Soy una mujer migrante

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Magaly Villacrés/ Para Notimercio

Su experiencia como mujer migrante en España, marcada por la nostalgia, y la necesidad de reinventarse y fortalece su vida.

Llego a casa, me miro al espejo, soy yo. Salvo las lágrimas en mi rostro, unas cuántas arrugas en las esquinas de mis ojos, sigo siendo yo, pero siento que estoy a años luz de la mujer que salió de Ecuador en octubre de 2022. 

Acababa de tener una reunión con la trabajadora social del Servicio Canario de Empleo, en la isla de Tenerife, España; una entidad dedicada a apoyar a personas en situación de desempleo, en gran parte migrantes, y que buscan integrarse al mercado laboral. Lo que casi nadie nos advierte es que, para encajar en el presente, es necesario renunciar a una parte de nuestro pasado. 

Esa mañana había llevado mi currículum impreso a color y esperaba mi turno con la misma ansiedad con la que se espera una nota de examen. Maricarmen, así se llamaba la trabajadora social que me enseñó con tacto e incluso, con compasión, a cómo encarar la etapa de búsqueda de trabajo en suelo español y de la cual no tenía ni idea.

Línea a línea tachaba en el currículum los detalles de mi trayectoria profesional y académica que, según ella, no necesitaba por el momento. No se contrata periodistas para lavar platos, ni para arreglar camas en un hotel, decía Maricarmen.  

Si la aspiración era limpiar vidrios en un local o atender una tienda de ropa, debía borrar los detalles que desafinen con el objetivo de trabajo y evitar el descarte. Era entendible; nadie escoge a una redactora como cuidadora de un anciano. Así descubrí mi ecuación migratoria: por cada tachón en el currículum, una lágrima.

Migrar no es solo cambiar geográficamente de lugar, es sentir que los hilos de la nostalgia nos envuelven a cada momento. Es despertar asustada, antes que suene la alarma, porque en tierra ajena el tiempo transcurre distinto. Es caminar por las calles, respirar un aire extraño, mirar a la gente y no reconocer un rostro familiar. Hasta que un día nos damos cuenta que la puerta por la que dejamos entrar a la gente a nuestra vida, con el paso del tiempo se ha ido achicando.

Otro día aprendí que la añoranza también se mide en golosinas. Mientras recorría un supermercado latino descubrí en una estantería bolsas de chifles, tabletas de chocolate “Manicho”, y las inolvidables galletas “Amor”, que disfrutaba de niña. Un cúmulo de recuerdos se me agolparon en el pecho y me llevé todos los paquetes que pude. En el retorno a casa, abrazaba la mochila con la misma ilusión que cuando compraba en la tienda de mi barrio, y una vez más, el dardo de la melancolía iba dirigido hacia mí, pero no intenté esquivarlo y rompí a llorar. 

El camino de la migración no siempre es solitario. Con algo de paciencia y actitud se encuentra a personas que atraviesan las mismas circunstancias e incertidumbres. Mujeres latinoamericanas, sobre todo, que llegan hasta la península ibérica con una maleta de sueños, necesidades y expectativas. 

Tengo la suerte de conocer a varias de ellas, de escuchar sus historias de valor, de haber rozado sus vidas y de compartir espacios de apoyo mutuo, en los que la alegría puede llegar a ser la emoción predominante. Porque ser mujer y migrante es vivir en una permanente etapa de demolición y reconstrucción, todo junto. 

Entonces, cuando dudo acerca de quién soy realmente después de marcharme, la respuesta aparece: Soy azar. Soy causa y efecto. Soy decisión y voluntad, pero también soy nostalgia, promesa y destino. 

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