Liliana Chiquinquirá Medina / Para Notimercio
EL CUIDADO DEL ADULTO MAYOR EN ECUADOR REVELA TENSIONES entre el afecto, la carga física y la necesidad de apoyo profesional. Expertos advierten que institucionalizar no siempre significa abandonar.
En Ecuador, el cuidado del adulto mayor plantea una tensión entre el afecto y la necesidad de apoyo externo. Las familias que cuidan en casa lo hacen movidas por el vínculo y la gratitud, pero enfrentan el desgaste del tiempo, la carga física y el aislamiento.
Otras optan por los geriátricos, confiando en la atención profesional, aunque con el peso de la culpa y el juicio social. La elección entre mantenerlos en casa o acudir a un centro especializado nace casi siempre de los límites humanos y materiales.
Quienes sostienen el cuidado doméstico consideran que así su adulto mayor conserva su ánimo y su identidad. Pero la fatiga, el sueño interrumpido y la soledad afectan a quienes asumen esa tarea.
La doctora Paola Vélez, docente de Medicina en la PUCE, explica que la decisión de institucionalizar es compleja. Cuando hay enfermedades que alteran la memoria o el juicio, como las demencias, o una dependencia total que exige ayuda para comer, vestirse o moverse, el cuidado puede sobrepasar las fuerzas de una sola persona.
En esos casos aparece el “síndrome del cuidador cansado”, una condición que agota cuerpo y espíritu. Señala que cada familia debe reconocer sus límites y entender que el amor también puede expresarse en el relevo o apoyo profesional. No se trata de abandonar, sino de garantizar dignidad y atención.
Vélez explica que la ley ecuatoriana reconoce al adulto mayor como persona vulnerable y protege su derecho a recibir cuidado digno. Si hay señales de abandono o maltrato, el Estado puede intervenir, pero la norma también exige corresponsabilidad: se deben compartir las tareas del cuidado, no solo para quienes conviven con el anciano.
La Ley Orgánica de las Personas Adultas Mayores, vigente desde 2019, sustituyó a la antigua Ley del Anciano e introdujo ese principio: Estado, familia y sociedad comparten el deber de proteger a quienes superan los 65 años.
Un estudio de la UCE (2019) mostró que la principal causa de ingreso a geriátricos no es siempre la enfermedad, sino la ausencia de una red familiar directa.
Existen programas del MIES y del Patronato San José de Quito que ofrecen escuelas para cuidadores y espacios de respiro, donde se enseña a distribuir las cargas y brindar apoyo emocional.
Cuando la dependencia es total, el cuidado requiere conocimientos técnicos y vigilancia médica. En esos casos, institucionalizar puede representar una alternativa terapéutica, no un abandono. “A veces llevar a una persona a un centro especializado significa garantizarle higiene, seguridad y atención profesional, no desentenderse”, enfatiza Vélez.
Cuando el adulto mayor conserva funcionalidad, los centros comunitarios o residencias de día resultan más beneficiosos. Allí se promueven terapias cognitivas, ocupacionales y físicas que fortalecen la memoria y la autoestima. Iniciativas como Sesenta y piquito refuerzan el bienestar emocional y previenen el deterioro cognitivo.
“No siempre es mejor quedarse en casa, porque los grupos y actividades estimulan la mente y el cuerpo. La socialización también es una forma de salud”.
Y concluye: “No hay un único camino correcto. Lo vital es que el adulto mayor se sienta cuidado y que quien cuida también esté sostenido”.





