El sabor de la memoria y los recuerdos : Cuando la casa olía a colada morada y guaguas de pan

abigailcadena@notimercio.ec
6 Min Read
El Cementerio de Píllaro está en la provincia de Tungurahua, cerca de la plaza de Nuestra Madre de Tránsito.

Marieta Campaña/Para Notimercio

La colada morada, más que una bebida, es un ritual familiar que une memoria, tradición y amor en el Día de los Difuntos. A través de sus aromas y sabores, se celebra la vida y se honra a quienes ya no están.

El aroma a frutas azucaradas, a especias y hierbas dulces se adueñaba de la casa de campo cada 2 de noviembre. Era una fragancia que anunciaba el Día de los Difuntos y el comienzo de un ritual que, en mi familia, se repetía desde los años ochenta: la preparación de la colada morada.

Aquel brebaje espeso, oscuro y aromático no era solo una bebida; era una celebración de la memoria. Desde muy temprano, la cocina se convertía en un escenario de movimiento y murmullos. Mis padres esperaban con entusiasmo el reencuentro con algunos de sus nueve hijos, que llegaban desde distintos rincones para sumarse a la tarea. Mientras unos picaban frutillas, babacos y piñas en diminutos cuadrados, otros escogían los mortiños y las moras, cuidando que ninguna fruta se echara a perder.

Delia, mi madre, era la directora de esa orquesta culinaria. La noche anterior dejaba la harina de maíz negro reposando en agua, paso indispensable para que la colada alcanzara su textura perfecta. Al amanecer, en una enorme olla de unos veinte litros, hervía por casi una hora las especias: canela, clavo de olor, ishpingo, pimienta dulce, hojas de naranja, hierba luisa, arrayán, cedrón. Luego colar la mezcla, añadir la harina disuelta y dejaba que el hervor se mezclara con el dulce aroma de la panela.

En otra hornilla, las frutas esperaban su turno después de haberse cocinado en almíbar. Para dar color al brebaje, del huerto se recogía el sangorache: una hierba roja que, al hervirse, soltaba el tono púrpura que teñía la colada con ese matiz entre ocre y violeta. Entonces, la bebida quedaba lista, espesa y brillante, como una joya caliente que despedía un vapor cristalino. No había sabor más entrañable que el de la colada preparada por la madre, entre risas, recuerdos y cucharones de nostalgia.

A las nueve de la mañana el ritual culinario daba paso al espiritual. Con las ollas cubiertas y la bebida reposando en la casa, la familia o parte de ella, se dirigía al cementerio de Píllaro, aquel camposanto que se extendía a las afueras del pueblo. Primero visitábamos a los abuelos paternos, en la parte norte; luego a los maternos, en el extremo sur. Las manos se llenaban de flores cortadas del jardín: rosas blancas, crisantemos amarillos, claveles, ilusiones, hortensias. Los vasos de vidrio se colocaban sobre las tumbas, salvo cuando los vecinos se habían adelantado a “tomarlos prestados”, costumbre tolerada en esos días de visitas compartidas.

Venían las oraciones. Mi padre rezaba en latín; mi madre, en español. El resto de los hijos lo hacíamos en voz baja, con Avemarías y Padrenuestros entremezclados con la brisa que movía las flores. Los nombres de los difuntos se repetían como una letanía familiar: Ángel María, Emilia Salomé, Juan Elías, Segunda Felipa. Era el reencuentro con quienes se habían ido, pero que seguían presentes en la mesa de la casa, en la olla, en el corazón.

Al terminar el rezo, el destino era la feria de Finados, o como decían mis padres: “Vamos a los barros”. Era el momento más alegre del día. En los primeros años, los grandes y pequeños regresábamos a casa con pequeñas vasijas de barro, pitos y miniaturas. Con el tiempo, esas piezas se volvieron símbolos de respeto: comprábamos tazas y platos de barro donde, ya en casa, servíamos la colada morada.

El recorrido concluía al mediodía con el regreso al hogar y el aroma de las guaguas de pan recién compradas en el pueblo: rellenas de manjar, arrope de mora, dulce de sambo o chocolate. En la mesa, además de la exquisita colada morada, nos esperaban sopa de pollo, papas con seco de borrego o chuletas de cerdo. Todo preparado por mi madre, como si el amor pudiera cocinarse.

Cuando el Día de los Difuntos coincidía con el fin de semana, la casa se llenaba hasta el último rincón. Los que partían a otras provincias no se iban con las manos vacías: llevaban recipientes con colada, pan y recuerdos. Era la forma de prolongar la reunión familiar hasta la Navidad que se aproximaba.

Hoy, cuando el calendario marca otro 2 de noviembre, ya sin los padres, los abuelos y los tíos. Basta cerrar los ojos para sentir nuevamente ese aroma dulce y terroso que lo llenaba todo. La colada morada no sólo evocaba a los muertos: mantenía viva la memoria de una familia y de un país que celebra la vida a través del recuerdo y la memoria.

Share This Article
No hay comentarios