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La Posada de la Soledad

July Ruiz
2 Min Read
La Posada de la Soledad, hogar de Eduardo Kingman en San Rafael, guarda el recuerdo de un encuentro con el maestro y la nostalgia de volver, treinta años después, a sus paredes sin los lienzos originales.

Cierto día mi abuelo, con repentino entusiasmo y con su acostumbrado «Vamos, Juanito», me dijo: «Hoy visitaremos la casa de “El pintor de las manos”».

Mi abuelo era originario de Amaguaña (parroquia que pertenece al cantón Quito), pero conocía muy bien el Valle de los Chillos y sus respectivas parroquias. Conocía también la casa del maestro Kingman. Eduardo Kingman vivía en San Rafael, en una hermosa casa de adobe con vista al río. La casa tenía un bonito jardín, fácil de admirar desde dos grandes ventanas. La morada guardaba celosa y cuidadosamente las obras del maestro lojano: desde cuadros de tinte realista, hasta obras de su periodo expresionista, dominado por la temática del indio, a quien representaba unas veces oprimido; otras, noble, otras digno y luchador.

Múltiples cuadros llenaban de tonos ocres y violáceos las paredes blancas de aquella estancia. De todos ellos, tres ocuparon por completo mi atención: un autorretrato de índole realista, donde el pintor posaba de pie junto a su madre, quien permanecía sentada en una escena de interior; un trabajador sediento, víctima del cansancio y la desesperación, y un cuadro impactante, donde la mano del crucificado, gigantesca, sobresalía en medio de diversas escenas de guerra y destrucción.

Observaba con asombro aquellas obras, hasta que la voz de mi abuelo interrumpió mi contemplación. Kingman, a quien recuerdo como un hombre delgado, de rostro maduro y sereno, quería ver los dibujos que yo había llevado en una carpeta. De todos ellos, uno llamó su atención: la imagen de un hombre sufriente, rodeado de botellas, dominado por el vicio y la tentación. El maestro me miró, y acompañado de una sonrisa me dijo: «Este cuadro es mío». Treinta años después, visité nuevamente la «Posada de la Soledad» con la admiración aún intacta por el legado del maestro, pero con una gran nostalgia, nostalgia de ver aquellas mismas paredes, y sobre ellas ningún lienzo; solo fotografías, grandes y tristes, y ningún cuadro original

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