Paulina Narváez Ricaurte/ Para notimercio
“Me parecen ridículos”, dijo esta mañana mi hija adolescente, mientras yo pasaba a toda velocidad la leche con chocolate hirviendo de una taza a otra para que no les queme el esófago y puedan ir al colegio con algo en la barriga. “Por mí que se crean lo que quieran creerse”, enfatizó mi hija de 10 años, alzando los hombros. Cada traspaso del líquido de un recipiente al otro, perdía más cantidad que temperatura, entre vapor y vapor, imaginé lo que hablaban, los therians, el tema viral de la semana que mueve todo tipo de opiniones, desde las más ligeras hasta las de ultra extrema derecha.
Creo firmemente en la libertad de ser quien uno quiera ser e intento con la misma vehemencia, transmitir esa enseñanza a mis hijas, así como la tolerancia y sobre todo el respeto basado en límites que no invadan el metro cuadrado de quien tenemos en frente.
Cada año en el colegio de mis pequeñas, hay una semana dedicada al no bullying. Los protagonistas son animales, con ellos se personifica una cualidad y un rol para generar empatía, cuidado y apoyo, basado en la cultura de la no violencia. Durante cinco días ahí y en casa hay jirafas, elefantes y monos, a veces deben interpetarlos, otras veces solo disfrazarse, pero siempre entender que no hay que agredir y que se debe levantar la voz frente a los abusos, porque nadie está solo. La noticia sobre la convención de los therians en lugares céntricos de diversas ciudades dio la vuelta al mundo. Este fenómeno social y cultural, que actualmente es una tendencia en redes, hay que observarla con una pinza un poco más fina de lo que simplemente se utiliza para hablar del tema, porque no se trata solo de la novedosa tribu urbana que está en su derecho a manifestarse, existe también un trasfondo que tiene un significado que es importante observar, porque al grupo que más atrae es a los adolescentes, y está en nuestras manos el cuidado de seres humanos a quienes las opciones se les abre como un abanico sin ninguna protección y que éste como otros fenómenos puede tener incidencia en su comportamiento.
La palabra therians, proviene del inglés therianthropy, que deriva del griego therion –bestia o animal salvaje– y ánthropos –humano–, son personas que se identifican como animales pero en lo psicológico y espiritual, lo que no implica una transformación física ni la creencia de tener un cuerpo distinto, sino una vivencia interna de identidad. Su revelación no debe provocar un pánico moral donde nos rasgemos el pecho ante la amenaza de una supuesta decadencia moral, no se trata de estigmatizar ni satanizar, mucho menos de generar odio y agresiones ante lo que podemos o no estar de acuerdo, se trata de entender, educarse y hablarlo abiertamente, para que más allá de aceptar la diversidad de comportamientos y autodeterminaciones, se evidencie lo que es y no se convierta en una máscara detrás de la cual se ocultan no solo rostros sino problemas reales de la adolescencia, como la exclusión, el sentido de pertenencia, el escape, la frustración.
“Yo mejor me autodefino como ácaro y me quedo pegada a mi colchón”, dijo mi adolescente, mientras se me regaba toda la leche sobre el mantel y ellas se iban al colegio en seco con una mordida de pan y recogiendo las migas, tal cual hacen los pajaritos que golpean mi ventana cada mañana.





