Ser mujer es un camino largo

info@notimercio.ec
5 Min Read

July Ruiz/ Para Notimercio

Una reflexión sobre lo que significa ser mujer a lo largo de la vida, entre la maternidad, el trabajo y las luchas personales.

Decir “yo, mujer” parece sencillo, dos palabras apenas pero detrás de ellas hay una historia larga, compleja y profundamente humana. Ser mujer, para mí, no ha sido una definición fija, ha sido un proceso y un camino que se va construyendo mientras avanzas por distintas etapas de la vida: la juventud, la maternidad, el trabajo, las relaciones, los momentos de duda y también los de claridad. Porque ser mujer no es solo ocupar un lugar en el mundo; es aprender constantemente a habitarlo.

Durante mucho tiempo sentí que debía cumplir varios roles al mismo tiempo y hacerlo bien todos. Ser buena madre, buena profesional, buena compañera, buena hija, buena amiga; como si el valor de una mujer se midiera por su capacidad de sostenerlo todo. Y sí, las mujeres tenemos una capacidad enorme para sostener, pero con los años he aprendido algo importante: sostener no significa desaparecer y yo desaparecí muchas veces.

La maternidad fue uno de los momentos más transformadores de mi vida, tener una hija no solo te cambia las prioridades, te cambia la forma de mirar el mundo; te obliga a preguntarte qué tipo de sociedad quieres para quienes vienen detrás, qué valores quieres transmitir y qué heridas no quieres repetir. 

En el ámbito profesional, ser mujer ha significado abrir espacios donde a veces no era tan fácil estar; aprender a hablar con seguridad, a confiar en mi criterio, a defender ideas en entornos donde muchas veces las voces femeninas no han sido las predominantes. Sin embargo, también he descubierto que el liderazgo femenino no tiene por qué parecerse a los modelos tradicionales; se puede liderar con firmeza y con empatía, con visión estratégica y con sensibilidad, se puede construir desde el diálogo, desde la escucha y desde la colaboración.

En ese camino, el feminismo ha sido una herramienta de reflexión y de conciencia, no lo veo como una lucha contra alguien, sino como una invitación a cuestionar estructuras que durante mucho tiempo limitaron las posibilidades de muchas mujeres. El feminismo, para mí, también ha sido un ejercicio cotidiano: acompañar a otras mujeres, reconocer sus logros, abrir conversaciones incómodas y aprender a mirarnos entre nosotras con más solidaridad y menos juicio.

Y entre esas conversaciones, hay una que sigue siendo particularmente desafiante: hablar de sexualidad y de placer. Durante generaciones, a las mujeres se nos enseñó a hablar poco de nuestro cuerpo, a vivir la sexualidad con silencio o incluso con culpa, el deseo femenino fue muchas veces invisibilizado o reducido a estereotipos.

Por eso, hablar de sexualidad desde una mirada consciente y respetuosa también ha sido parte de mi camino personal y profesional, no como provocación, sino como una forma de educación y de libertad. Hablar de placer, de consentimiento, de bienestar emocional y físico debería ser una conversación natural, especialmente cuando pensamos en las nuevas generaciones.  Sin embargo, no siempre es fácil abrir esas conversaciones, implica romper silencios, enfrentar prejuicios y aceptar que todavía hay muchos temas que la sociedad prefiere mantener en la sombra.

En medio de todo esto -la maternidad, el trabajo, el activismo, las conversaciones difíciles-, hay un aprendizaje que sigo descubriendo cada día: la relación conmigo misma, ya que quizás uno de los mayores desafíos de ser mujer es aprender a tratarnos con más compasión.

Por eso hoy, cuando digo “yo, mujer”, no lo digo desde la perfección ni desde las respuestas definitivas, lo digo desde el camino recorrido, desde las dudas que me hicieron crecer y desde las conversaciones que me transformaron.  Decir “yo, mujer” hoy, para mí, es reconocer todo lo que soy y también todo lo que todavía estoy aprendiendo a ser.

Share This Article
No hay comentarios