Un estudio revela la diversidad de estos polinizadores en la capital y destaca el valor de incorporar vegetación autóctona en parques y jardines.
Los espacios verdes de Quito albergan una diversidad de abejas que puede pasar inadvertida entre edificios y calles. Una investigación publicada en la revista Urban Ecosystems identificó 31 morfoespecies pertenecientes a cinco familias y encontró que las plantas nativas cumplen un papel central en su conservación. Las morfoespecies son grupos diferenciados por sus características físicas; el hallazgo no significa que se hayan descubierto 31 especies nuevas para la ciencia.
El trabajo combinó registros de colecciones de museos, observaciones de la plataforma de ciencia ciudadana iNaturalist y monitoreos de campo. Según la información difundida por Inabio, se analizaron 755 registros: 130 procedentes de colecciones científicas y 625 de iNaturalist. Iñaquito y Jipijapa presentaron la mayor riqueza registrada de abejas.
En el Parque Metropolitano Bicentenario, los investigadores documentaron 554 interacciones entre 16 especies de abejas y seis especies de plantas. De esas visitas, 420 —el 75,81%— correspondieron a plantas nativas, mientras que 134 se registraron en plantas exóticas.
El estudio encontró una preferencia de las abejas nativas por las flores autóctonas, aunque muchas también visitaron plantas exóticas cuando sus recursos preferidos no estaban disponibles. Entre las plantas más importantes para estos polinizadores destacaron Dalea coerulea, Bidens andicola y Lupinus pubescens.
Los resultados aportan criterios para diseñar jardines y gestionar áreas verdes urbanas. Incorporar plantas nativas puede fortalecer la conservación de las abejas y las funciones ecológicas que desempeñan dentro de la ciudad. La investigación muestra que la vegetación elegida para un parque o jardín también influye en la biodiversidad que puede sostener.


