Paulina Narváez Ricaurte / Para Notimercio
Este feriado decidí quedarme en Quito para reconectar con mi familia y honrar, en silencio, a quienes luchan por nuestros derechos. Más que un descanso, es un momento para recordar, agradecer y abrazar a los que aún están.
El grito de emoción de mis hijas fue abrumador. La noticia del feriado extendido convirtió esa tarde, en la mejor de sus vidas, según dijeron. La semana corta en todas sus actividades, es un respiro, es un freno a su vertiginoso horario, es la posibilidad de quedarse en casa sin hacer mucho. El cambio en la dinámica sirve para que duerman, lean, miren series, celulares o jueguen, todo sin esa prisa que nos caracteriza en casa, cada día desde las seis de la manaña.
El feriado me ayuda a bajar la guardia, a meter las preocupaciones en un cajón por unos días, a refugiarme de la realidad que dentro de este paréntesis se esconde, para volver a sacarla el temido lunes. El feriado me adormece y me hace olvidar que en otros lugares del país hay cientos de almas que exigen por el derecho de todos, y es que la memoria se acomoda y prefiere recordar lo que nos conviene y fingir que lo que pasa no nos compete. Solo se despierta cuando debo pagar el parqueadero y la tarifa subió 15 centavos más de lo acostubrado, “por el paro”, dicen.
Es que en esta ocasión, el feriado tiene un sabor a gas lacrimógeno, tiene un ruido de silenciador, tiene una sensación de chichón. Este feriado no puede pisar la ruta andada por gente que se juega la vida exigiendo lo suyo, porque intento, enseñar a mis hijas que estos días de asueto solo se disfrazan de fechas memorables como el 9 de octubre, y otras, no tan memorables, como el 12 de octubre, y que gracias a esos actos históricos, como los que también vemos hoy en las noticias, somos quienes somos y llegamos donde estamos. No sé si logro convencerlas tanto como las imágenes que escupen las pantallas y duelen, donde se tocan rostros cansados de ambos bandos que nos paralizan a todos.
Que mis hijas no hagan nada durante cuatro días y sus respectivas noches, tampoco es buen plan, por muy sano que suene eso de dejarlas libres para que se aburran y usen su imaginación, porque implica consecuencias que entorpecerán mi descanso. Por eso, por el típico tráfico de los feriados y por el légitimo derecho que tenemos como ecuatorianos de protestar, esta vez me quedo en Quito, mientras hago un mapa, señalando algunos de los sitios a los que quiero ir junto a los míos, sin la presión que me susurran las horas de llegada y de salida. Esta vez, lo importante es compartir, conversar y reconectar con quienes el día a día, nos separa.
Este feriado es con ellos, con nuestros papás y hermanos, con nuestros sobrinos y tíos, con nuestros primos y abuelos. Con ellos, nuestra raíz que pinta la infancia y que siempre está ahí. Con ellos, a quienes damos por sentado que con una llamada bastará para escucharlos. Este feriado es de ellos, porque no quiero borrar las huellas andadas ni darle permiso a la amnesia selectiva que me hace respirar tranquila. Este feriado, quiero abrazar a mi tribu, a esos seres que ahora veo más en funerales que en cumpleaños, a esas personas que me acurrucan y amarcan sin impaciencia. Este feriado marcaré un trayecto en familia, dedicado a ellos, para subrayar la suerte de tenerlos aún con vida por unos instantes más.
Este feriado quiero silencio, quiero apretar con fuerza y recargar las urgencias que anuncian su llegada en el próximo amanecer.





