Paulina Narváez Ricaurte/ Para Notimercio
La seguridad infantil no se limita a la vigilancia: requiere acompañamiento constante, diálogo abierto y educación sobre límites y derechos propios. Los niños deben aprender a identificar riesgos, establecer reglas claras y tomar decisiones seguras.
¿Cómo proteger a mis hijas de las pantallas? En principio la respuesta es muy sencilla, no les compro. Esto no garantiza que mis hijas no tengan acceso, pues tienen amigos, tíos, primos y abuelas. Mis hijas son encantadoras y pasar tiempo con los suyos es un ganar ganar para todos, sobre todo porque ellos, los suyos, están claros que la responsabilidad de educarlas recae en sus papás, entonces disfrutar con abuelas, tíos, primos y amigos, mimarlas, entenderlas y escucharlas, es facilísimo.
Comienzo así esta historia porque pese a todos los intentos por alejar a mi pequeña de 10 años del temido celular, su abuela tuvo la maravillosa idea de regalarle uno, sin avisarnos y luego recomendarle a su adorada nieta, que lo puede usar si sus papás le autorizan. El problema fue que mi suegra pronunció su sentencia, liberándose de todo mal, cuando mi hija ya tenía el tan esperado aparato entre sus manos, cuando su mirada ya se había extraviado en la luz destellante de la pantalla, cuando todo estaba perdido y sus sentidos eran arrebatados por un rectángulo que la atrapaba más y más. Esto hizo que las palabras de recomendación de la abuela, llegaran a los oídos de mi hija en el idioma de la profesora de Charlie Brown –Snoopy– y el mensaje se disolviera en partículas succionadas por un cielo repleto de nubes que se cargaban de las próximas lágrimas a punto de reventar, cuando la realidad del día a día cruce la puerta de su casa. Mi suegra infló su pecho de orgullo al convertirse en la mejor abuela de todos los tiempos y los padres estábamos a punto de convertirnos en los villanos desalmados que no entendemos como funciona el mundo de hoy. Acabábamos de enredarnos en una situación llena de angustia, intolerancia, decibeles y “castigos” que extorcionan y chantajean cada vez que se requiere que esa pequeña haga caso, hable con respeto, reconozca los límites y lo más peligroso, se cuide de ese monstruo silencioso que cada segundo espera que un niño caiga bajo la cama.
Según un estudio de la Asociación Americana de Pediatría, el uso de pantallas por parte de los preadolescentes (de 8 a 12 años) y los adolescentes (de 13 a 18 años) ha aumentado a una velocidad inclemente, “los niños pasan un promedio de cinco horas y media al día en pantallas consumiendo contenidos” de todo tipo. El número para los adolescentes sube a ocho horas y media.
Expresiones como “me quiero morir, no hay conexión”, “me quiero matar”, “estoy deprimido”, una incapacidad total del manejo de la frustración, la ira desmesurada, las reacciones desproporcionadas, son solo una parte de todo lo que provoca el uso de pantallas en nuestros hijos menores de edad. El efecto es inmediato. Hice una prueba con mis hijas y es sorpendente como cambian de actitud y temperamento cuando se exponen al uso de aparatos inteligentes, su reacción es inversamente proporcional a ese nombre y estar dentro de un ambiente así como familia es insoportable. Nos deja a los padres sin herramientas para enfrentar lo complejo que es la crianza.
Protegerlos del uso de las pantallas no significa encerrarlos en una burbuja más, porque ellas, a mis hijas me refiero, ya vivien dentro de algunas. Y aquí parto de hacer uso de nuestra intuición y sentido común como padres. Una vez más debemos entender que nosotros somos los adultos en estas relaciones, que nosotros somos los que nos sumergimos en escenas que luego quisiéramos desaparecer, porque nos sentimos culpables al exigirles respeto, al corregirles en ciertos comportamientos, al hablarles con firmeza y limitarles. Pues no, no hay porque autoflagelarnos como santos ni sufrir como María Magdalena. Tampoco se trata de dejar que hagan lo que ellos quieren en nombre de los traumas y de la educación alternativa, ni de llegar al extremo de Herodes, se trata de prepararse, de leer, de ver, de escucharlos y de dedicarles tiempo de calidad, que estoy clara es complejo, pero sino lo hacemos, caeremos en la trampa en la que resbalan aquellos que saben que siempre será más fácil encender un aparato para entretenerlos, que fatigarnos ante la energía en ebullición de esas personitas que están, además, con todas las antenas levantadas para aprender y preguntar.
Usar dispositivos no está mal, existe un ecosistema digital en el cual todos estamos inmersos, pero no hay porque adelantar los procesos ni soltarlos sin control. El mundo detrás de una pantalla es infinito y entrega nuevas ideas que sensibilizan, promueven e informan, conectan y apoyan, pero hay que saber distinguir entre lo que vale o no la pena mirar, a qué edad hacerlo, lo que es muy incierto, y vuelve a nuestros hijos más vulnerables frente a todo lo que se mueve detrás de ese resplandor.

El riesgo al usarlos excesivamente y sin control no es un invento, les produce falta de sueño, les vuelve sedentarios, les aisla, les retraza su aprendizaje, su desempeño, su conducta, se deprimen, pierden por completo sus habilidades sociales y generan una adicción igual o peor que la de cualquier droga. Lo más grave es el famoso “sexteo”, cuando envían a través de los aparatos imágenes desnudas o semidesnudas, así como mensajes explícitos. Según el estudio anterior, “cerca de 19 % de los jóvenes ha enviado una foto sexual a otra persona. Los adolescentes deben saber que una vez que el contenido se envía/comparte con otros, puede no haber forma de borrarlo o eliminarlo completamente.” Así como el acoso cibernético, donde nuestros pequeños pueden ser víctimas sin darse cuenta. No sé ustedes, pero pensar que yo pongo a mis hijas en un lugar así por no decir que “NO” pueden usar un electrónico, es algo que me hace replantear la manera en cómo quiero que crezcan. No se trata de juzgar, sino de cuidarlos, al fin y al cabo, la responsabilidad es nuestra, no del entorno.
Protegerlos no es sencillo, nada lo es, pero la clave siempre será informarse, leer, entender qué es lo que pasa más allá y acercarnos. Poner límites, establecer horarios, revisar y controlar contenidos, definir lugares y espacios, dialogar con respeto, dar ejemplo para generar confianza. Ese es el primer paso y nos corresponde marcarlo a nosotros. Muchos somos unos analfabetos frente a la tecnología, yo en especial, y mis hijas la dominan a la perfección, sin embargo en mis manos está conocer que significan ciertas tendencias, códigos, qué contenidos son aptos o no, en qué puedo ser más flexible, qué podemos compartir, con qué aprenden y en qué zonas hay peligros. Las nuevas tecnologías no son el demonio, pero su alcance es tan imponente que es nuestra obligación no lanzar a nuestros hijos a la boca del lobo.
No es secreto que los peligros en la calle están en cada esquina, que no importa la hora ni el lugar, los crímenes ocurren. Nadie está seguro, pero tampoco lo están nuestros hijos cuando se quedan en casa y somos nosotros quienes decidimos abrir la puerta a los miedos más nefastos. Un experto en ciberacoso dijo que debíamos estar alertas, cuando nuestros chicos no querían salir y preferían quedarse en sus dormitorios con el celular adentro. El resultado: niños prostituidos a una puerta de distancia, chicas y chicos acosados, intimidación, bullying, suicidios.
Hay que hablar con ellos de manera franca, sincera y sin maquillaje, sin sentido figurado, sin ambigüedad, con datos, con casos reales y con información veraz, pero sobre todo, con respeto y cariño.
El riesgo siempre acecha, las amenazas nunca descansan.





