Marina Calloni: El periodismo como guardián de la democracia y la crítica a Oriana Fallaci

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Marina Calloni, docente de Periodismo de la Universidad Bicocca de Milán.

El papel del periodismo sigue siendo vigilar al poder, desenmascarar sus contradicciones y devolver a los ciudadanos herramientas para comprender la realidad. Oriana Fallaci, especialmente en la primera fase de su carrera, representó de forma ejemplar este espíritu crítico. Fue una figura no convencional, capaz de romper los esquemas del periodismo tradicional y abordar temas complejos con valentía y profundidad.

Su gesto simbólico de quitarse el velo ante Jomeini aún es un potente ejemplo de periodismo de investigación que se convierte también en un gesto político contra el patriarcado, en defensa de la libertad y la dignidad de las mujeres. Sus entrevistas dejaron huella porque iban más allá de la crónica: excavaban en la verdad y ponían en tela de juicio la autoridad.

Sin embargo, en la fase final de su carrera, sobre todo después del 11-S, su enfoque se volvió mucho más ideológico. Interpretó el ataque a las Torres Gemelas como una guerra de civilizaciones, contraponiendo un Occidente libre y civilizado a un mundo islámico visto de forma homogénea y peligrosa. Esta visión radical la llevó a una generalización de los hechos, perdiendo esa capacidad crítica y analítica que la había caracterizado antes. Una crítica legítima se transformó en una visión rígida, incapaz de distinguir entre culturas, contextos y responsabilidades.

Cuando el periodismo deja de ser independiente y se convierte en cómplice del poder político o económico, pierde su función democrática y se transforma en un instrumento de manipulación. Esto fomenta la desinformación, alimenta la polarización y socava la confianza de la opinión pública.

Hoy vivimos en una condición que podríamos definir como «infodemia»: un exceso de información, a menudo falsa o manipulada, que dificulta distinguir lo que es verdadero de lo que es construido. Las redes sociales, en este sentido, han agravado la situación: han reducido la intermediación profesional de los periodistas y han viralizado contenidos no verificados, alimentando una narración fragmentada e impulsiva de la realidad.

Además, el uso de los algoritmos y de la inteligencia artificial en la selección de contenidos acentúa la radicalización, proponiendo a los usuarios solo aquello que refuerza sus propias convicciones. Esto limita el debate, crea “burbujas informativas” y hace cada vez más difícil el diálogo.

Como señaló Habermas, una democracia necesita una esfera pública informada, donde los ciudadanos puedan acceder a información fiable, debatir y formarse una opinión consciente. Pero si el periodismo pierde su autonomía y se deja guiar por lógicas de propaganda, se pierde esta función esencial. Los ciudadanos se encuentran desorientados, incapaces de ejercer sus derechos con conciencia.

Por ello, creo que es fundamental relanzar el periodismo profesional, basado en la verificación de los hechos, el análisis y la responsabilidad. La información no solo debe contar lo que sucede, sino ayudar a comprenderlo. Debe defender el pluralismo, abrir espacios de reflexión y ofrecer a los ciudadanos las herramientas para participar plenamente en la vida democrática. Pero, lamentablemente, la libertad de prensa se está reduciendo gradualmente incluso en muchas democracias liberales.

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