Un viaje al eco de la risa de mi hermana Elizabeth

abigailcadena@notimercio.ec
5 Min Read

Abigail Cadena / Para Notimercio

El 2011 marcó un antes y un después en mi vida. Ese año, la tragedia me golpeó con fuerza. Perdí a mi hermana Elizabeth y, desde entonces, cada día se ha convertido en memoria y dolor.

Desde el día que llegaste a nuestras vidas, iluminaste nuestro hogar con tu risa e inocencia. Aquella tarde, al regresar de la escuela y abrir la puerta te vi junto a mamá. 

Tu carita reflejaba pureza, una imagen que se grabó en mi corazón para siempre. Las tardes en nuestra sala se llenaron de juegos y risas. A menudo, mamá nos regañaba por quedarnos dormidas después de jugar. Cuando no querías comer la sopa yo hacía lo posible para que no nos llamaran la atención. 

Compartir esos momentos fue un pacto entre hermanas, un secreto que nos pertenecía. La playa fue otro de esos lugares mágicos donde creamos recuerdos. ¿Recuerdas cuando intentamos hacer castillos de arena? Papá nos hizo una mini piscina de arena y agua de mar. 

Tu mirada triste me dejó una huella, como si supieras que sería la última vez que jugaríamos juntas en la orilla del mar.

A pesar de tus dos años, apenas dos, me asombraba tu valentía, tu delicadeza al comer, levantando el dedito meñique. Tus ansias por aprender, hablar, caminar, escribir y bailar. 

El destino parecía avisarte que el tiempo era limitado y tú te esforzabas por aprovechar cada instante. Yo te recuerdo con profundo respeto. Nunca te he olvidado. 

En mis momentos de soledad hablo contigo. Aunque no puedas responderme, me guías como si estuvieras aquí, cuidándome. 

Las tardes en casa eran especiales. La música disco, aquella que tanto le gustaba a papá, llenaba el ambiente mientras nos poníamos a limpiar y papá nos enseñaba a bailar.

Convertíamos cada tarea en un momento de alegría. Este hogar, que aún guarda tu esencia, siente tu ausencia, pero también tu presencia. Papá duerme abrazado al oso que te regaló en tu primer cumpleaños, pero mamá ha cambiado: hoy es dureza y distancia. El negro de su ropa parece ser su forma de recordarte. 

Tengo un perrito que me acompaña. Siento que entiende nuestra soledad y nos trae juguetes para no sentir la casa vacía. La similitud entre nosotras golpea duro a mamá y el dolor se ha hecho parte de mi vida. 

El día que te fuiste te llevaste contigo no solo un pedazo de mi corazón, sino mi vida. Sin embargo, sé que desde donde estés, nos cuidas. Recuerdo el aroma de tu perfume “Agú”. Ese olor me quiebra. Las risas compartidas mientras nos bañábamos escuchando a Ricardo Arjona, favorito de mamá, son momentos que atesoro. 

Aún puedo verte reír mientras yo te ponía talco creando un pequeño mundo de polvo y risas. Te extraño, hermanita. 

Recuerdo el último susto que nos diste. Regresábamos a casa con el cofre que contenía tus cenizas y, al día siguiente, encontramos tus huellas en el piso de la sala, como un eco de tu travesura final. 

El adiós aún duele. Cuando ya no podías sentir te pedí que no me dejaras. Tú en la camilla, conectada a mil máquinas con sonidos aterradores.

Tomé tu pequeña mano, me apretaste con fuerza y una lágrima escapó de tus ojos. En ese pequeño gesto comprendí que era tu despedida. Entendí que yo debía cuidar a nuestros padres porque ese día yo perdí a una hermana, pero ellos perdieron a una hija. Nadie espera enterrar a un hijo, y en la ley de la vida eso no estaba escrito.

Share This Article
No hay comentarios