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Cuando la pantalla parece decir siempre la verdad.

July Ruiz
6 Min Read
La inteligencia artificial y la desinformación desafían la capacidad de adaptación digital, especialmente entre quienes crecieron confiando en lo que veían y escuchaban.

Diana Peñafiel / Para Notimercio

La IA y la desinformación ponen a prueba a una generación que aprendió a confiar en lo que veía y escuchaba. Más que un problema de edad, el desafío es adaptarse a un mundo digital totalmente nuevo.

—Mijito, ¿es verdad que van a cerrar los bancos mañana? Me llegó un video donde un economista lo explica…

La llamada dura apenas unos minutos. Al otro lado del teléfono, un hijo respira tranquilo después de explicarle a su madre que todo era falso. La escena se repite cada día en miles de familias. Antes eran las cadenas de correo electrónico; hoy son videos creados con inteligencia artificial, audios clonados y fotografías capaces de engañar incluso a quienes pasan varias horas navegando por Internet.

La llegada de Internet cambió la forma de buscar información. La inteligencia artificial ha vuelto a cambiar las reglas. Hoy es posible crear un video donde una persona parece decir algo que nunca dijo, clonar la voz de un familiar con pocos segundos de audio o fabricar un supuesto médico que recomienda tratamientos inexistentes. Lo que antes parecía ciencia ficción ya forma parte de la vida cotidiana.

En ese escenario, los adultos mayores enfrentan un reto especial. No porque sean menos capaces, sino porque crecieron en un mundo donde una fotografía era una prueba, una llamada telefónica realmente provenía de quien hablaba y los medios tradicionales verificaban la información antes de publicarla. Muchas de esas certezas desaparecieron en apenas dos décadas.

La ciencia también invita a desmontar un prejuicio frecuente: afirmar que los adultos mayores “creen todo lo que ven en Internet”. Una revisión sistemática publicada en 2026 por la revista BMC Psychology, que analizó 26 investigaciones desarrolladas entre 2000 y 2024, concluyó que la vulnerabilidad frente a la desinformación depende de una combinación de factores: alfabetización digital, alfabetización en salud, cambios cognitivos propios del envejecimiento, aspectos emocionales y el apoyo familiar y social. En otras palabras, el problema no tiene una única explicación ni puede atribuirse solamente a la edad.

El desafío comienza mucho antes de decidir si una noticia es verdadera o falsa. Está en reconocer cuándo una página es confiable, identificar publicidad disfrazada de información, descubrir que un “especialista” fue generado con inteligencia artificial o comprender que las plataformas muestran contenido seleccionado por algoritmos que refuerzan intereses y creencias.

Los llamados deepfakes representan uno de los mayores desafíos. Estas herramientas permiten crear videos y audios prácticamente indistinguibles de la realidad. Ya existen casos documentados de delincuentes que utilizan voces clonadas para hacerse pasar por hijos o nietos y solicitar dinero alegando falsas emergencias. La tecnología también se emplea para fabricar entrevistas, campañas fraudulentas y promociones de supuestos tratamientos médicos.

Sin embargo, las investigaciones muestran un panorama más complejo. Estudios publicados en Nature Aging indican que las personas mayores están más expuestas a contenidos de baja credibilidad, especialmente sobre salud, pero eso no significa que tengan menos capacidad para razonar. Otros investigadores señalan que también influyen los hábitos de consumo de información y la forma en que las redes sociales deciden qué contenido mostrar a cada usuario.

La salud es uno de los ámbitos donde el riesgo resulta más evidente. Facebook, YouTube o WhatsApp se han convertido para muchas personas mayores en espacios habituales para resolver dudas sobre enfermedades, medicamentos o tratamientos. Allí circulan remedios milagrosos, dietas sin respaldo científico y consejos atribuidos a especialistas que nunca existieron.

A ello se suma otro elemento pocas veces mencionado: la soledad. Para muchos adultos mayores, las redes sociales no solo representan una fuente de información, sino también un espacio de compañía y conversación. Esa mayor permanencia en plataformas digitales incrementa las posibilidades de encontrarse con contenido engañoso.

La buena noticia es que aprender funciona. Investigadores de la Universidad de Stanford demostraron que una capacitación breve sobre verificación de información mejoró significativamente la capacidad de adultos mayores para identificar noticias falsas. Bastó enseñar acciones sencillas: revisar quién publica una información, buscar otras fuentes, desconfiar de mensajes excesivamente alarmistas y detenerse antes de compartir.

Quizá el error sea pensar que este es un problema exclusivo de los adultos mayores. Hace cuarenta años ellos enseñaban a sus hijos a no hablar con desconocidos en la calle. Hoy son esos hijos quienes les enseñan a desconfiar de un enlace de WhatsApp, de una llamada que imita la voz de un familiar o de un video que parece completamente real.

La inteligencia artificial seguirá evolucionando y los engaños serán cada vez más sofisticados. Algún día las generaciones que hoy dominan la tecnología también enfrentarán herramientas que todavía no existen. Cuando llegue ese momento descubrirán que la mejor defensa nunca fue saber usar una aplicación, sino conservar la capacidad de detenerse, hacer preguntas y verificar antes de creer. En un mundo donde una máquina puede fabricar una mentira casi perfecta, el pensamiento crítico sigue siendo la herramienta más poderosa.

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