Érase una vez en Quito

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Iñaki Oñate, cineasta ecuatoriano

Alexandra Jaramillo/ Para notimercio

El documentalÉrase una vez en Quito» del cineasta Iñaki Oñate rescata la memoria cultural de Quito a través de las historias y rituales del cine, especialmente los vividos en el Teatro Bolívar.

En la mirada de Iñaki Oñate habita un misterio:  su proyección profunda parece guardar historias que no siempre se dicen en voz alta. Sus ojos observan, analizan, parecen medir el mundo antes de intervenir en él.

Oñate es un cineasta ecuatoriano nacido en Quito en 1988, formado en cinematografía en la Universidad del Cine (FUC) de Buenos Aires, donde profundizó su camino en el cine documental.

Desde muy joven trabaja de manera independiente con su productora Undergofilms, desempeñándose como director, guionista, editor, cinematógrafo, músico y sonidista. Su obra ha recorrido festivales internacionales y ha recibido reconocimientos internacionales por su documental Apuntes Sobre la Muerte de un Cine, una pieza que evidencia su constante preocupación por la memoria, los espacios culturales y el patrimonio emocional de una ciudad.

Mientras “Érase una vez en Quito” se preparaba para encontrarse con su público en la Cinemateca Nacional, la vida tejía, en paralelo, un desenlace imposible de anticipar.

Iván Oñate -su padre- escritor ecuatoriano, partió súbitamente ese mismo día, casi como si el destino hubiese querido fundir en un solo acto la herencia y la despedida. No hubo dramatismo explícito en esa coincidencia, sino una profundidad serena, semejante a esa mirada que ambos compartían.

Así, el documental “Érase una vez en Quito” llegaba con eco infinito, en donde los protagonistas no son las sillas vacías ni las paredes añejas. No es únicamente la arquitectura la que sostiene el relato, sino las personalidades que llevan el hilo conductor. Son las voces las que encienden la verdadera luz.

Ahí aparece el señor Bohorquez -proyeccionista- figura entrañable y esencial.A través de su narración y la de otros personajes logramos habitar el cine como experiencia viva. Trabajó durante 65 años en el Teatro Bolívar, sosteniendo una memoria que no cabe en ningún archivo. 

Porque ir al cine era un ritual. Podía ser en soledad, en familia o como parte de una acción colectiva donde la comunidad se reconocía en la penumbra. No era simplemente consumir una película; era disponerse a vivir una experiencia compartida. La espera, el boleto en la mano, la conversación previa, el silencio respetuoso cuando se apagaban las luces. Todo tenía un sentido.

Hoy, en medio de una cultura acelerada, de canguil acompañado de comidas rápidas y de una lógica “fast” que no nos pertenece del todo, el documental nos recuerda que el cine fue —y puede volver a ser— un espacio de encuentro más profundo. 

En esa recuperación de lo ritualista, en esa dignificación de quienes hicieron posible la magia desde dentro, el documental encuentra su mayor fuerza. Porque finalmente las ciudades no se sostienen por sus muros, sino por la memoria de quienes las habitan. Y en esa memoria, contada con serenidad y respeto, Iñaki no solo retrata a Quito: la honra. 

La próxima función de Érase una vez en Quito será el sábado 21 de febrero, a las cuatro de la tarde, en la sala Fellini de Casa Italia —en las calles Italia y Vancouver, cerca del Mall El Jardín—, donde las luces se atenúan para que la historia vuelva a respirar.

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