Elking Araujo/Para Notimercio
Cada taza de colada morada me devuelve la voz de mi abuela diciéndome: «coma, mijo, coma». Ninguna receta iguala el sabor de su memoria servida en pan y olla grande.
Mi abuela murió poco antes de la pandemia de Alzheimer. En sus últimos años, me confundía con algún hijo que nunca tuvo. En su rostro, la angustia por no encontrar el recuerdo de la persona que tenía al frente o de las cosas que le decían, fue dibujándome un semblante desolado. Esa es una de tantas cosas tristes de haberla visto partir de esa manera: uno de los gestos que más recuerdo de ella es el de la satisfacción de verme comer con gusto lo que hubiera preparado con sus propias manos.
Dos eventos grandes había en el año en los que podía ver esa particular felicidad en mi abuela: Semana Santa y Finados. Como yo era un niño de ciudad, ir a la casa de los abuelos era una prodigiosa aventura: en el remoto Píllaro, las tierras de mis abuelos se nevaban de blanco por los manzanos en flor. Afuera de la casa, mi abuelo construyó una cocina de leña: amplia, pero rústica, de paredes de tierra y techo de zinc. Al fondo estaba el gran fogón: gruesas varillas formaban la parrilla sobre pilastras de ladrillo; la leña provenía de algún árbol talado en la misma propiedad.
Un símbolo representaba la magnitud de la tarea, el tamaño de la familia y la generosidad de los abuelos: una olla enorme donde se hacía la fanesca o la colada morada. La olla era tan grande que daba para comer a toda la familia, repetirse algunos y quizá, incluso, un calentado al día siguiente.
Pero la colada morada viene con pan. Mientras la abuela hacía la colada para cinco hijos y doce nietos, los adultos preparaban el pan y los niños modelábamos figuras en masa. En el momento oportuno, todo se horneaba en el artefacto doméstico más representativo de las abuelas ecuatorianas: un horno de marca Andino.
El horno era de color tomate. Tenía capacidad para dos o tres bandejas de pan. Así que la tarea tomaba toda la tarde y concluía en la noche con todos sentados a la mesa, con los jarros de colada morada y el pan caliente. La colada morada y las guaguas de pan saben a calor de hogar.
Si uno alzaba la cabeza, con la boca llena de pan y colada morada, y se cruzaba de pronto con la mirada de la abuela, ella sonreía satisfecha, asentía con la cabeza y gesticulaba unas palabras que no se oían, pero se entendían: “coma, mijo, coma”.
Eso significaba que había que comer y repetir. La repetición es el único agradecimiento auténtico que la abuela aceptaba.
La colada es deliciosa, pero pesada. El pan se llena rápidamente. Es una combinación censurada por nutricionistas: harina en la colada, harina en el pan. Sin embargo, quizá el hecho de que la colada morada se toma una vez al año contribuye a que se consuma sin remordimientos: “para una vez que viene el guagua a vernos, déjale comer lo que quiera” diría mi abuela si mi madre osara prohibirme la repetición.
La colada morada y las guaguas de pan hechas en casa me recuerdan aún el rostro de mi abuela diciéndome “coma, mijo, coma”. Siendo mi plato favorito, he probado muchas en diversos lugares. Siempre que viajo a Ambato, procuro llevar a mi abuelo a tomar colada morada en Pinllo. La hacen todo el año ahí. Pero, buena o excelente, ninguna tiene el sabor de la harina con que mi abuela, como todas las abuelas de antes, hacían la colada morada.





