Al final, todos queremos ser el lobo

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Yadira Aguagallo/ Para notimercio

Más que una subcultura real, los therians parecen un fenómeno amplificado por redes y miedo social. Detrás del escándalo persiste una pulsión humana antigua: usar la máscara para descansar de uno mismo.

Quise entrevistar a un therian para escribir esta crónica. No encontré ninguno.

Empiezo a sospechar que los therians podrían ser menos una subcultura que un espejismo digital: una rareza amplificada por el algoritmo hasta convertirse en alarma moral, debate televisivo y finalmente insulto cotidiano. En Ecuador, las juntadas therian se suspendieron tras burlas y amenazas en redes. En otros países ocurre algo parecido: llegan más curiosos con el celular listo para grabar que personas dispuestas a ponerse la máscara. Hay más videos generados por IA de perros mordiendo a therians, que therians yendo al colegio, con la máscara, en la Ecovía.  

Y aun así ya pertenece a la cultura popular. Internet hizo su trabajo: los Thundercats fueron proclamados los primeros therians, la Tigresa del Oriente ascendió a fundadora simbólica del movimiento y los Beatles disfrazados en I Am the Walrus circulan como prueba anticipada de esta supuesta mutación social. Therian pasó, en cuestión de semanas, de palabra desconocida a insulto funcional. Una forma contemporánea de decir animal con vocabulario actualizado.

Los programas matinales buscan explicaciones solemnes: crisis identitaria, exceso de pantallas, decadencia generacional. Expertos analizan algo que casi nadie ha visto. Pregunté incluso a mis sobrinos —autoridades empíricas del mundo adolescente— si había therians en su colegio.
“Ninguno”, respondieron.

Así que, ante la ausencia del objeto de estudio, hice lo que termina haciendo cualquiera que escribe en esta época: recurrí al espejo. Si no podía entrevistar a un therian, quizá podía buscar en mí esa fascinación por dejar de ser uno mismo.

Mi familia es de Chimborazo y allí la fiesta de pueblo no es entretenimiento, es estructura. Una aprende primero a bailar y luego a caminar. Apenas tienes edad suficiente, alguien decide tu transformación: payaso, militar, sacha runa. El disfraz no oculta; autoriza. Permite exagerar gestos, ocupar el espacio, ser otra sin consecuencias.

En una de esas fiestas apareció el lobo andino. Careta de cartón, traje brillante, movimientos suaves en medio del ruido de la banda. No buscaba protagonismo; se deslizaba entre los danzantes con una calma extraña. Recuerdo haber sentido una certeza inmediata: yo quería ser ese lobo.

No por juego, sino por descanso.

Ser el lobo significaba suspender, aunque fuera por unas horas, la vigilancia constante sobre el cuerpo, el carácter, la normalidad. Bajo la máscara, la rareza dejaba de ser defecto y se convertía en personaje. Lo que normalmente se reprime encontraba un lenguaje aceptado.

El antropólogo Patricio Guerrero Arias sostiene que la fiesta popular es una lucha de sentidos, un espacio donde se negocian identidades y resistencias. La máscara no evade la realidad: la discute. Y Michel Foucault recordaba que donde existe poder aparece, también, la resistencia.

Tal vez ahí esté la incomodidad que producen los therians.

No en que alguien camine como animal, sino en que lo haga sin pedir permiso. Que vuelva visible algo que la vida cotidiana intenta disciplinar: el deseo de escapar, aunque sea momentáneamente, de una identidad fija, productiva y comprensible.

Porque convertirse en otro nunca fue nuevo. Lo nuevo es el escándalo cuando ocurre fuera del carnaval e invade el espacio cotidiano de lo “normal”. 

Nunca entrevisté a un therian. Pero alguna vez quise ser el lobo andino que bailaba sin explicarse ante nadie.

Y sospecho que esa pulsión —más que una subcultura irrelevante o una nimiedad viral— sigue siendo profundamente humana: la necesidad periódica de dejar de ser una misma para poder seguir siéndolo.

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