Cuando el placer se apaga en silencio: una conversación pendiente sobre el deseo

Fernanda Zúñiga
6 Min Read
El deseo no se pierde, se transforma.

De July Ruiz para Notimercio.

Lejos de ser un problema individual, la pérdida del deseo es una experiencia común, compleja y profundamente humana y existe un momento en muchas relaciones —y también en la vida individual— en el que el placer deja de sentirse igual. No desaparece de golpe, se diluye y se vuelve menos frecuente, menos urgente, menos presente. Y con ese cambio, aparece una inquietud silenciosa: ¿es normal que ya no sienta lo mismo?

La respuesta, desde la evidencia científica, es clara: sí, es más común de lo que creemos. Estudios poblacionales muestran que hasta el 43% de las mujeres y el 31% de los hombres experimentan algún tipo de dificultad sexual a lo largo de su vida, siendo el bajo deseo uno de los problemas más frecuentes . De hecho, el deseo reducido representa hasta el 64% de las preocupaciones sexuales reportadas en investigaciones clínicas .

Pero hay un punto clave que cambia la conversación: no todo descenso del deseo es un problema, pero sí lo es cuando genera malestar, desconexión o sufrimiento. Por ello, es importante comprender que el deseo no es constante, ni automático y sobre todo, no es solo biológico.

El deseo no se pierde, se transforma.

Durante años se ha instalado la idea de que el deseo debería ser espontáneo y permanente; sin embargo, hoy la ciencia lo entiende como un fenómeno biopsicosocial, es decir, influido por factores físicos, emocionales y contextuales. 

Esto explica por qué el deseo cambia: con la edad, con las dinámicas de pareja, con el estrés y la carga mental y además con la salud física y emocional. Por ejemplo, investigaciones muestran que el bajo deseo puede afectar entre 26% y más del 50% de mujeres dependiendo de la etapa de vida, especialmente en contextos como la menopausia . En hombres, se estima que entre 13% y 17% experimenta disminución del deseo, aumentando con la edad .

La pérdida del deseo rara vez tiene una sola causa. Es, casi siempre, una combinación de factores.

El primero es el agotamiento emocional. El estrés crónico, la ansiedad y la sobrecarga mental afectan directamente la capacidad del cuerpo para conectar con el placer; cuando la mente está en modo supervivencia, el deseo deja de ser prioridad.

El segundo es la desconexión relacional. El deseo no crece en el vacío, se sostiene en el vínculo. Problemas no resueltos, falta de comunicación o distancia emocional impactan directamente en la intimidad.

El tercero es la rutina. El cerebro necesita novedad y cuando todo se vuelve predecible, la excitación disminuye. No porque el amor desaparezca, sino porque el estímulo cambia.

Y el cuarto —menos visible pero igual de importante— es la historia personal: experiencias previas, inseguridad corporal, presión social o incluso haber tenido encuentros sin deseo real. Estudios muestran que aceptar relaciones sexuales sin quererlo se asocia con menor deseo en el tiempo .

A pesar de su alta prevalencia, el bajo deseo sigue siendo un tema poco hablado. Investigaciones indican que solo una minoría de personas que experimenta falta de deseo busca apoyo o tratamiento, incluso cuando esto genera malestar . Las razones son conocidas: vergüenza, normalización del problema, falta de información y la creencia de que “debería resolverse solo”. Pero el silencio no resuelve el deseo, lo profundiza.

¿Se puede recuperar el deseo?

La evidencia sugiere que sí, pero no como un regreso al pasado, sino como una reconstrucción. Primero, entendiendo que el deseo no siempre es espontáneo, existe lo que especialistas llaman deseo receptivo: aquel que aparece durante la interacción, no antes.

Segundo, priorizando el vínculo sobre el acto sexual, el deseo crece donde hay conexión emocional, seguridad y comunicación.

Tercero, introduciendo novedad. No necesariamente en lo sexual, sino en la vida compartida: experiencias nuevas, cambios de rutina, espacios diferentes.

Y cuarto, hablando. La conversación —aunque incómoda— es uno de los principales predictores de satisfacción sexual.

Quizá el mayor error es pensar que el deseo debería permanecer intacto con el tiempo y la realidad es otra porque el deseo cambia, se adapta, se transforma. Y en ese cambio no hay un fracaso, sino una oportunidad: la de construir una intimidad más consciente, más real y menos basada en expectativas irreales.

Porque cuando el placer se apaga, no siempre es el final, a veces, es el inicio de comprendernos mejor.

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