Proteger sin aislar: La crianza tecnológica

abigailcadena@notimercio.ec
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El mayor temor es el aislamiento y la pérdida del encuentro humano genuino.

Marie-France Merlyn/Para Notimercio

La brecha generacional entre padres «migrantes digitales» dificulta el diálogo y la crianza en un entorno hiperconectado que los jóvenes viven como una extensión de su realidad. Proteger no es aislar.

La digitalización del mundo y la masificación de las redes sociales es un fenómeno que surgió en los años 80 y se afianzó como una realidad en el siglo XXI, lo que implica que las personas que coexistimos hoy no hemos estado expuestas a este cambio de la misma manera. En la relación padres-hijos, esta diferencia de perspectiva complejiza el vínculo. Los padres, mayoritariamente generación X, son “migrantes digitales”, es decir que crecieron en un entorno analógico y perciben la tecnología como una herramienta funcional para fines puntuales. Para ellos, la realidad física sigue siendo el eje primordial de la existencia. En contraste, los hijos, pertenecientes a las generaciones Z y Alfa (“nativos digitales”), no conciben la vida sin conexión

Desde muy temprana edad, estos jóvenes han vinculado aspectos fundamentales como el entretenimiento y la socialización, con el contacto a través de dispositivos. Para ellos, el entorno virtual es una extensión natural de su realidad donde socializan, aprenden y gestionan sus afectos. Esta divergencia genera que, mientras para los padres haya una separación clara entre estar conectado y vivir, para los hijos esa distinción sea inexistente, entorpeciendo el diálogo entre ambos. La pertenencia a épocas distintas hace que muchas veces los adultos no sepan cómo guiar o proteger a los menores en un entorno que perciben ajeno y peligroso.

Y es verdad que las interacciones en el espacio digital vienen asociadas con múltiples problemas. Los más evidentes son la violencia digital (bullying, sexting, grooming, sextorsión y acoso), además de los problemas de salud física derivados del sedentarismo o afecciones en la salud mental como ansiedad y depresión. Más allá de esto, lo que más preocupa a los padres es el aislamiento social: el tiempo excesivo frente a los dispositivos involucra no solo menos actividades físicas, sino una merma en la calidad del encuentro familiar y con pares. No se trata solo de un cierre hacia el exterior, sino de que la relación establecida deja de ser una conexión entre dos individuos para convertirse en un vínculo entre un sujeto y un objeto. Es lo que el filósofo Martin Buber describía como la transición del Yo-Tú, una relación de encuentro genuino y mutuo, hacia el Yo-Ello, donde se trata al otro como un objeto o un medio para un fin.

Cuando los padres intentan proteger a sus hijos de los riesgos tecnológicos, es necesario entender que proteger no significa aislarlos del entorno digital, ya que, por su naturaleza generacional y la configuración del mundo actual, esto resultaría imposible. En lugar de censurar, se debe gestionar el tiempo de uso y supervisar los contenidos para fomentar una reflexión crítica sobre lo inadecuado. La verdadera protección implica hablar con honestidad sobre los riesgos de violencia, conocer con quiénes interactúan e inculcarles que detrás de cada pantalla existen seres humanos. En esas interacciones debe imperar una ética del cuidado del otro, entendiendo que no todo está permitido ni debe ser admitido como válido. Al final, la mejor salvaguarda es el acompañamiento constante que un padre puede brindar a sus hijos en el desarrollo de su vida digital.

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