Entre rezos y actos: la verdadera herencia

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Cada quién es libre de elegir la forma en la que vive su fe y espiritualidad.

Yahaira Recalde para Notimercio

“Entre la devoción de mi abuelo y las lecciones cotidianas de mi madre, una práctica viva de empatía, respeto y amor al prójimo”.

Al enviudar, mi abuelo decidió dedicar su vida a preparar a jóvenes y adultos para que hiciesen su primera comunión y confirmación, se hizo legionario de la Virgen María, él decía que después de la compañera de vida que había tenido solamente la Madre de Dios podía reemplazarla.

Así fue como nos inculcó la religión católica y nos enseño a rezar en español y latín. El Jueves Santo recorríamos toda la casa simulando las catorce estaciones del vía crucis, con arrodillada y canto incluido; razón demás para admirar la capacidad de mi abuelo no solo de rezar en dos idiomas sino de tener la agilidad y las rodillas fuertes para semejante proeza.

A mí me causaba mucha curiosidad lo de las caídas de Cristo, la cruz a cuestas, las mujeres limpiando el sudor de su rostro y la ayuda de Simón de Cirene. No me gustaban los cuadros en las iglesias que nos mostraban a un Cristo abatido, golpeado. Me gusta si la idea de ese hijo de Dios que dio la vida por los hombres y que resucitó de entre los muertos.

El Viernes Santo en mi casa no se podía escuchar música, debía hablarse bajito y jugar juegos de mesa era considerado tan pecaminoso como comer carne roja.

Y si bien respeto y valoro la formación cristiana que nos inculcaron me resuena más en la cabeza la forma en la que mi mamá nos enseñaba lo que para ella significaba ser una buena católica. 

En alguna ocasión cuando salíamos de misa, en el parqueadero se armó un atolladero porque todos pugnaban por salir primeros y algún “buen samaritano” nos lanzó su auto para no dejarnos pasar. Mi mamá no hizo nada, pero se viró hacia nosotros y nos dijo: ¿se fijaron? ese señor era quién cantaba, junto a nosotros, con mucho entusiasmo y fe “si al hermano negué la paz que me das, Señor ten piedad” 

No comer carne los viernes de cuaresma está bien pero quizás estaría mejor no comernos al prójimo cuando piensa distinto a nosotros.

Todos hemos caído más de una vez y cargamos nuestra propia cruz, aquella que quizás solo nosotros conocemos su peso y forma, pero ¿en cuántas veces nos hemos ofrecido a ser un Simón de Cirene?

Durante mi adolescencia mamá recibía en casa a estudiantes extranjeros que venían a estudiar español, había ocasiones en las que yo me fastidiaba porque debía cambiar mis horarios del desayuno o porque el agua caliente se terminaba. Con cara de pocos amigos me encerraba en mi habitación y ella (mi mamá) sin aparente razón entraba a buscar algo que no se le había perdido mientras cantaba: “al que no te saluda dale, amor, dale, amor, al que viene de lejos dale, amor”

Cada quién es libre de elegir la forma en la que vive su fe y espiritualidad. El creer o no en la muerte y resurrección de Jesucrito no nos hace mejores o peores personas, sin embargo, creo que practicar el amor a los demás, respetar los derechos ajenos, procurar hacer el bien sin mirar a quién, entender y respetar la cruz ajena, tal vez podría procurarnos un mundo mejor.

En la procesión de Semana Santa que se hace en mi barrio, todos cantamos: Dios Dios de amores, Santa Eucaristía, mira al pueblo de tu corazón. Todo es tuyo, lo han jurado un día, Todo es tuyo, salva al Ecuador y yo pienso que esta salvación está también en nuestras manos y en nuestro actuar.

A través de la vivencia de la semana santa y los ejercicios espirituales, la autora reflexiona sobre el amor, el sacrificio y la esperanza.

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