchar rescata la memoria por una época en donde imaginar era un acto colectivo.





