Yahaira Recalde/Para Notimercio
La profunda amistad entre mujeres, demuestra como el apoyo, los abrazos y la complicidad construyen en un refugio emocional.
La conocí a los trece, en la fila para dar la prueba de ingreso a nuestro nuevo colegio. Allí descubrimos que éramos vecinas y, aunque aún no lo sabíamos, hicimos un pacto implícito de que nunca dejaríamos de ser amigas. Ella tiene guaguas a quienes quiero y mimo; yo tengo plantas que ella poda y abona.
Era domingo en la noche. Estaba por concluir mi rutina de belleza y sonó el teléfono. El nombre que aparecía en la pantalla me sorprendió, pues era el de María, con la que tenemos el pacto de acompañarnos en la forma que la otra decida y desee. Me dijo que necesitaba un abrazo, que estaba en la puerta de mi casa. Al entrar, ninguna de las dos habló: no era necesario. Lloramos juntas por varios minutos: ella por su tristeza y yo por la que me causaba la suya, y una que otra mía por la que no me había permitido hacerlo.
Cuando lo planeamos, casi nunca logramos cuadrar agendas, pero no es raro que nos despertemos un sábado y, sin mayor trámite, logremos juntarnos para el almuerzo. Todas estamos en la menopausia: a una le duele el manguito rotador y le cae mal la gente, la otra tiene insomnio y es vegetariana, la tercera corre como si alguien la persiguiera para no perder masa muscular en la vejez, una de ellas decidió hacerse profesora de yoga y a la quinta la vida la llevó a Canadá. Tenemos todo y nada en común, pero hace ya treinta años que elegimos compartir nuestras vidas, y estoy segura de que lo seguiremos haciendo.
Ella es rubia y yo soy morena; ella se ríe y nadie puede dejar de hacerlo con ella —incluidos los que no entendieron el chiste—. Yo odio a los que no comprenden mis chistes. Ella ama bailar; yo amo dormir. Ella odia el brócoli y yo lo comería hasta crudo. Somos como el día y la noche, y es precisamente eso lo que hace que nos queramos tanto y nos mantiene unidas.
Me cambió la banda sonora de mi vida; me enseñó que, en nuestro departamento, nadie lloraba, ni reía sola. Sabe leerme inclusive a través de una pantalla, y uno de sus abrazos es capaz de reiniciarme el día.
Es ingeniera, albañil, carpintera, bailarina, tenista y pintora a la vez, pocas veces se complica y contesta una de cada diez llamadas. No conoce la puntualidad, pero jamás falta ni a un festejo ni a un pedido de sus amigas.
Fue la mejor amiga de la abuela de mi sobrina. La casualidad y el amor que compartimos por las letras nos unió antes de la pandemia. Es mi amiga, mi maestra y mi confidente.
Para mí siempre será la Chiquita, aunque sea ella quien cuide de mí, quien me anima a dar esos saltos que sola nunca lograría y quien me arropa en las noches de lluvia y tormenta.
Fue mi primera copilota en mi triciclo veloz; solo ella tiene el código de mi teléfono rojo a pilas y fue la única que no se alejó de mí cuando me contagié de piojos en el jardín.
Hoy honro sus múltiples formas de maternar, sus triunfos en un mundo laboral masculino.
Las quiero por su voz firme y potente, porque luchan por sus sueños, porque no se dejan caer, porque aman sin condiciones.
Soy todas y cada una de las mujeres de mi vida. Soy su ternura, su fuerza, su tenacidad, sus ganas de llorar contenidas y su sonrisa franca. Soy madre a través de ellas y soy hija en sus brazos; soy su refugio y son mi hogar.





