El celular como espejo

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Liliana M. Jayo S./Para Notimercio

El celular no es el problema, sino el uso que le damos como adultos. La crianza digital exige revisar nuestro ejemplo, evitar que la pantalla reemplace la presencia y acompañar a los hijos con atención y conciencia.

El celular no es el problema, es un espejo. Una herramienta cuyo efecto cambia según cómo entra en nuestra vida, sobre todo cuando somos padres. La pregunta no es “celular sí o no”, sino cómo lo introducimos en la cotidianidad de nuestros hijos, que aprenden a mirar el mundo a través de nuestros ojos. Los padres somos entonces figuras clave para acompañar lo que ven y lo que sienten. El celular puede abrir caminos para aprender y encontrarse con otros, pero también puede volverse un “anestésico” que tapa el malestar y “acompaña“.

Como madre de tres adolescentes, puedo decir que muchas veces el cansancio me sobrepasa. Intento supervisar, pero tengo encima jornadas largas y la autoexigencia de estar siempre conectada al trabajo, además del estrés y la falta de descanso. En este escenario, dejar que los hijos se queden con el celular parece una solución práctica: se entretienen y se calman. Pero cuando eso se vuelve rutina, la pantalla pasa a ocupar el lugar del adulto.

También está el uso que los adultos hacemos de nuestro propio celular, no solo como  herramienta de trabajo, sino también como un refugio: respondemos “el último mensaje”, miramos “solo un ratito más” una red social, “descansamos” haciendo scroll. La atención queda partida en pedazos y los ratos en los que podríamos estar de verdad presentes con nuestros hijos se llenan de interrupciones y distracciones. A esto se suma una cultura que aplaude la productividad constante, la disponibilidad total y la idea de que estar conectados es lo mismo que estar acompañados.

En este contexto, hace falta frenar un momento y reflexionar qué mensajes estamos comprando casi sin darnos cuenta: modas, ideas sobre el éxito, exigencias de consumo. Muchas veces los aceptamos de forma automática. Solo si los reconocemos podemos decidir qué lugar queremos que tengan en nuestra vida. Hoy la pregunta ya no es solo cuánto tiempo pasamos frente a una pantalla, sino cuánto de ese tiempo es una elección consciente y cuánto es pura inercia, presión externa o simples ganas de apagar la cabeza.

Estoy convencida de que asumir la responsabilidad significa revisar dos cosas: nuestra propia relación con el celular y la forma en que lo introducimos en la vida de nuestros hijos. No alcanza con ponerles reglas a ellos si nosotros seguimos atrapados en la misma hiperconexión. Gestos tan sencillos como apagar el teléfono para mirar a nuestros hijos a los ojos, reservar espacios sin pantallas, hablar de miedos y deseos y no solo de tareas y horarios, tienen un efecto profundamente subversivo, en un mundo que glorifica el ajetreo en nombre de la productividad e incluso el “éxito“. 

El desafío que nos queda como adultos es armar una trinchera del cuidado, tanto de nosotros mismos como de los Otros: nuestros hijos. Una ética cotidiana que nos cuestione si la forma en que usamos el celular, favorece el descanso o lo sabotea, nos acerca o aleja y si llena o  vacía los encuentros con quienes más amamos. En este escenario se juega cada día, no solo la salud mental de los niños, niñas y adolescentes, sino también de nosotros los adultos que estamos para acompañarlos.

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