Hogares o residencias, el dilema de envejecer con afecto

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Magaly Villacrés / Para Notimercio

A UNA RESIDENCIA UNO NO VA POR VOLUNTAD. A ESA CUEVA DE ANCIANOS SIEMPRE NOS LLEVAN ENGAÑADOS”. Cuidar va mucho más allá de cumplir tareas o atender los deterioros del cuerpo y de la mente. No se trata solo de cambiar pañales, repartir medicinas o levantar cuerpos cansados cada mañana. Cuidar es acompañar historias, escuchar silencios y sostener miradas .

Sabes que estás llegando al final de tu vida, cuando tus hijos te tienen que limpiar el culo. La primera vez que vi a mi esposo Eduardo, atender a su padre de esa manera, supe que la vejez se había instalado sin remedio en la casa.  Mi suegro Arnoldo, es un hombre de 92 años con diagnóstico de Alzheimer y su deterioro físico y mental avanza, aunque a paso lento. 

En España, el 20% de la población sobrepasa los 65 años de edad, eso representa más de diez millones de adultos mayores. Existe una alta demanda para acceder a una plaza en una residencia pública y las privadas superan los 2.000 euros mensuales. 

Con esta realidad, los cinco hijos de Arnoldo decidieron no ingresarlo en una residencia y que su último tramo de vida lo pasara en casa al cuidado de Ofelia, una afectuosa colombiana que permanece a su lado, y lo acompaña a sobrellevar los efectos y complejidades de la edad con dignidad y respeto. 

Lo movilizan en silla de ruedas y sus piernas se miran entumecidas, aunque ciertos días logra dar unos pocos pasos del baño a la habitación, casi siempre custodiado por dos personas por si le falla la poca fuerza que aún conserva. 

Por medio de la municipalidad local percibe una asignación económica que se traduce en asistencia psicológica, de trabajo social y fisioterapia. Esa es la ventaja que tiene España; asume como prioridad la atención a la gente de tercera edad y gracias al cuidado, el envejecimiento ha incrementado en expectativa de vida.

Hace poco, Arnoldo resolvía crucigramas, pintaba y leía titulares de periódicos, incluso, tocaba la guitarra. Esas actividades han quedado atrás. 

Cada vez usa más pañales. Permanece más callado y sonríe menos. Está más ensimismado. Más ausente. Más niño. Pero está en casa, rodeado de su familia.

Dicen que, cuando los padres empiezan a olvidar, los hijos se ponen a recordar. En ocasiones, mi esposo se dedica a ponerle los boleros de Los Panchos, y pareciera que un ramalazo de memoria le iluminara la mente; Arnoldo se queda quieto, pensativo, escuchando; quizás añorando… 

A veces revisa álbumes familiares e intenta reconocer aquellos rostros lejanos, pero al rato los cierra. Quizás sea, porque de esos álbumes viejos la mayoría ya están muertos. Y es gente que sonríe, pero que a él lo dejan triste.

Antes de marcharnos hay que llevarlo otra vez, al baño. Se pone de pie y se apoya en mí como puede; mientras su hijo le cambia el pañal, lo asea y lo unta con aceite para evitar escaras en la piel. Luego la medicación, retirar y lavar la dentadura y acostarlo. Arnoldo se refugia en la cama, se desvanece en un sueño profundo. 

Al otro lado del Atlántico, en Riobamba, están mis padres. Waldemar y Beatriz, 90 y 80 años, respectivamente. La suma de sus años ha venido acompañada de achaques, molestias, incapacidades, pero, sobre todo, de sabiduría y lucidez para sobrellevar esta etapa. Ambos conservan intacta su memoria.

De niños todos queríamos ir del brazo de ellos, porque nos sentíamos importantes, porque la seguridad y calidez de sus brazos nos protegía todo el día. Toda la vida. Ahora, son ellos quienes se aferran a nosotros para sostenerse y seguir caminando.

Nunca hemos considerado dejar a ninguno de los dos en una residencia. Sería el último reducto posible para sus años finales. Intentamos humanizar el cuidado, respetar su dignidad e independencia, así como el derecho de ellos a permanecer en su hábitat natural, con sus costumbres y manías, con sus objetos preciados. Con su historia personal. 

No todos los adultos mayores tienen esa oportunidad y es lamentable. Envejecer debería ser un camino para transitar en compañía. 

Vida y cuidados de las residencias

A una residencia uno no va. A esta cueva de ancianos siempre te llevan, me dice Carlos, fijando sus penetrantes ojos azules sobre mí. Está lúcido, tiene 84 años, y asegura que llegó allí en contra de su voluntad. Sus hijas decidieron ingresarlo junto a su esposa, que me sonríe, aunque no se percata de la realidad. 

Mi jornada en la residencia arranca antes de las 08h00, y apenas ingreso hay una hilera de ancianos en silla de ruedas apostados en el pasillo que da a las duchas. La auxiliar del turno de la noche los levanta a las 07h00, y empieza a bañarlos. 

José Antonio es el primero al que debo bañar. El pañal pesa una barbaridad, mientras se lo arranco me pide que lo ponga en el retrete, pero no alcanzo a levantarlo. Las heces se deslizan por mi mano, y él repite, “lo siento mucho, lo siento, niña”. 

Le insisto que no se debe angustiar y lo ducho lo más rápido que puedo, lo seco, lo sujeto a una baranda mientras lo visto y calzo. Le paso el cepillo por el pelo y lo perfumo. Lo conduzco al ascensor, pongo la alarma y otra auxiliar lo recibirá en el comedor. Antes de cerrarse la puerta, menciono que quedó guapo y él me regala una sonrisa triste.

Es el turno de Úrsula. No es violenta, pero no para de quejarse. Me grita que lo que le hago no tiene nombre. Delira, me amenaza, pero no tengo espacio para tranquilizarla, porque aún me espera media docena de ancianos por pasar bajo el agua.

Luego acudo a las habitaciones, abro las ventanas para ventilarlas. Retiro sábanas con orina, empapadores sucios. Laura, mi compañera, me indica cómo arreglar las camas en menos de dos minutos. Un solo movimiento de mantas desde el pie para evitar doblar la espalda varias veces, y no acabar con la columna destruida. Las lesiones lumbares aquejan a casi todas las auxiliares de la residencia.

Me llena de ternura ver muñecas y osos de felpa, sobre las camas de algunos residentes. La mayoría tiene retratos de familiares en la mesita de noche. Intento adivinar cómo eran antes de que el fardo de los años les cayera encima. Se ven radiantes, felices. 

Debo alimentar a Maca, una mujer de 102 años. Su rostro es diminuto y a pesar de la dentadura postiza, le cuesta masticar. La avena se le escurre por el babero, pero debo asegurarme de que la trague sin tener que forzarla. Intento motivarla, no sé si me escucha. Solo me mira con ojos suplicantes, como si estuviera harta de vivir.

Enrique no puede ver. Es gentil, cuidadoso y a cada atención recibida repite “dios la bendiga”. No tiene problemas para comer, pero hay que estar pendiente por si necesita ayuda, o debe ir al baño. Aún puede caminar sin andador, pero va del brazo de una auxiliar. Su esposa lo llama por teléfono cada día. Él responde con un, “hola, cariño, yo estoy muy bien”.

Es hora de lavarles los dientes. Llevo uno por uno, al lavabo. Apenas tres se lavan por propia cuenta. Los demás, se retiran la dentadura y me la entregan para que la cepille; a otros debo introducirles con cuidado los dedos en la boca para desprenderla, a veces me muerden. En ningún momento siento repulsión, solo compasión. 

Son las 11h00. Toca cambio de pañal y hay una procesión de sillas de ruedas en el pasillo. Algunos tienen visita, los peino y acomodo la ropa y los conduzco al patio, donde están sus familiares. Tengo la sensación de que sus ojos se vuelven más cristalinos y brillantes.

Escucho a Carlos, el más coherente de todos. Asegura que envejecer es volverse invisible para el mundo. Es quitarse del medio. Es callar para no molestar. Es retirarse a un rincón donde no estorbar y para eso se crearon las residencias. Cuidar va mucho más allá de cumplir tareas, brindar servicios o atender deterioros de la mente y el cuerpo. Cuidar es acompañar vidas que merezcan recordarse.

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