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El Quito del 30-S: una ciudad entre cierres, caos y enfrentamientos

Diana Penafiel
8 Min Read
Los alrededores del Regimiento Quito N.º 1 y del Hospital de la Policía concentraron algunos de los momentos más críticos del 30 de septiembre de 2010.

El 30 de septiembre de 2010 comenzó como un jueves cualquiera en la capital. Horas después, las clases estaban suspendidas, el antiguo aeropuerto había dejado de operar, la atención bancaria se restringía y el norte de Quito se convertía en escenario de enfrentamientos. Dieciséis años después, reconstruimos lo que aquella jornada significó para la ciudad.

Quito amaneció aquel jueves como cualquier otro día. Era 30 de septiembre de 2010 y, durante las primeras horas de la mañana, miles de personas habían salido de casa sin imaginar cómo terminaría la jornada. Los estudiantes estaban en clases, los trabajadores llegaban a sus oficinas y la ciudad comenzaba a moverse con la rutina propia de un día laborable.

Pero esa normalidad duraría poco.

La alteración comenzó temprano en el Regimiento Quito N.º 1, en el norte de la capital. Una protesta de miembros de la Policía por la Ley de Servicio Público escaló durante la mañana y, con el paso de las horas, dejó de ser un acontecimiento concentrado dentro de un cuartel. Sus efectos comenzaron a extenderse por Quito.

La vigilancia policial habitual se redujo, aparecieron cierres y restricciones, las clases fueron suspendidas y la actividad bancaria comenzó a funcionar de manera limitada. Comercios tomaron precauciones ante la incertidumbre y la recomendación para buena parte de la población terminó siendo sencilla: evitar desplazamientos innecesarios y permanecer en casa.

La ciudad que había salido a estudiar y trabajar comenzó a replegarse.

El aeropuerto dejó de operar

Una de las imágenes que mejor permite dimensionar lo que ocurría estuvo en el antiguo aeropuerto Mariscal Sucre. En 2010, la terminal todavía funcionaba en plena zona urbana del norte de Quito y era la principal puerta aérea de la capital.

Miembros de la Fuerza Aérea Ecuatoriana ocuparon la pista y las operaciones fueron suspendidas. Aviones que debían despegar o aterrizar dejaron de hacerlo y uno de los puntos estratégicos de la ciudad quedó temporalmente fuera de funcionamiento.

El impacto de aquella paralización pudo cuantificarse años después. Una auditoría de la Contraloría determinó una pérdida de USD 44.622,52 relacionada con la toma de la terminal aérea.

Mientras el aeropuerto dejaba de operar, el resto de Quito trataba de adaptarse a una jornada que cambiaba rápidamente. Las clases fueron suspendidas y la atención bancaria se restringió. La normalidad con la que había comenzado el jueves quedaba cada vez más lejos.

El norte de Quito se convirtió en el centro de la tensión

Con el transcurso de las horas, buena parte de la atención se concentró alrededor del Regimiento Quito N.º 1 y del Hospital de la Policía. Lo que había comenzado durante la mañana terminó transformando ese sector del norte de la ciudad en el principal escenario de tensión.

Allí se congregaron policías, militares, civiles y simpatizantes del entonces presidente Rafael Correa, quien había llegado al Regimiento durante la mañana y posteriormente permanecía en el Hospital de la Policía.

Para quienes estaban fuera de ese perímetro, las noticias llegaban mientras Quito modificaba su rutina. Había incertidumbre sobre la seguridad en las calles y sobre cuánto tiempo podía prolongarse la situación. Los grandes saqueos registrados durante el 30-S ocurrieron principalmente en Guayaquil; en Quito, en cambio, hubo temor a que se produjeran hechos similares y cierres preventivos, pero no existe evidencia suficientemente sólida para hablar de una ola generalizada de saqueos en la capital.

La jornada todavía tenía por delante sus horas más violentas.

La noche terminó entre disparos

Cuando cayó la noche, los alrededores del Hospital de la Policía dejaron de ser únicamente un punto de concentración y se convirtieron en escenario de enfrentamientos armados durante el operativo militar desplegado en el sector.

Las huellas quedaron en el lugar. Las inspecciones realizadas posteriormente por Criminalística encontraron 17 casquillos en las puertas del hospital: cinco de calibre 5,56 milímetros y 12 de nueve milímetros. También se hallaron fragmentos de una granada lacrimógena y una posta de goma.

En el ingreso al Regimiento Quito N.º 1 aparecieron otros 12 casquillos de esos mismos calibres, además de más vainas y restos de material lacrimógeno en sus exteriores.

Era una escena completamente distinta a la de aquella mañana. El sector donde horas antes había comenzado una protesta policial terminaba el día marcado por disparos, gases, heridos y daños materiales.

200 heridos en Quito

El balance sanitario permite dimensionar la magnitud que alcanzó aquella jornada en la capital. El Ministerio de Salud Pública reportó 200 personas heridas en Quito. Fueron atendidas en diferentes establecimientos, entre ellos los hospitales Eugenio Espejo, Pablo Arturo Suárez, Enrique Garcés, Baca Ortiz, de la Policía, Militar y Carlos Andrade Marín, además de clínicas privadas.

El reporte sanitario registró también tres fallecidos en la capital: dos policías y un estudiante universitario. El balance nacional del 30-S fue mayor y llegó posteriormente a cinco fallecidos vinculados con los acontecimientos, por lo que ambas cifras no deben confundirse.

El Hospital de la Policía, uno de los principales escenarios de aquella noche, también quedó con daños. Una auditoría de Contraloría estableció posteriormente en USD 93.038,75 el costo de las reparaciones realizadas en esa casa de salud.

Una ciudad que había cambiado en cuestión de horas

Al terminar el 30 de septiembre, el Quito que había amanecido con estudiantes entrando a clases, trabajadores llegando a sus oficinas y una terminal aérea funcionando normalmente era otro.

El aeropuerto había suspendido operaciones. Las clases habían sido canceladas. La atención bancaria había funcionado de manera restringida. Parte de la actividad comercial había tomado medidas preventivas y uno de los sectores más transitados del norte había terminado convertido en escenario de enfrentamientos.

Dieciséis años después, el 30-S continúa asociado a debates sobre lo que ocurrió políticamente aquel día. Pero para Quito también quedó otra memoria, menos abstracta y mucho más cercana: la de una ciudad que salió de casa pensando que enfrentaba un jueves cualquiera y terminó aprendiendo, hora tras hora, que aquel día no tendría nada de normal.

Porque el Quito del 30-S no amaneció paralizado. Se fue deteniendo, cerrando y alterando conforme avanzaron las horas. Cuando llegó la noche, detrás habían quedado aulas vacías, vuelos suspendidos, negocios con sus puertas cerradas, calles tomadas por la incertidumbre y un sector del norte marcado por gases y disparos. Al día siguiente la ciudad volvió a ponerse en marcha, pero aquel jueves ya había quedado escrito entre esas jornadas en las que Quito cambia por completo antes de que termine el día.

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