Hoy me cuesta un poco mas

Fernanda Zúñiga
5 Min Read

Paulina Narváez Ricaurte, escritora para Notimercio

Desde la intimidad de una mañana fría, una mujer enfrenta el peso de una verdad que desgarra su historia: la traición y la violencia dentro de su propio hogar. Entre recuerdos fragmentados, dolor físico y una culpa que la atraviesa

Hay un sonido detrás de la cortina de mi dormitorio, el trino despiadado que anuncia la llegada del nuevo día. Un reflejo tímido se mete por la rendija que me separa de la noche. El sol pálido de un invierno que se descubre cruel, baña despacio un jardín que me susurra con nostalgia las risas lejanas de mis hijos, los juegos cálidos de mis nietos. Me lleno de una melancolía que pesa, porque sé que nos los veré hasta que llegue el calor que abraza. Quiero levantarme, pero hoy me cuesta un poco más, me pesa la cabeza, siento náuseas. Quiero levantarme, pero las fuerzas se escurren entre las cobijas y el frío me muerde los pies. Me duelen las piernas, las froto entre sí y descubro un golpe que no recuerdo.

Quiero abrir los ojos, pero hoy un resorte de terciopelo los guarda como si buscara protegerlos de lo que vendrá. La llamada me empuja, la voz al otro lado me congela el alma. Me toco el pecho mientras dos lágrimas espesas recorren mi rostro sin comprender las intenciones siniestras de mi marido. Él es un buen hombre, es un buen esposo y un fantástico padre, él es incapaz y no puedo decir más.

De ahí en adelante una bruma pastosa me cubre la vida. A partir de esa voz mi camino se deshace y las imágenes que pasan frente a mí son confusas, dolorosas, macabras. El dolor de mi cuerpo se agudiza y la respiración me corta de cuajo porque aquel hombre se transformó en mi mayor temor, en ese monstruo lleno de tentáculos a quien le entregué lo que más amo, mis hijos. Vomito, vomito mi vida entera, devuelvo los recuerdos y las miradas obscenas, devuelvo sus manos que raspan, saco esa masa que me arde por dentro y que no puedo nombrarla aún. Descubro otros ojos y otros brazos que me apresan, que me cautivan con susurros oscuros que jamás escuché, pero que desdibujaron mi silueta una y otra vez, sin piedad.

Desaparezco, me consumo, huyo hasta mirarme desde mi centro, porque no quiero encontrarme con mis hijos, porque no sé cómo hablar con mis nietos, porque pronunciar su nombre me quema la garganta, porque la vergüenza no es por lo que me hizo, ni por lo que me hicieron, ni por lo que dejó que me hagan, es por esa culpa que me carcome profundamente al no haber elegido bien de quien enamorarme.

Y decidí perdonar esa masacre, y decidí dar pasos desde el amor, y decidí dar la cara y enfrentar a esos engendros que me lastimaron por años. A esas criaturas extrañas que abusaron, que me perdieron, que me llevaron y me botaron, a esos que sin pudor destrozaron cada sueño, convirtiéndolo en pesadillas. Porque sí, decidí perdonar por mí, pero cuando las luces se apagan y los telones se cierran, sus garras me atrapan por siempre, estrangulando esa paz que simula flotar sobre un mar que revuelve las entrañas, que sacude y me lanza en una orilla por la que debo aprender a caminar otra vez, en refugios en los que debo aprender a hablar otra vez, en escenarios en los que debo aprender a actuar otra vez.

Hoy me cuesta un poco más escuchar con bondad, hoy me cuesta un poco más ver al mundo con suavidad. Hoy el ruido de las aves me lastima los oídos, porque no puedo sonreír sin velos y porque el dolor se levanta entero, late y se enciende. Hoy me cuesta un poco más descubrir mi inocencia no interrumpida, para poder estrechar la luz y volver a creer, para poder sujetar mis manos y volver a querer.

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