Detrás de la máscara: Reflexiones sobre el fenómeno Therian

abigailcadena@notimercio.ec
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Marie France Merlyn/ Para notimercio

La celebración del cumpleaños de mi amiga Cristina transcurría entre copas de vino y las risas habituales de un grupo de psicólogos que, incluso en su tiempo libre, no logramos desconectarnos de la conducta humana. La conversación derivó rápidamente sobre el tema de los Therians, vastamente cubierto por los medios de comunicación con una mezcla de sensacionalismo y mofa en estas últimas semanas.

Mientras observábamos en una pantalla a jóvenes en cuatro patas con máscaras de lobo, nos dedicamos a analizar desde varios ángulos este fenómeno. Lo primero que surgió es la tendencia mediática a llamarlo “un nuevo género”. Me vi obligada a intervenir para despejar la niebla conceptual. El género es una noción que deriva de una categorización sexual binaria; es una construcción cultural que asigna normas y símbolos a lo que significa ser hombre o mujer. Lo fundamental aquí es que, para que algo se considere “género”, debe ser una propuesta de identidad ofrecida y normalizada por la macrocultura. La realidad es que nuestras sociedades no están ofertando la identidad animal como una categoría civil o social. Por tanto, decir que es un subproducto de la ideología de género no solo es un error técnico, sino una forma de desviar la atención de la verdadera raíz del problema: la identidad.

La identidad se construye frente a espejos, y los primeros espejos son los padres. Al analizar el fenómeno Therian desde la psicología, surge una pregunta inquietante: ¿Qué está pasando con esas figuras primordiales? Identificarse con un animal puede leerse como un rechazo a los modelos humanos de referencia, que hoy parecen más debilitados que nunca. Tampoco es coincidencia que este fenómeno surja en la era de los “perrijos” y “gatijos”: durante la última década, hemos elevado a las mascotas a un lugar diferente, otorgándoles el sitio que antes ocupaban los niños. Para un joven en crisis, la figura del animal doméstico es envidiable: es un ser que recibe mimos, cuidados e incondicionalidad sin ser juzgado por sus conductas instintivas. Ser un animal es, en esencia, un grito por un estatus especial donde no existan las reglas, los límites ni las presiones de la adultez humana.

Recordamos, entre sorbos de vino, que la juventud siempre ha buscado formas disruptivas de expresión. En otras épocas lo llamamos “histeria colectiva” -aquellos brotes de risa o baile incontrolable que afectaban a grupos enteros-. Hoy, cualquier síntoma extraño se vuelve viral en segundos. Sin embargo, me niego a creer que estemos ante una identificación masiva real. Lo que este fenómeno pone de manifiesto es una crisis de transición. Estos jóvenes no encuentran referentes idóneos para cruzar el puente hacia la vida adulta. El bosque simbólico de lo animal se vuelve entonces un refugio ante un mundo humano que les resulta hostil o incomprensible.

Como psicóloga, mi conclusión aquella noche fue clara: no podemos guiar lo que no nos permitimos entender. Es momento de bajar la guardia, dejar de lado el castigo y sentarnos a conversar con esta generación. Solo a través de una escucha pertinente podremos ayudarlos a quitarse la máscara y encontrar un lugar en un mundo humano que no les resulte tan ajeno.

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