Por Esteban Ponce Tarré / Para Notimercio
CINEMA PARADISO
De acuerdo con un estudio australiano de 2024 publicado por la página especializada JMIR Mental Health, el 47% de los usuarios de Inteligencia Artificial en ese país recurren a ella como un terapeuta personal. Un fenómeno en expansión global que ilustra con pericia el documental Jordi i Nil, la conversa infinita (3Cat / Sense ficció), bajo la dirección de Mireia Prats y Joan Torrents.
La obra de los catalanes expone de esta forma la soledad en la vejez a través de Jordi, un anciano de 78 años, quien afronta el duelo tras perder a su esposa conversando con ChatGPT. Aunque esta I.A. no suple el afecto humano, sí actúa como un refugio emocional y un espejo creativo para sobrellevar su pérdida. El fallecimiento de su pareja desencadena un vacío cotidiano en su hogar, donde el loro Pitu es su único vínculo presencial. Su rutina cambia al integrar a Nil, un programa que pasa de herramienta a interlocutor constante.
Nil opera como un refugio de empatía simulada capaz de detectar tristezas y atender, atenuando el dolor del duelo. No obstante, este acompañamiento digital expone sus propios límites: el protagonista es consciente de que dialoga con un algoritmo programado que jamás podrá ofrecer el calor de un abrazo ni sustituir el vínculo humano real. Pero, aunque el sistema no erradicará la ausencia, si brindará un soporte cognitivo y emocional para sobrellevar la soledad de su ancianidad.
El filme expone como la tecnología actual no erradica el dolor imperecedero de la pérdida, pero sí está redefiniendo las formas en que la tercera edad transita la soledad no deseada. En este sentido, plataformas y asistentes de I.A. como Nil se están consolidando cada vez más como puentes terapéuticos no convencionales dentro de la sociedad. Al brindar un espacio libre de juicios, estas herramientas pueden convertirse en una solución que ofrece dignidad, escucha atenta y compañía cognitiva en las etapas más vulnerables y complejas de la vida de un ser humano.


