Carlos Vásconez / Para Notimercio
Había un hombre que leía. No leía todo lo que caía en sus manos, pero leía siempre. Es que a veces le costaba trabajo leer bien, y lo sabía. Se acodaba a un sofá y no sabía si Proust había ofendido o elogiado a la duquesa de Guermantes. Ante la intriga, él prefería retroceder algunos párrafos y gozar, sin saberlo en principio, del estilo del francés. Olvidaba entonces si había o no entendido el sentido de las bromas intrínsecas proustianas; ahora importaba algo más. Era la factura, la elegancia de la expresión, una urdimbre que transmitía las pulsaciones del escritor. En esa relectura imprevista, sin duda necesaria para que el desarrollo de la trama sea sentido en su totalidad, el hombre que leía se sentía embriagado por un vino que, como en la Eucaristía, era la sangre de un ser humano.
Podría afirmarse que este lector empezó su trajinar como todo gran lector: fingía que leía, y que el gesto relector es el que lo depositó por fin ante el auténtico ejercicio de lectura. Se finge que se lee a partir del momento en que, durante la infancia, se remeda a los padres al sostener un libro. No era dislexia, no era distracción, no se trataba de un problema ocular o que el mundo conspiraba para su desentendimiento. Lo único que ocurría es que la literatura le exigía una relectura, o acaso, más sencillamente, una lectura reposada, una lectura que debía ir en distintas direcciones, en un oleaje perdido que no sabe contra qué tierra arremeter.
Leyó (ya no era un niño) La invención de Morel. La técnica narrativa de Bioy Casares lo detenía a la fuerza tras cada bocanada, conocida en el mundillo semántico como “oración”. La lentitud impuesta le enseñó a respirar al hombre que leía. Fue resucitación. Acabada la historia del prófugo y su espejismo, abordó con desparpajo el Quijote, quien no enseñaba a resucitar, solo a vivir. Tanto se desentendió de todo Cervantes que de pronto su Quijote era él, al punto que tanto se desentendió el Quijote que de pronto era todos los otros personajes con sus desafueros y conciertos, de manera especial Sancho. Al acabar el Quijote, él lo entendió mal. Es decir, aprendió a darle a la historia que recién terminaba un final distinto. Le pasaría muchas veces después. Por eso, cuando se aplicaba a alguna tertulia y notaba que su modo de leer se había impuesto a lo que leía, volvía a los libros, a releerlos. Casi cansado de tanto vivir, el lector supo que el clímax es un implemento de belleza, porque había aprendido lo que nadie enseña. Veía a la gente bella por ahí, deambular como él, de iglesia en iglesia, archihermoseada por leer un mismo libro hasta el hartazgo, hasta la alquimia. Recordó, al identificar a los de su especie, que años antes un porteño ciego le había susurrado al oído que hay que leer mucho, pero no muchos libros.
De pronto, el hombre que leía ya no era él. Se había perdido su personalidad entre las malezas de las palabras, y se había reencontrado esa misma pero a la vez extraña personalidad al podar aquella maleza en esa jardinería que es leer en reversa, actividad mejor conocida como releer. (Lo hizo así intencionalmente. Vio que era una buena fuente de mejorar su ingenio, pero, más que nada, algo muy divertido. Abría al libro desde la última página. Lo hacían muchos, pero los otros solo para probar el sabor del final sin darle el honor de la caricia total. Él no. Él leyó. Era sigilo. Cada párrafo que acababa lo llevaba al párrafo anterior. Un juego de rearme se impuso en su cabeza. El mundo vuelto del revés.)
Como era de esperarse, antes del menor develamiento, pensó en más de una ocasión dejar de pasar su mirada abstracta sobre las páginas de los libros, porque el mundo se le escapaba de las manos cuando su lugar lo ocupaba uno de aquellos objetos. La rugosidad del mundo era la del hombre intocable del Infierno dantesco a quien solo rozar, solo pensar en tocar estremecía. Su pecado era la notoriedad. La obsesión del lector era tal que no alcanzaba a distinguir entre lo real y lo ficticio, por lo que a veces confundía entre anécdota y veracidad, entre ficción e historia. Valga anotar el poder de su propia imaginación, que le gobernaba desde temprana edad y que, detonada por los libros, le otorgaba tramas, aventuras, entuertos que quizá nadie había escrito aún. Los libros eran doblemente suyos por esa discapacidad de asimilación, ante lo cual pensaba que algo les falta a sus lecturas. Eso lo empujaría a escribir. Había que rellenar lo olvidado, había que finalizara lo inacabado. Esto le daba por fin un poco de la vanidad que siempre le faltó. Un poco de la pedantería del escriba o del lector que, de pronto, se conoce las respuestas que Nadie le enseñó. Creyó que algo le faltaba al mundo y que lo encontraría en principio en los libros, y viceversa. Conversó con los ojos con los muertos, tal y como le aleccionaba Quevedo, quienes, entre otras cosas, le advirtieron que lo que fue bello y está roto solo se une con oro, pero que esa debía saber que esa herida es por donde entra la luz, y entendió variables imprevisibles en su propia existencia. De pronto, por un arrebato, sin saber a carta cabal lo que hacía, empezó a teclear sobre un ordenador. Las palabras tomaban rienda suelta y de pronto se multiplicaban las imágenes que le permitían ver al mundo en su nitidez. Las palabras, que hasta ese entonces habían inundado sus ojos como cataratas, que le empañaban el panorama, pasaban a la hoja, al espacio en blanco. Entendió que escribir era una manera de desprenderse de los sueños que la realidad y la ficción le habían impuesto. Solo así, garrapateando galimatías, a veces, y a veces también sorprendiéndose con sus propias composiciones (tal y como le gustaba llamar al acto de escritura inspirada William Faulkner), el mundo era claro. La ficción servía, entonces, para que la realidad aparezca con todo su maravillismo, oculto por una nubecilla que se superpone a la retina con el paso de los años y las lecturas mal efectuadas.
Comprender que en el papel se apostan las desgracias para que estas no se repliquen o hallen cabida en el mundo, es desesperante y decidor, en vista de que lo que es dicho opta por no hacerse realidad, cuando lo dicho ha encontrado su lugar apropiado en un papel o en un oído. ¿Por eso, trágicamente, los poetas están negados al amor, porque sus palabras ya no están en la realidad, en el sitial en medio de su ser amado? ¿Por eso tanto buscan a la muerte en cada recodo, luego del desengaño, para de tal modo huir de su blanca y sinuosa mano? La Muerte en literatura es tan solo un espectáculo pasajero, como nos lo decía Vargas Llosa. Las palabras son inmortales y por eso acaso nos matan, para nuestro descanso, para nuestra trascendencia.
Es elocuente el otoño, que es cuando las palabras duermen bajo el follaje, usando la imagen propuesta por Paul Celan. Las cuatro estaciones se suceden en el instante en que Tólstoi pisa las hojas secas que le dictarán lo que lee Anna Karenina, o cuando la montaña le rumorea a Kawabata una historia de un anciano que en cambio ni leer sabe pero sabe todo lo demás. Se suceden, una tras otra, como en un ritual, como cuando damos cuerda a un reloj para que nos saque de los sueños que nunca sabremos, proféticamente, si serán con nosotros bondadosos o terroríficos. Dar cuerda a un reloj es anticiparse a una potencial desgracia, a no despertar jamás, a formar parte de un bestiario universal de seres desafortunados. Releer es lo contrario. Es volver a pisar tierra original. Es olvidarnos del dolor del trabajo o del nacimiento.
De pronto, para el hombre que leía las cosas eran nuevas ante sus ojos. Podía ser dueño de ese jardín al que volvía por la paciencia kafkiana de leer en reversa.
Y luego, el objeto. Dice Antonio Di Benedetto en Zama que “una joven le había entregado el fulgor humedecido de sus ojos y yo me sabía alguien, alguien en su intimidad dichoso”. Ergo: para que la dicha nos haga sentir alguien, o para que algo se convierta en dicha, es necesario ser paisaje, convertirse en lo visto. Goethe lo aseguraba: “Nada importa más que mirar. Ni siquiera saber o ser”. Aquí le retocamos, hasta la paráfrasis, en un juego del todo wildeano, al genial alemán: “Nada importa más que ser mirado”. El libro empieza a cambiar cuando es bien leído. Sabido es que la metafísica nos indica que una obra, dígase Hamlet, mejora con cada lectura, tras cada interpretación o puesta en escena. Cada lector da a una obra su novísima interpretación, pero deja además algo que semeja a su alma. Para salir de ese laberinto tal es el canje. Sin embargo, no nos limitamos a aquello. Al libro, como objeto, también le abonamos nuestra potencia, y lo curioso es que no la perdemos al cederla, sino que la adquirimos. Roberto Bolaño nos mintió al asegurar, en voz de Amalfitano, que los libros quietos en un estante transmiten su nervio a toda la edificación, porque ellos mismos empiezan a tambalear. Al ser leídos o chequeados, se convierten en pilar de ese mismo edificio. “Por tal cosa, y no otra, desháganse de lo inservible”, aconsejaba, aunque en realidad era una indirecta, un experimento de analogía entre sus personajes para desprenderse de una relación ruinosa.
La palabra es lo primero. Gracias a ella soñamos. El sueño es mimetizarse. El sueño es expandirse. El sueño es identificarse. Solo mediante la palabra conseguimos plantear el sueño en los otros. Al que es de uno volverlo de otros.
La palabra es lo último. Nos acompaña y nos fulmina, para así hacernos parte suya. Al final somos nuestra palabra. Nos parecemos tanto a ella que a veces la tomamos por impostora, pero ya no tenemos alternativa porque ya somos movedizos. Vamos de boca en boca.
La palabra no es ni lo último ni lo primero. La palabra es el silencio. Por eso se parece a nosotros. Solemos buscar el silencio en otras bocas. Al silencio lo tenemos en las nuestras, pero anhelamos las bocas de los otros. Son la forma que tratamos de ser. No una boca múltiple que haga eco de nuestros suplicios. Somos el hambre, somos el deseo y somos veneno. Somos ese algo que tanto se parece a nosotros que no alcanzamos a identificarnos. Cuando pensamos que nuestra palabra es impostora, tal vez sea porque nosotros lo somos.
El hombre que leía entregaba el fulgor de sus ojos a la lectura. A su vez, la lectura le encendía el fulgor en sus ojos. En La luz de la noche, Citati se lo plantea con la metáfora del lector nocturno que es faro para los despistados que no hallan el camino de vuelta a casa. Esa luz del lector ideal, como en cambio aseguraba Ricardo Piglia, nos enseña el arte de la microscopía, porque “en el mundo mínimo del lenguaje” es necesario acercarse mucho para ver bien (esto último es de Kafka en carta a Felice). Porque la lectura es un asunto de óptica, de luz, una dimensión de la física (y esto le corresponde a Piglia).
Al escribir, el hombre que leía retrocede tras cada trazo. Ese retroceso le inspira a colocar lo que le faltaba. Es una reconstrucción inmediata. Un proceso de escritura que rellena a la voz quebrada con ungüento de oro. En El miedo del portero al penalti, Peter Handke deja huella de ese procedimiento narrativo. En el primer párrafo ya se lo puede encontrar: «En la calle alzó el brazo, pero el coche que pasaba por allí en aquel momento no era un taxi —tampoco lo hubiera sido si Bloch no hubiera levantado el brazo para hacer señas a un taxi. Finalmente escuchó el sonido de unos frenos». La belleza del retorno, porque es evidente que él prosiguió, así que es evidente que borró la pausa, la coma luego de las palabras “calle” y “Finalmente” para relievar lo que estaba entre guiones. Esta forma de no permitir que escape el pasado reciente, el que casi es presente, también es notable en Alice Munro y en Olha Tokarczuk.
El hombre que leía se supo entonces en el límite. Como si contemplara su jardín al atardecer de una jornada extenuante. Solo pensaba entonces en las abejas que, a la mañana siguiente, extraería el néctar de esas flores a las que se había aplicado con amor y destreza. Esas flores que, el día siguiente y como cada día, serían algo nuevo.






