El actual Colegio Marista de La Mariscal guarda un pasado ligado al antiguo Colegio Alemán de Quito y a la presencia nacional socialista en la ciudad durante los años 30. Su confiscación en 1942 transformó para siempre este histórico espacio.
Pablo Carrera / Para Notimercio
En el corazón de Quito, en pleno barrio de La Mariscal, se levanta un edificio cuya historia pocos imaginan. Allí funciona hasta hoy el Colegio Marista —antes Borja 2 Los Andes—, el querido colegio donde estudié y me gradué en los años 80. Durante mi adolescencia recorrí sus antiguos pasillos sin sospechar que, décadas antes, esos mismos espacios habían sido escenario de ceremonias, símbolos y reuniones vinculadas a la presencia del nacionalsocialismo en la ciudad.
Corría 1935 cuando, tras la compra de un extenso terreno a la familia Jijón y Caamaño —propietaria de buena parte de la zona—, comenzó la construcción de un moderno campus destinado al Colegio Alemán de Quito. El proyecto ocupó prácticamente toda la manzana delimitada por las calles Pinto, Amazonas, Veintimilla y 9 de Octubre.
El objetivo era trasladar allí la institución que desde 1917 funcionaba en una casona del centro histórico, en García Moreno y 24 de Mayo, pero que había quedado pequeña ante el crecimiento de la comunidad alemana establecida en Quito y otras regiones del Ecuador.
El diseño fue encargado al arquitecto alemán Augusto Ridder, contratista municipal, quien colaboró gratuitamente con una obra destinada a su comunidad. El proyecto contemplaba dos grandes pabellones: uno académico, con fachada hacia la 9 de Octubre, y otro destinado al internado, ubicado en la esquina de Veintimilla y Amazonas.
La arquitectura respondía al racionalismo alemán de la época: espacios amplios, luminosos y funcionales, con bóvedas imponentes, techos altos y corredores generosos que reflejaban la estética del momento histórico en que fueron concebidos.
Pero el colegio no era únicamente un centro educativo. También albergaba la Casa Alemana, un lugar de encuentro, sociabilidad y actividades para la comunidad germana de Quito.
Entre ambos pabellones existían grandes áreas verdes y canchas que llegaban hasta la actual calle Pinto. Recuerdo que, en una clase de biología, el querido profesor “Chino” Muñoz —uno de los maestros más recordados de Los Andes en los años 80— nos contó que, cuando era niño, llegó a ver allí una pista para competencias de galgos, una afición relacionada con la comunidad alemana de la época.
Sobre la fachada principal, en la avenida 9 de Octubre, se desplegaba incluso una gran esvástica, símbolo del régimen nazi que ganaba fuerza en Alemania durante esos años, como también lo acota el pájaro Febres Cordero en su libro sobre La Mariscal. Varias fotografías muestran a personas con uniformes militares en los jardines y fachadas del edificio, evidenciando la influencia política que llegó a tener aquella comunidad en Quito.
Algo similar relataba con dramatismo el inolvidable profesor de inglés de Los Andes, el Dr. Freud, un refugiado y disidente alemán que había vivido los conflictos de Europa y que acompañaba sus clases con historias de un pasado que aún lo perseguía. Sus relatos cobraban especial intensidad cuando una aeronave pasaba a baja altura sobre el colegio, despertando recuerdos de tiempos de guerra.
Durante la Segunda Guerra Mundial, el Colegio Alemán se convirtió en un símbolo incómodo. En 1942, durante el gobierno de Carlos Arroyo del Río, el Estado ecuatoriano confiscó sus bienes debido a la ideología que representaba y sus administradores fueron expulsados. La enorme manzana fue dividida en dos.
La sección con frente a la 9 de Octubre fue adquirida por Monseñor Andrade Reimers, quien fundó allí el Pensionado Borja 2, posteriormente conocido como Colegio Marista Borja 2 Los Andes. Hasta hoy, su sección primaria conserva parte de aquella arquitectura monumental.
Los pabellones del internado, ubicados en Veintimilla y Amazonas, fueron entregados a las Hermanas Dominicas, dando origen al Colegio Santo Domingo de Guzmán.
Después de la guerra, la comunidad alemana adquirió un nuevo terreno al norte de Quito, en la avenida 6 de Diciembre, donde funcionó otra sede del Colegio Alemán antes de establecerse definitivamente en Cumbayá.
Entre los alemanes de origen ecuatoriano se recuerda el caso de Alberto Bruckmann Breilhin, nacido en 1918, quien murió en 1944 en el frente oriental como soldado de la Wehrmacht enfrentando al Ejército Rojo. Fue condecorado póstumamente por el Tercer Reich. Su padre, el cónsul Franz Eduard Bruckmann, simpatizante declarado del nazismo, fue incluido en la Lista Negra de los Aliados en 1941 y posteriormente juzgado en Alemania.
En contraste, diplomáticos ecuatorianos como José Ignacio Burbano Rosales y Manuel Antonio Muñoz Borrero protagonizaron actos de enorme valor al salvar a más de 240 judíos durante el Holocausto, otorgándoles visados que les permitieron escapar de la persecución nazi. Décadas después, Burbano fue reconocido en el Jardín de los Justos por su labor humanitaria.
Hoy, los patios del Marista —donde alguna vez caminaron simpatizantes nazis y donde ondeó una esvástica en plena mitad del mundo— están llenos de estudiantes, risas y sueños. Los pasillos que un día fueron testigos de símbolos políticos y conflictos internacionales ahora guardan las historias de miles de jóvenes ecuatorianos que crecieron entre sus paredes.
La historia de este colegio, desde su origen alemán y su vínculo con el nazismo hasta su transformación en una institución educativa ecuatoriana, representa un capítulo poco conocido de Quito. Un relato donde se cruzan arquitectura, política, guerra, memoria y la capacidad de una sociedad para transformar los espacios del pasado en lugares de aprendizaje y esperanza.


