Paulina Narváez Ricaurte/ Para Notimercio
Un relato nostálgico que evoca la tradición familiar de preparar fanesca durante Semana Santa, donde la autora revive recuerdos de infancia marcados por mudanzas, rituales compartidos y el liderazgo de su madre en la cocina.
La de mi mamá, por supuesto. No hay discusión, no hay espacio a la duda. Despertarse temprano cada Jueves Santo –en mi tiempo siempre había vacación– y estar al acecho de la llegada del Volvo DL station wagon azul de mis papás, era el punto de partida de un ritual que duraba una vida entera, distribuida en lapsos de tres años, cuando infaltablemente, llegaba el momento de decir adiós a los amigos, a la familia, a la casa de techo azul, al Pichincha y al Panecillo, para conquistar otros rincones que se transformarían en mi nuevo hogar por cinco años y dar la bienvenida a una nueva fanesca en otros aires, en otras ollas, junto a otras bocas, pero creada con la destreza única de mi mamá, donde bajo su batuta, danzábamos todos para comenzar el tiempo de cosecha de los granos, las masitas, el perejil y el ají, que forman parte indiscutible de este potaje.
Mis papás regresaban del mercado, y con ellos costales y canastas repletas de apóstoles convertidos en granos y productos exclusivos para preparar la fanesca. Así entraban en fila, cargados por mis hermanos, las habas, los chochos, las arvejas, las lentejas, los garbanzos, el fréjol tierno, el fréjol rojo, el sambo, la col, el zapallo, el maní, el arroz, el bacalao, la harina para las masitas, el huevo y el choclo, envuelto en su caparazón de maíz y empujado por sus propios habitantes. Eso sí, en este desfile, jamás entró el melloco. A cada uno de los cuatro hermanos, más mi papá, se nos asignaba una tarea que cumplíamos con honor y gloria, pues en nuestras manos se encontraba el secreto para que esa fanesca resulte mejor que la del año anterior y se convierta en una leyenda familiar, otorgándole el título máximo del verdadero manjar, donde nos reuníamos todos en una sola mesa, para celebrar la Semana Mayor al compás de la música sacra, de las procesiones, saetas y cantos litúrgicos que pretendían que la tremenda comelona nos ayude a reflexionar sobre la pasión, la muerte y la resurección del hijo de Dios, mientras rayábamos con placer uno de los pecados capitales más sabrosos. Todo esto bajo un aguacero torrencial, que oscurecía nuestros pensamientos, asumiendo que el mundo estaba triste por la partida de Jesús.
A mí siempre me tocaba pelar y desgranar los choclos, parece una tarea fácil. Hasta el día de hoy, odio hacer eso, y agradezco a los señores de las cadenas de supermercados por simplificar un trabajo terrorífico. Cuando llegaba el costal de los choclos, tenía que sentarme en el piso con un mantel sobre las piernas, sacar la mazorca, abrir desde el penacho colorado y halar hacia mí de un solo tirón. Una vez abierta la primera hoja, el pánico comenzaba a amenazarme. El olor subía desde mis dedos hasta la nariz y cada grano cobraba vida, desmembrándose de sus cuencos, al son de unas criaturas babosas salidas de una película de ficción de Steven Spielberg. Los gusanos avanzaban sin miedo por las barbas de aquel choclo, sintiéndose libres y buscando conquistar su nuevo territorio. Cada año pedía a mi mamá que me asigne otro apostol, pero siempre caía en el templo sagrado Maya, hasta que logré convencerla que me deje hacer mi labor, pero con guantes para lavar platos, y pidiéndole más tiempo para lograr el objetivo, tener el suficiente número de granos despegados y pelados, para incluir en la mejor y más rica fanesca de mi vida.





