Esteban Ávila / Para Notimercio
San José, a medianoche, se diluye en tristeza desangelada, esta parte de la ciudad, llamada la del Mercado de la Coca Cola, hace tiempo quedó varada en los tropicales años ochenta. Desde un terminal que apenas merece llamarse tal —oficina desteñida, plataforma que apenas cubre de la llovizna— parten los buses de Nicabus hacia Managua, un viaje de doce horas, sin muchos sobresaltos geográficos, que une dos países que se miran de soslayo y se temen desde hace décadas.
El viaje hasta Peñas Blancas, la frontera norte de Costa Rica, discurre casi piadoso si uno se deja vencer por el sueño. Me quedo dormido, pensando en esa Nicaragua mítica de la infancia: volcanes insurrectos, Ernesto Cardenal, Mejía Godoy, Alexis Arguello, una revolución victoriosa que alguna vez se atrevió a soñar que podía redimir al hombre centroamericano. Al fin iba a conocerla.
La frontera costarricense es limpia, moderna, impecable dentro de la espesura vegetal de la zona. Las filas avanzan con resignada eficiencia. Me tocó un policía con pinta de comando: tatuado, rapado, voz grave de quien ha visto más de lo conveniente.
—¿A qué va a Nicaragua?
—Curiosidad —respondí—. Quiero conocer.
Me selló el pasaporte sin entusiasmo. El siguiente paso era el verdadero.
En Peñas Blancas hace un frío húmedo, de selva espesa y hostil. Avanzo cargando maleta y mochila detrás de nicaragüenses que regresan y de un español viudo que viaja por el mundo para no morirse de silencio.
Entonces, conforme me acercaba al puesto nicaragüense, me golpeó una vibra viscosa, que había sentido la noche anterior antes de embarcar: la certeza de que estaba entrando en territorio donde la curiosidad se paga cara. Me tomé una foto, queriendo capturar el instante en que el rostro traiciona el miedo.
Dentro, las paredes estaban forradas de propaganda: Daniel y Rosario omnipresentes, banderas del FSLN, consignas revolucionarias convertidas en mantra. Antes de llegar a la fila, una mujer joven vestida de civil me interceptó.
—Su pasaporte. Lo revisó con frialdad profesional.
Cuando vio la visa americana, parecía que el trámite estaba superado no bastó. Me apartaron.
Me metieron en un cuartito iluminado con policial precisión. Me quitaron teléfono, documentos, todo. Me dejaron solo con lo puesto. Pasaron las horas. De cuando en cuando abrían la puerta y me observaban.
Hasta que llegó el hombre. Voz suave, casi amable, pero con el tono del que sabe que tiene la vida ajena en sus manos.
—¿Qué tal La Radio Redonda, Ávila?
Y procedió a contarme mi vida entera: trabajo, afectos, familia, rutinas, obsesiones. Todo. Sin acusarme. Solo recordándome, con delicadeza quirúrgica, que era periodista. Y que eso, para ellos, era suficiente.
No fue un interrogatorio. Fue una exhibición de poder. Me mostraron que sabían quién era antes de que yo pisara su tierra. Y cuando ya habían saboreado la humillación, entró la mujer.
—Usted no puede entrar a Nicaragua. Váyase por donde vino.
Sentí un alivio cobarde. En ese momento, seguir el viaje era lo de menos.
Me devolvieron mis cosas. Afuera me esperaban dos militares armados hasta los dientes. Me escoltaron hasta la garita como a un enemigo público. El trayecto fue eterno y humillante.
Al cruzar a Costa Rica, un señor en triciclo me preguntó qué había pasado.
—Soy periodista.
—Uhhhh —dijo con lástima—. Agradezca que no lo detuvieron.
En el puesto de frontera de la vereda opuesta, el policía tico recibió mis explicaciones. No era el primero que le contaba algo parecido, de acuerdo a la forma en que dirigió el procedimiento. Tuvo desprecio para hablar de sus vecinos:
—Esos carajos son peores que la CIA.
Anuló mi sello. Se venían, de regreso, ocho horas de bus bajo la lluvia, pensando en lo frágil, en lo ridículamente frágil que debe ser un régimen para temer tanto a un periodista deportivo que solo quería conocer su país durante tres días. Ya habrá momento, me dije.
O tal vez no.
Porque en estos tiempos, hasta la curiosidad se ha vuelto un acto de insolencia.


