July Ruiz / Notimercio
“Estoy aburrido”. Para muchos padres, esta frase parece una emergencia que debe resolverse inmediatamente: una tablet, un videojuego, un video corto o el celular aparecen como la solución más rápida. Pero ¿qué pasaría si el aburrimiento no fuera un problema que debemos eliminar?
El regreso a clases puede ser una buena oportunidad para hacernos esa pregunta; durante las vacaciones, las pantallas suelen ocupar más espacio en la rutina: videos, redes sociales, videojuegos, series y aplicaciones están disponibles prácticamente en cualquier momento. Después llega el colegio y aparece un escenario muy diferente: escuchar durante una clase, esperar turnos, leer, resolver problemas y sostener la atención aunque la actividad no sea inmediatamente entretenida.
La Organización Mundial de la Salud recomienda que los niños pequeños tengan límites claros frente al tiempo sedentario frente a pantallas. Para los menores de 2 años, no recomienda el tiempo de pantalla; entre los 2 y 4 años, aconseja que no supere una hora diaria, siendo menos siempre mejor. En niños mayores, el desafío no se reduce a contar minutos, también importa qué hacen frente a una pantalla, cuándo la utilizan y qué actividades está desplazando.
El cerebro también necesita pausas
El aburrimiento tiene mala fama, pero puede cumplir una función. Cuando un niño no recibe constantemente estímulos externos, tiene que buscar qué hacer, imaginar, explorar y tomar decisiones. “Estoy aburrido” puede convertirse en construir algo con cajas, inventar un juego, dibujar, conversar, leer o simplemente observar lo que ocurre alrededor. Un estudio publicado en Creativity Research Journal encontró que ciertas formas de aburrimiento pueden favorecer la generación de ideas y el pensamiento creativo.
¿Y qué ocurre con la atención?
Los contenidos digitales están diseñados para captar nuestra atención. Videos breves, notificaciones, recompensas inmediatas y cambios constantes de estímulo pueden hacer que una actividad más lenta —como leer un capítulo, resolver un ejercicio o escuchar una explicación— parezca mucho menos atractiva.
La Academia Americana de Pediatría recomienda que las familias establezcan un plan de uso de medios que contemple las necesidades de cada niño y que las pantallas no interfieran con el sueño, la actividad física ni otras experiencias importantes.
No se trata de prohibir: se trata de equilibrar
Podemos establecer momentos y espacios sin dispositivos: durante las comidas, antes de dormir o mientras se realizan determinadas actividades familiares. También podemos recuperar algo que parece sencillo, pero que muchas veces desaparece de las agendas infantiles: el tiempo libre sin instrucciones.
Quizá uno de los grandes retos del regreso a clases no sea conseguir que nuestros hijos estén menos tiempo frente a una pantalla, sino ayudarles a recuperar algo mucho más valioso: la capacidad de estar consigo mismos sin necesitar que una pantalla les diga qué hacer después.


