María Fernanda Álvarez / Para Notimercio
De día, de noche, al amanecer y al atardecer, con sol, con nieve, en días grises y nublados y con cielos despejados, ese hermoso cielo quiteño. Lo viví también en todos mis momentos, feliz, enojada, deprimida y, por supuesto, amanecida.
Hace varios años, cuando un gran amigo migraba a Cleveland tras el amor de su vida, le pregunté qué era lo que más iba a extrañar de Quito. Sin pensarlo dos voces, me respondió categórico: sus montañas. Con la misma claridad con la que me dijo que a sus 24 años había encontrado el amor de su vida, y así fue.
Ese día, con el paisaje del Rucu Pichincha a la vista, mi amigo me regaló las montañas de Quito. Desde ahí, no hay un solo día que no me maraville con el espectáculo que esas montañas exhiben. Tiempo después, me encontré con una de las ventanas más hermosas que he conocido. Tenía la vista privilegiada del Rucu. La ventana de mi cuarto, techo piso, era un balcón al Pichincha. Lo observé en todos sus colores y momentos. De día, de noche, al amanecer y al atardecer, con sol, con nieve, en días grises y nublados y con cielos despejados, ese hermoso cielo quiteño. Lo viví también en todos mis momentos, feliz, enojada, deprimida y, por supuesto, amanecida.
Y así, la vida me iba acercando cada vez más a esa montaña icónica de Quito. La primera vez que intenté subir una montaña fue precisamente el Rucu Pichincha. Ese primer intento, para alguien como yo, es toda una hazaña. Así que el Rucu Pichincha representa la primera vez que me atreví a soñar en grande, con lo que luego se convertiría en una de mis pasiones, las montañas. Ese no fue el primer día que hice cumbre. Salimos tarde, empezaba a llover, yo no tenía los zapatos adecuados y, tal vez lo más importante, en aquel momento padecía nuestro famoso chuchaqui. Así que en la cueva del oso desistimos.
Afortunadamente, el Rucu sigue ahí y te da todas las oportunidades para que llegues a su cumbre. Años después, con la ropa adecuada, bien dormida y un poquito más preparada, me atreví a hacer el integral de los Pichinchas, de noche. Ese recorrido desafió mis nervios, mi resistencia y mi poder mental. El último peldaño era el Rucu. Para ese punto, ya al amanecer, mis fuerzas eran solo mi mente y la convicción de que la cumbre me esperaba hace mucho.
Tener la posibilidad de vivir el Rucu Pichincha a la vuelta de la esquina es un privilegio del que no siempre estamos conscientes. El Rucu Pichincha no es el más difícil, ni el más alto ni el más codiciado, pero para quienes vivimos en Quito es una fiel compañía. Está ahí para cuando necesitas aventura, deporte, o simplemente paz. El Rucu Pichincha siempre va a ser un gran plan. Solo, con amigos, con familia, con tu perro y hasta con desconocidos que luego serán tus amigos. Si no te sientes intrépido y solo quieres pasear por el llano mientras observas la ciudad que se extiende a sus pies, también es una gran idea. El teleférico, el viento y la altura. Qué más quiteño que llevar a tus visitas a que conozcan el soroche a 4.000 metros sobre el nivel del mar. Desde ahí no solo se disfruta Quito, si tienes suerte y está despejado, puedes ver un poco de la avenida de los volcanes. Decidir en la noche que al siguiente día tienes ganas de caminar en la vegetación del páramo y poner al límite tus fuerzas, es una suerte que solo tenemos quienes vivimos en esta hermosa ciudad. Finalmente, el Rucu no solo es una aventura física, si tienes un poquito de curiosidad, también es historia. Admirarlo, recorrerlo, sentirlo, siempre será un regalo.





