Paulina Narváez Ricaurte, escritora/ Para Notimercio
Entre recuerdos y silencios, una mujer reconstruye su histroria y el significado de ser quien es, un gran ejemplo de resilencia y perseverancia
Pocas veces me detengo a pensar lo que significa ser mujer. Hace un par de semanas, mi hija menor me contaba el desastre que son sus compañeros de clase, bulliciosos, desordenados, sudados, hechos los duros hasta que llega el primer gol, y ahí se desarman. Mientras buscaba que responder, ella tomó mis manos, les dio un beso a cada una y me agradeció por ser mujer. Yo sonreí hasta que los labios llegaron a los oídos, la abracé con fuerza y entendí que esa misión estaba cumplida.
Es que ser mujer es un privilegio que comienza cada mañana y no termina hasta que aquellos que amas cierran sus ojos despacio, sintiéndose innegablemente seguros.
Ser mujer es una responsabilidad que goza, es reconocerse en cada línea del cuerpo y disfrutar de su aroma, es abrir los espacios que guardan consigo historias, instantes y secretos que nos llevaron a ser quienes somos.
Ser mujer es aprender a poner en armonía absoluta todos los sentidos, es amar, es olvidar, es crecer y a la vez caminar en los rincones donde se sigue siendo niña. Es mirar con ingenuidad la experiencia. Es acechar con astucia, es encantar con delirio, es ser cuerda con arrebatos y ser loca con cordura.
Ser mujer es reír a carcajadas acompañada de miles de rostros, mientras el alma llora en la mitad de un mar inmenso, sintiéndose terriblemente sola.
Ser mujer es aprender y también enseñar, es crear y separar. Es recostarse al lado de quien amas y consumirlo, alimentarlo, matarlo y resucitarlo.
Ser mujer es lamer las heridas propias y ajenas, es mirarse en el espejo y transformarse en un ser irresistible.
Ser mujer es causar miedo en la pasividad y calmar los escalofríos en el terror.
Ser mujer es resolver y complicar.
Ser mujer es soltar y amarrar.
Ser mujer es desmoronarse y sostener con fuerza a otros y a una misma, es mirar con ternura y congelar con una macabra cicatriz. Es amarcar, es enterrar.
Ser mujer es alimentar desde el primer aliento y asfixiar cuando se rebasa la línea de su entusiasmo.
Ser mujer es un regalo que a veces rompe, pero que siempre logra atravesar cristales empañados para encontrarse de nuevo, para creer de nuevo, para acariciar y seguir las veces que sean necesarias.
Ser mujer es venir de una y es entregar al universo a otras.
Ser mujer es hacer muchas cosas y es también, perderse en el agobio de un pequeño desastre que desequilibra.
Ser mujer es escuchar hasta el mínimo silencio y ensordecer ante el ruido que angustia.
Ser mujer es morir y es levantarse antes de los tres días.
Ser mujer es gritar con pasión, es incomodar con propósito, es desnudar el cuerpo, es cerrar los ojos para mirar de verdad a quienes protege.
Ser mujer es andar, es pisar despacio dejando huellas eternas, es entrelazar los dedos para transmitir un hálito.
Ser mujer es vivir la realidad con la ilusión de un sueño, es dar y recibir.
Ser mujer es perder las ganas, querer desaparecer, ocultarse para resurgir con la potencia guardada de siglos.
Ser mujer es estirar los brazos para alcanzar lo imporsible, es tejer redes que refugian con ternura y es resistir al tiempo con la pasión de la primera vez.
Y cuando las tuyas agradecen ser mujeres es cuando lo han entendido todo, porque el legado jamás desaparecerá, porque así como lo que marca estorba, las grietas también trascienden.





