Édgar Freire / Para Notimercio
La verdadera fundación de Quito fue el 28 de agosto de 1534, no el 6 de diciembre. Celebramos por costumbre una fecha que realmente no corresponde a su origen histórico verdadero.
Si a alguien que está festejando a la ciudad, le preguntaran que por qué baila, se toma un trago y grita a viva voz, ¡Viva Quito!, seguro que nos dirá que es porque celebra las fiestas de su Fundación. Pero qué pasaría si le dijeran que ese baile, esos tragos no tienen justificación, de hecho que se vuelve emborrachar. Desde la escuela, colegio y a veces en la universidad, nos han llenado la cabeza con hechos falsos y cumpleaños desfasados. Solo la fuerza de la costumbre, hace que todos (o casi todos) celebremos un cumpleaños que no tiene razón de ser. Y lo penoso es que “dale la mula al trigo”, como decían nuestros abuelos.
Muchos historiadores en los últimos años, nos han dicho: no hay motivo para que en diciembre gastemos tanto dinero en tragos, en desfiles, en movedoras de caderas y hasta muertos de por medio. Quito fue fundada el 28 de agosto de 1534 y el verdadero Fundador de la ciudad fue el Mariscal Don Diego de Almagro. Este soldado español dio el nombre de Villa de San Francisco y eligió a Sebastián de Benalcázar Teniente y Gobernador de esta provincia. Y vayan viendo que ni Almagro ni Benalcázar sabían escribir y encomendaron a otro español llamado Gonzalo Díaz para que firme todos los documentos.
Lo que hace únicamente Benalcázar es a nombre del Rey de España “inaugurar” la población (no fundar) el 6 de diciembre de 1534 y comenzar a llamarse la ciudad “Santiago de Quito” y luego San Francisco de Quito el 28 de diciembre de 1534. Lo demás es parte de la historia: en 1541 recibe el escudo de armas y títulos honoríficos y en 1556 se le declara “Muy noble y muy leal Ciudad”. Como ven, todo parece tan fácil de digerir, pero no ha habido manera de convencernos que bailamos en casa prestada (la verdadera Fundación fue a algunas leguas de la ciudad: prácticamente en las tierras de lo que llamamos Riobamba) y en fecha equivocada.
Muchos dicen que cómo se les ocurrió a los españoles haber escogido estas tierras para hacer una ciudad. Efectivamente, Quito está a los pies del volcán Pichincha, encerrada por colinas y vertientes, repleta de quebradas que en el fondo formaban barreras que prevenían futuros ataques de los enemigos. Quebradas que poco a poco fueron rellenadas hasta formar una llanura inclinada. Este paisaje es sencillo constatar trepándose a la cima de El Panecillo. Es buen ejercicio para el corazón subir esos 200 metros de altura y quedarse extasiados mirando todo el damero o el trazado de la vieja ciudad. Damero o trazado que imita a las grandes ciudades españolas. No olviden que en tiempos del Incario, este panecillo se llamaba El Yaravic y era un lugar sagrado, como lo fue la loma de San Juan. Todas las grandes cimas de la ciudad eran oratorios al sol y a la luna.
Un detalle fantástico es el saber que en 1534 a la llegada de los españoles la zona llamada de Iñaquito era una depresión colmada de restos de erupciones volcánicas y era una extensa laguna que estaba en estado de extinción.
Cuando se disecaron estos pantanos, todavía servían estos sitios como lugares de pastoreo de ganado.
Se cuenta también que los españoles eligieron este sitio por la benignidad de su clima. Para nadie es rara la expresión de que en esta ciudad, en un solo día podemos disfrutar de las cuatro estaciones. Y es cierto. Muchos, con chispa mencionan que nuestro carácter tan voluble se debe a este privilegio del clima. Solemos pasar muy fácilmente del frío de nuestro temperamento al calor de las emociones y al torrencial de nuestras emociones amorosas. Cada uno juzgue si es certera esta apropiación.
Esta es más o menos la partida de nacimiento de nuestra ciudad. Y si pueden sacarse de la cabeza la idea del festejo, es preferible cantar, bailar, enamorar y darse contra el planeta el 28 de agosto y no el seis de diciembre como nos han lavado la cabeza. Y ahí sí gritar a viva voz: ¡Qué Viva Quito! ¡Salud!





