Paulina Narváez Ricaurte/Para Notimercio
Cada sorbo de colada morada me devuelve a sus manos, a su risa, a esa cocina donde el amor se cocinaba lento. Este año, el pan sabe distinto, hay más memoria que masa, más ausencia que azúcar.
Un golpe de canela y hierbas exquisitas. Un abrazo de pan. Unas ventanas empañadas detrás de la neblina y el murmullo alegre que se acurruca entre palabras que se visten con colores morados y miles de formas pálidas que esperan su destino dentro de una cueva que se prepara para recibirlas y devolverlas a nuestra boca como hogaza brillante, robusta y dorada.
Recuerdo manos, recuerdo risas, recuerdo una competencia no anunciada, donde el baile comienza con guaguas asustadas, pasa por súper héroes de siempre y escudos de los equipos favoritos, hasta trenzas y cachitos, que demuestran nuestra necesidad de amasar las ideas, mientras encogemos y estiramos las ideologías que por una tarde se amalgaman en una hoguera común, para exhalar un aroma de humo, una señal de socorro, un trazo hacia el camino de regreso para quienes todavía debían estar ahí, para que entreguen por un instante eterno, el estruendo de su sonrisa y amarquen por una vez más, mi desamparo, mientras me murmullan al oído, que pese al remesón de un año repleto de ruido, todo va a estar bien.
El dulce resbala sobre mi lengua, el ácido pegajoso de la piña me sacude. La textura de terciopelo de una colada seductora, acaricia mi garganta y detengo el tiempo frente a mis ojos, con ganas de voltear el reloj de arena hacia atrás, halar los recuerdo profundos y envolver mis dedos entre los del pilar traslúcido al que hoy me sostengo. Compartir una mesa ovalada en medio del calor urgente de una cocina patoja, pellizca el alma, porque las tradiciones se viven en familia, en una completa, en una donde los engranajes calzan sin tropiezos y que ahora, el empedrado da su mejor cara, para chillarme sin escudos, que este año la colada morada tendrá un sabor un poco más amargo, porque se enjugará con las lágrimas que aún no caen. Porque este año tendré que armar recuerdos nuevos que estremecen y que pese al raudal de días que nos separan, las arrugas de su ausencia se desentienden del tiempo y jamás se alisan.
Recuerdo a mi mamá inundada en el aroma dulce de flores y frutas púrpuras, aferrada a una gran cuchara de palo, ahumando su pecho frente a una olla inmensa. La recuerdo entre conjuros y pócimas cargadas del amor más puro, del que se da y se paga con besos salteados de personitas que ella también construyó. La recuerdo hermosa, firme y entregada sin medida, la recuerdo como el imán que atrae y no suelta, la recuerdo estridentemente alegre, la recuerdo con cuatro manos y dos corazones, suave, delgada y enorme. Recuerdo una colada desbordada sobre tazas dispuestas en fila, para transformar cualquier pena en alegría, porque ésta también muerde el pan recién salido del horno, y es que para acariciar ese milímetro inalcanzable, solo basta arroparlo con el sabor de la comida hecha a mano alzada.
Recuerdo lo que aún no siento, lo que el día está por soltarme. Recuerdo el paladar empalagado por un nuevo llanto, recuerdo que aún hay historias que contar, para que cuando ellas prueben una taza de colada morada y amasen una muñeca de pan, puedan sonreír tan fuerte como lo hice yo al rodearme sin pedir permiso de quienes más me aman, sin invocar a los muertos, solo recordando su memoria que no está en otro mundo sino aquí, muy dentro de mí.





