Esteban Ponce Tarré / Para Notimercio
El psicoanálisis no concibe la mente como una estructura lineal, sino como una red de caminos con múltiples desvíos. En el inconsciente, donde rigen mecanismos como el desplazamiento, los traumas no emergen de forma directa; en su lugar, se infiltran a través de pasillos ocultos, atajos y síntomas disfrazados. Ante este complejo laberinto freudiano, la terapia utiliza la asociación libre para rastrear el origen del conflicto y orientar al sujeto hacia una salida a su crisis.
El séptimo arte ha erigido verdaderas obras maestras que funcionan como metáforas vivas de estos procesos psíquicos. Tan solo David Lynch, el aclamado cineasta fallecido en 2025, construyó tres largometrajes que ilustran esta mecánica y la han llevado a su máxima expresión experimental: Lost Highway (1997), Mulholland Drive (2001) e Inland Empire (2006).
En Backrooms (2026), Kane Parsons también traslada estas técnicas al ámbito cinematográfico mediante la premisa de un arquitecto que halla, dentro de su entorno laboral, una dimensión que opera como caja de resonancia de su psique. La trascendencia del filme radica en la habilidad con que el director convierte la estética de los espacios liminales y el folclore digital —impulsados en origen por él mismo— en un fenómeno audiovisual de notable importancia.


