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Erotismo: lo que pasa cuando el deseo entra en la vida cotidiana

July Ruiz
11 Min Read
El erotismo no se limita al sexo: también vive en la intimidad, la complicidad, la atracción, la imaginación y esos pequeños momentos que mantienen vivo el deseo.

El erotismo no es simplemente tener relaciones sexuales. Incluye deseo, fantasía, placer, intimidad y la manera en que nos relacionamos con nuestro propio cuerpo y con otras personas. La investigación muestra que la frecuencia sexual importa, pero no funciona como una regla para medir la calidad de una relación.

July Ruiz / Notimercio

¿Qué es el erotismo? La respuesta parece sencilla hasta que intentamos definirlo. No es solamente sexo, ni tampoco se limita a la atracción física. La Organización Mundial de la Salud incluye el erotismo, el placer, la intimidad, los deseos y las fantasías dentro de la sexualidad humana y señala que la salud sexual implica bienestar físico, emocional, mental y social, además de experiencias placenteras y seguras, libres de coerción.

Dicho de una manera más cotidiana, el erotismo es ese espacio donde aparece la posibilidad de desear y sentirse deseado. Puede estar en una mirada, una conversación, una fantasía, el contacto físico, la expectativa de un encuentro o la sensación de que todavía existe algo por descubrir en la otra persona. Por eso una pareja puede tener sexo y sentir poco erotismo, mientras otra puede estar atravesando una etapa de menor actividad sexual y mantener una fuerte conexión erótica.

¿Cuánto sexo tienen realmente las parejas?

Aquí los datos ayudan a desmontar una de las mayores presiones: creer que existe una frecuencia “correcta”.

Un estudio publicado en Journal of Family Psychology en 2025 analizó 2.101 parejas heterosexuales del German Family Panel. El 86,38 % de las parejas pertenecía a un grupo caracterizado por alta satisfacción en ambos miembros y una frecuencia sexual de algo menos de una vez por semana. Un grupo mucho menor, el 3,60 %, combinaba baja satisfacción de ambos miembros con sexo menos de dos o tres veces al mes. Otros dos grupos, que juntos representaban alrededor del 10 %, presentaban diferencias importantes de satisfacción entre los miembros y una frecuencia sexual entre dos o tres veces al mes y semanal.

El dato interesante no es que “una vez por semana” sea la frecuencia ideal. El estudio no demuestra eso. Lo que muestra es que, dentro de esa muestra alemana, la combinación de frecuencia sexual y satisfacción de pareja se presentó de diferentes maneras y que la mayoría pertenecía a un grupo que tenía sexo aproximadamente semanal y reportaba alta satisfacción.

Esto es importante porque la sexualidad no funciona como una receta matemática.

Más sexo no significa automáticamente más satisfacción

Un estudio anterior, publicado en Social Psychological and Personality Science, analizó datos de más de 30.000 personas en Estados Unidos provenientes de tres muestras diferentes. Encontró una asociación entre frecuencia sexual y bienestar en personas que estaban en relaciones, pero esa relación dejaba de aumentar de manera significativa cuando la frecuencia superaba aproximadamente una vez por semana.

Esto no significa que tener sexo más de una vez por semana sea negativo ni que una pareja deba limitarse a esa frecuencia. Significa algo mucho más interesante: la frecuencia por sí sola no explica todo el bienestar de una relación.

Una pareja puede tener sexo varias veces por semana y estar atravesando problemas de comunicación. Otra puede tener relaciones sexuales con menor frecuencia y sentirse satisfecha con su vida íntima. Lo que importa también es si ambos consideran adecuada esa frecuencia y cómo viven esos encuentros.

Un estudio poblacional realizado en Australia con 4.290 hombres y 4.366 mujeres de entre 16 y 64 años encontró precisamente una diferencia entre frecuencia y satisfacción: solo el 46 % de los hombres y el 58 % de las mujeres que estaban en relaciones heterosexuales regulares estaban satisfechos con la frecuencia sexual que tenían.

La pregunta, entonces, no debería ser solamente “¿cuántas veces tienen sexo?”, sino “¿esa frecuencia funciona para los dos?”

Cuando uno quiere más que el otro

Aquí aparece uno de los temas más comunes y menos conversados de la vida en pareja: la diferencia de deseo.

Un estudio con 229 parejas de diferentes composiciones, publicado en Archives of Sexual Behavior, siguió a los participantes mediante diarios durante 35 días y posteriormente durante 12 meses. Los investigadores encontraron que una mayor diferencia de deseo sexual entre los miembros de la pareja predecía mayor malestar sexual al día siguiente y también un año después. La relación inversa —que el malestar provocara posteriormente una mayor diferencia de deseo— no resultó significativa.

Otro estudio, mucho más grande, analizó 8.096 parejas estadounidenses y encontró asociaciones entre la diferencia entre el deseo sexual que una persona tenía y la frecuencia sexual que realmente experimentaba, y determinados indicadores de satisfacción y estabilidad de la relación. Estas asociaciones variaban según el sexo y la duración de la relación.

Lo importante es no convertir estos datos en una conclusión simplista como “si no tienen el mismo deseo, la relación está mal”. No. La diferencia de deseo es frecuente. El problema aparece cuando se convierte en una fuente persistente de presión, frustración, conflicto o silencio.

El erotismo también necesita conversación

Hablar de sexo puede parecer menos erótico que practicarlo, pero la comunicación forma parte de la vida sexual. Decir qué gusta, qué no, qué genera curiosidad o qué ha cambiado puede ser más importante que intentar cumplir una determinada frecuencia.

La investigación también muestra que la forma en que las parejas manejan las diferencias importa. Un estudio cualitativo publicado en 2024 entrevistó a 300 adultos que estaban en relaciones y experimentaban diferencias de deseo. Los investigadores identificaron distintas estrategias para manejarlas: comunicación, buscar alternativas, no hacer nada, mantener actividad sexual pese a la discrepancia o ceder el control a uno de los miembros.

No todas estas estrategias tienen las mismas implicaciones. De hecho, la comunicación aparece como una de las herramientas mediante las cuales las parejas intentan negociar una diferencia que, por definición, no puede resolverse simplemente obligando a los dos a sentir exactamente lo mismo.

Porque el deseo no funciona por decreto.

¿Y qué pasa con el erotismo después de muchos años?

Una relación larga puede ofrecer confianza, seguridad y conocimiento profundo del otro, pero también puede aumentar la rutina. Eso no significa que el deseo esté condenado a desaparecer.

La investigación muestra, eso sí, que la sexualidad de las parejas cambia con el tiempo y que las diferencias de deseo pueden adquirir mayor relevancia en relaciones prolongadas. Un estudio con 1.054 parejas casadas encontró que una mayor discrepancia entre la frecuencia sexual deseada y la experimentada estaba asociada con menor satisfacción de pareja, menor estabilidad y mayor conflicto, incluso después de controlar variables como la frecuencia sexual y el deseo.

Pero hay otro dato que resulta especialmente interesante: el mismo estudio señala que la duración del matrimonio no modificó esos efectos. Es decir, no se puede afirmar simplemente que “con los años se acaba el deseo”. La historia es mucho más compleja.

Erotismo no significa estar siempre disponible

Quizá esta sea una de las ideas más importantes. Una vida erótica saludable no significa estar disponible sexualmente todo el tiempo.

La salud sexual, según la OMS, incluye la posibilidad de tener experiencias placenteras y seguras, pero también exige respeto, libertad frente a la coerción y consideración por los derechos sexuales.

Por eso, decir “hoy no tengo ganas” no es una amenaza para el erotismo. Puede ser precisamente una expresión de autonomía. El deseo pierde su sentido cuando se convierte en una obligación.

Y tampoco existe una edad límite para el erotismo. La OMS señala que la sexualidad y la salud sexual son relevantes durante todo el curso de la vida, no únicamente durante los años reproductivos.

Entonces, ¿cómo se mantiene vivo el erotismo?

No existe una fórmula universal ni una frecuencia sexual que garantice una relación feliz. Los datos apuntan más bien hacia algo menos espectacular, pero mucho más útil: satisfacción, comunicación, intimidad, deseo y acuerdos importan tanto como la cantidad de encuentros sexuales.

El erotismo necesita curiosidad. Preguntarse qué nos gusta ahora, qué cambió, qué queremos recuperar y qué cosas nuevas nos generan interés puede ser más efectivo que intentar imitar la sexualidad de otras parejas.

También implica aceptar que el deseo fluctúa. Hay etapas de mucho deseo y otras de poco. Hay momentos en los que el trabajo, el estrés, la crianza, los cambios corporales o simplemente la vida cotidiana ocupan más espacio. Eso no convierte automáticamente a una relación en un fracaso.

Quizá el verdadero desafío del erotismo en pareja no sea mantener para siempre la intensidad del comienzo, sino seguir encontrando espacios donde dos personas puedan mirarse como amantes y no solamente como compañeros de rutina.

Porque el erotismo no se mide únicamente por cuántas veces tenemos sexo.

También se reconoce en la curiosidad, en el deseo de acercarse, en la libertad para decir sí o no y en la posibilidad de seguir descubriendo a alguien que creíamos conocer completamente.

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