Adagio de lo invisible que sostiene

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Jesús, es sin duda, una figura que va más allá de la fe.

Paulina Narváez Ricaurte para Notimercio

Una reflexión, a partir de la Semana Santa sobre el dolor, la pérdida y las contradicciones humanas, mientras reconstruye su vínculo con un poder supremo.

Creo en un poder supremo que me sostiene, un poder al que me aferro despacio cuando las fuerzas flaquean. Sé que hay algo más grande con quien conversó cada noche y al que le entregó la protección de los míos. Tengo fe, no sé aún si por voluntad propia o porque es el conocimiento adquirido que me susurró la nuca desde que nací. 

Cuando llega el momento del año en que es inevitable ver la “Pasión de Cristo”, vuelvo a llorar como la primera vez que la vi. Les cuento a mis hijas la potencia de un personaje como Jesús en el mundo, padezco por esa madre que limpia con su paño la sangre de su hijo, para que esta no se pierda entre las calles de un pueblo que gozó de su sufrimiento. Lo que me lleva a pensar en la debilidad de los seres humanos, en la ira contenida por ser testigos de la traición, en la decepción por escuchar al más fiel seguidor negar cualquier vínculo con el Salvador. Si eso le hicieron al Hijo de Dios, qué nos espera a nosotros, los simples mortales. Para difuminar la tristeza, prendo la radio y al escuchar las noticias, se justifica todo lo dicho.

Jesús, es sin duda, una figura que va más allá de la fe. Es ese referente de líder, con enseñanzas claras, con posturas firmes y discursos amparados en el bien común. Cuando llega la Semana Santa, busco en mi pequeño rincón un instante solo para mí, donde no juzgo, donde hago un balance, donde agradezco, donde me disculpo, donde me celebro y me regaló el inicio de un nuevo año.

No voy a negar que creo en ese ser supremo que hoy tiene entre sus filas a mi héroe personal. Creo en ese ser a quien además de agradecer, le reclamo desde hace casi 365 días la manera misteriosa en la que trabaja por nuestro bien. Aún no lo entiendo y me molesta, pero bajó la voz y miró hacia otra parte, para olvidar el desamparo y comprender sin temor, que su metodología es circular y que todo lo que se entrega, se recibe, para bien o para mal, y que esa recompensa que uno la toma, eventualmente es el fruto de muchas historias incomprensibles que duelen, lastiman y empujan hacia adelante.

No creo en la resignación de su voluntad, porque ese Todopoderoso al que muchas veces doy lo que ya no soporto, es amable, es un buen tipo, es alguien con la paciencia suficiente para leerme una y mil veces sin aburrirse. Es esa energía que me marca hasta que despierte, es esa que no me suelta, no me engaña, no se esconde. Es ese que se transforma en el brillo fantástico que se guarda al fondo de la mirada de mis hijas, ese que abraza el amor del hombre con quien vivo, ese que se viste de la ternura que transpiran las manos de mi mami, ese que teje las redes que me extienden mis hermanos y los suyos.

No creo en el castigo ni en el miedo. No creo en el piedrazo ni en el reproche. No creo en los lamentos interminables ni en los dolores que arden. Creo en la magia del conejo de Pascua, en la vibración infinita y armónica de un violín que va a paso lento acariciando mi cuerpo, en el sabor cálido del buen vino. Creo en la pasión, en la sonrisa de las mariposas, en las letras que me ocultan, en las buenas historias que protegen, en las palabras que refugian, en la reencarnación de quien en vida entiende que lo más importante es ser siempre una buena persona.

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