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Consentimiento: cuando el amor no significa tener derecho al cuerpo del otro

July Ruiz
10 Min Read
El consentimiento no es una obligación ni una prueba de amor. En una relación saludable, el deseo se comparte, los límites se respetan y cada persona conserva la libertad de decir sí, no o todavía no.

Decir “sí” al sexo no debería ser una obligación dentro de una relación. El consentimiento implica libertad, deseo, límites y la posibilidad de cambiar de opinión.

July Ruiz / Notimercio

Durante años, la idea de consentimiento sexual estuvo asociada principalmente a situaciones de agresión o violencia. Sin embargo, hablar de consentimiento también significa hablar de la vida cotidiana de las parejas: de ese momento en que una persona quiere tener sexo y la otra no, de cómo se expresa un límite, de qué ocurre cuando alguien cambia de opinión o de cómo se manejan las diferencias en el deseo sexual.

La Organización Mundial de la Salud establece que la salud sexual implica la posibilidad de vivir experiencias sexuales placenteras y seguras, libres de coerción, discriminación y violencia. Esto significa que el consentimiento no es un detalle adicional de una relación sexual: forma parte de las condiciones necesarias para que una experiencia sexual sea saludable.

Estar en pareja no significa tener consentimiento permanente

Uno de los errores más frecuentes consiste en pensar que cuando existe una relación estable el consentimiento deja de ser necesario. El matrimonio, el noviazgo, la convivencia o haber tenido relaciones sexuales anteriormente no significan que una persona tenga disponibilidad sexual automática.

El consentimiento debe existir en cada encuentro y puede cambiar. Una persona puede querer besar, pero no continuar; puede querer tener intimidad un día y no al siguiente; puede aceptar una práctica sexual y rechazar otra. Incluso puede comenzar una relación sexual y decidir detenerla.

Por eso, un “no” no necesita una explicación extraordinaria para ser válido. Tampoco debería ser necesario demostrar que existe una razón suficientemente importante para no querer sexo. El deseo sexual no funciona como una deuda que una persona debe pagar porque está enamorada, porque lleva tiempo en una relación o porque su pareja ha esperado determinado tiempo.

El problema de la presión

La coerción sexual no siempre adopta la forma de violencia física. Puede aparecer mediante insistencia, manipulación emocional, intimidación, amenazas, culpa o presión constante.

La OMS señala que la violencia sexual incluye distintas formas de coerción, desde la presión social y la intimidación hasta la fuerza física. También advierte que los datos basados únicamente en denuncias pueden subestimar la magnitud del problema, porque una proporción importante de los casos no llega a los sistemas policiales.

Esto permite entender algo importante: que una persona finalmente haya dicho “sí” no necesariamente significa que haya existido un consentimiento libre, si ese sí fue obtenido después de una situación de miedo, presión o manipulación.

Una frase como “si realmente me amaras, querrías hacerlo” puede parecer una discusión de pareja, pero introduce una condición: demostrar amor mediante disponibilidad sexual. Y ahí el deseo deja de ser completamente libre.

Los datos muestran que no estamos hablando de un problema pequeño

Las cifras globales ayudan a dimensionar el contexto. Según estimaciones de la OMS publicadas en 2023 y actualizadas en sus datos recientes, alrededor de 840 millones de mujeres y niñas, el 31,6% de la población femenina, han experimentado violencia física o sexual de pareja o violencia sexual por parte de alguien que no es su pareja al menos una vez en su vida.

En Ecuador, los datos recopilados por ONU Mujeres registran que 40,4% de las mujeres de 15 a 49 años que han tenido pareja han experimentado violencia física y/o sexual por parte de una pareja íntima al menos una vez en su vida. La misma fuente reporta un 10,8% para quienes la experimentaron durante los 12 meses previos a la medición utilizada. Estos datos provienen de estimaciones nacionales y deben interpretarse considerando el año y la metodología de la fuente.

Estas cifras no significan que todos los conflictos sexuales dentro de una pareja constituyan violencia. Sí muestran, en cambio, por qué hablar de límites, autonomía y consentimiento resulta fundamental cuando se habla de relaciones saludables.

Consentimiento no significa preguntar “¿sí o no?” y nada más

Consentir tampoco debería reducirse a una pregunta mecánica. La comunicación sexual implica prestar atención a lo que la otra persona dice, pero también permitir que pueda expresar sus límites sin temor a consecuencias.

Un estudio reciente sobre parejas románticas encontró que las personas que reportaban mayores niveles de consentimiento interno y utilizaban señales verbales explícitas de consentimiento durante su encuentro sexual también presentaban mayores niveles de satisfacción sexual y de pareja.

Y existe evidencia más amplia en la misma dirección. Un metaanálisis que reunió 93 estudios y 38.499 personas que estaban en relaciones de pareja encontró una asociación positiva entre la comunicación sexual y tanto la satisfacción sexual como la satisfacción con la relación. Además, la calidad de la comunicación tuvo una asociación más fuerte con la satisfacción que simplemente hablar de sexo con mayor frecuencia.

Esto cambia la conversación: no se trata de hablar más de sexo, sino de aprender a hablar mejor de sexo.

También hay que aprender a escuchar un “no”

Muchas parejas saben expresar lo que quieren, pero no necesariamente saben recibir un límite.

Un “no quiero” puede generar frustración, especialmente cuando existe una diferencia importante en el deseo sexual. Pero sentirse frustrado no otorga el derecho a insistir hasta conseguir un sí.

Una respuesta saludable puede ser: “Está bien, gracias por decírmelo”. Después podrá existir otra conversación sobre las necesidades de cada uno, la frecuencia sexual, la intimidad o las dificultades que atraviesa la relación. Pero esa conversación ocurre fuera del momento en el que una persona está poniendo un límite.

Esto es especialmente importante porque una relación puede necesitar acuerdos, pero el consentimiento no puede convertirse en un contrato de obligaciones sexuales.

¿Y si uno quiere más sexo que el otro?

Esta es probablemente una de las situaciones más comunes y también una de las más difíciles de manejar.

Una persona puede necesitar mayor frecuencia sexual y la otra puede tener menos deseo. Ninguna de las dos necesidades debería ser ridiculizada. Pero tampoco puede resolverse obligando a una persona a mantener relaciones sexuales para satisfacer la expectativa de la otra.

La conversación puede trasladarse entonces de “¿por qué nunca quieres?” a preguntas como: “¿qué está afectando nuestro deseo?”, “¿qué otras formas de intimidad tenemos?”, “¿qué necesitamos para volver a sentirnos conectados?” o “¿cómo podemos cuidar las necesidades de ambos sin presionarnos?”.

Porque una cosa es negociar la relación y otra muy diferente es negociar el cuerpo de la pareja.

El consentimiento también puede ser sexy

Existe una idea equivocada de que hablar de consentimiento mata la espontaneidad. En realidad, saber que la otra persona quiere estar allí puede aumentar la seguridad y la confianza.

Preguntar “¿te gusta?”, “¿quieres que continúe?”, “¿estás cómoda?” o simplemente estar atento a las respuestas de la pareja no convierte necesariamente la intimidad en un trámite. Puede convertirse en una forma de conexión.

El consentimiento tampoco tiene que ser una conversación solemne antes de cada encuentro. Puede expresarse con palabras, con respuestas claras y con una comunicación permanente durante la intimidad.

La clave está en que ambas personas puedan sentirse libres para participar, detenerse, cambiar de opinión y expresar lo que desean.

Amor y consentimiento son dos cosas diferentes

Quizás uno de los aprendizajes más importantes sea dejar de utilizar el sexo como medidor del amor.

No tener sexo no significa necesariamente falta de amor.

Querer tener sexo no significa tener derecho a obtenerlo.

Decir que no no significa rechazar a la pareja.

Y aceptar tener sexo no debería ser el precio para conservar una relación.

Una pareja puede tener conversaciones difíciles sobre frecuencia, deseo, expectativas y necesidades. Incluso puede descubrir que existe una incompatibilidad sexual que necesita ser trabajada. Pero ninguna de esas conversaciones debería eliminar la autonomía de cada persona sobre su propio cuerpo.

Al final, el consentimiento no pregunta solamente “¿aceptaste?”.

Pregunta algo más profundo:

“¿Pudiste elegir libremente?”

Porque en una relación sana el sexo puede ser un encuentro entre dos deseos, no una prueba de amor, una obligación ni una deuda pendiente.

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