Marie France Marlyn
Una historia personal marcada por el legado de mujeres luchadoras, las exigencias sociales y las heridas del pasado.
Yo, mujer, soy el resultado de un linaje de resistencias silenciosas. Vengo de abuelas costureras y obreras, que lucharon para sobrevivir habitando roles tradicionales, no por falta de sueños, sino por exceso de entrega. Mujeres que barrieron el camino para que sus hijas pudieran caminarlo sin polvo.
De ahí viene mi madre. Ella habitó una época donde el aula era un territorio hostil y el título de abogada un acto de rebeldía. Escuchó de sus maestros que su lugar era la cocina y respondió tomando un avión hacia otro continente donde hizo lo «prohibido»: dedicarse a la criminología. Su historia me enseñó que la identidad femenina no se recibe, se conquista.
Yo, mujer, me formé en la era de la “supermujer”. Donde el estudio ya no era un privilegio, sino un requisito, pero venía con una letra pequeña: sé mejor que ellos, pero no seas demasiado femenina. Crecí aprendiendo a camuflar mi vulnerabilidad para no invalidar mi intelecto, entendiendo que el mundo laboral a menudo acepta a la profesional, pero teme a la mujer.
En respuesta cultivé en mí lo que el mundo valora en los hombres: lógica, racionalidad, asertividad y liderazgo. Me volví frontal y proactiva porque eran las únicas herramientas para sobrevivir en un sistema diseñado para competir. Por eso, cuando alguien me llama “tierna” o “intuitiva”, levanto la ceja asombrada; casi olvido que esas virtudes vienen de cajón en mi paquete biológico y solo están ocultas bajo la armadura que construí para ser respetada.
Yo mujer, amé, me casé, me divorcié, me ennovié y me “arrejunté”. Ensayé varios estilos de relaciones y de hombres, solo para darme cuenta de que el terreno más difícil de transitar para mí son las relaciones de pareja. Yo mujer, decidí finalmente vivir sola, al entender que la soledad es sinónimo de mucha paz y que mi mejor compañera soy yo misma.
Yo, mujer, llevo en la piel las cicatrices de una estructura rota. El acoso y el abuso a los 16 años no fueron accidentes aislados, sino el síntoma de un sistema que nos ve como territorio de conquista. Sanar eso en la adultez no fue solo terapia personal; fue un acto político de recuperación de mi propio ser.
Yo, mujer, elegí la escucha como trinchera. Como psicóloga, me asomé al abismo del maltrato infantil y el abuso. Al acompañar a otros a reconstruirse, terminé de armar mis propias piezas. Me dediqué a la investigación en género y sexualidad y entendí que no es solo teoría; es la herramienta necesaria para derrocar los mitos que nos asfixian a todos, hombres y mujeres por igual.
Yo, mujer, soy madre de un sol de 21 años. En su autonomía y su independencia veo el fruto de las batallas de mis abuelas, de mi madre y las mías. Ella es la prueba de que el ciclo puede transformarse.
Hoy, yo mujer, me enfrento al último juez: el espejo. En un mundo que nos exige juventud eterna, aprender a amar las canas y las arrugas es una forma de insurgencia. Tengo que recordarme que no soy un envase, sino el contenido.
Mañana, sin embargo, como mujer me espera el desafío de desanudarme de las exigencias de mi estirpe y renunciar a esa feminidad heredada de darlo todo hasta quedar vacía. Debo aprender, todavía, a ser madre, hija, hermana y amiga… de mí misma.





