¿Se deben pactar reglas no negociables?

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Liliana Chiquinquirá Medina/Para Notimercio

Nunca compartir la ubicación en tiempo real a nadie, ni enviar fotos o videos personales a desconocidos.

Según la OMS y UNICEF aproximadamente el 65% de los casos de abuso infantil son cometidos por un agresor que suele pertenecer al círculo de confianza. Un familiar, un vecino, un amigo de la familia o un entrenador.

A veces, el peligro se sienta a la mesa. Este hecho desplaza el mapa clásico del miedo. Nos obliga a mirar los vínculos, los silencios.

Nos exige asumir que el cuidado no puede delegarse a ciegas. Por eso, la protección no se reduce a vigilar. Requiere conversación sostenida.

Acuerdos claros. Presencia disponible. Capacidad de escuchar.

Hablar del cuerpo y del derecho a decir «no». Hablar de los secretos que no deben guardarse. Esto no limita la infancia; la sostiene y la equipa para un mundo que es, por naturaleza, impredecible.

 “Ningún adulto bueno te pedirá que guardes un secreto de mamá o papá, especialmente si ese secreto te hace sentir triste, confundido o con miedo». Esta regla es inquebrantable.

El empoderamiento corporal es fundamental desde pequeños. «Tú decides quién te abraza». «Si alguien te hace una caricia o gesto que no te gusta, tienes derecho a decir ‘NO'». Y deben saber que pueden contarlo.

Establecer una contraseña familiar es una estrategia simple y poderosa. Un código secreto conocido solo por la familia nuclear.

Si alguien, sea conocido o no, se acerca diciendo «tu mamá me mandó a buscarte», el niño debería rehusarse y no ir con nadie y esperar a su mama o papa.

Nunca aceptar encuentros físicos con alguien extraño. Reportar de inmediato cualquier conversación que se torne incómoda.

En el espacio físico, es crucial identificar «puntos seguros» juntos. Una tienda de confianza, un puesto de policía, una farmacia.

Lugares concretos a los que pueda acudir si se siente perdido o amenazado. Enseñar la regla del «adulto que pide ayuda» es prioridad.

«Un adulto que realmente necesita ayuda, se la pedirá a otro adulto, no a un niño». Si un desconocido se acerca, la respuesta es «no», alejarse y buscar ayuda.

Practicar escenarios convierte las reglas en reflejos. Jugar a «¿Qué harías si…?» construye una memoria para la protección.

Un barrio donde los nombres circulan reduce drásticamente el margen del anonimato.

Conocer a los niños de la cuadra. Intercambiar un número de teléfono entre padres. Son actos prácticos de «vigilancia natural».

El cuidado no siempre es institucional. A veces es vecinal. A veces es atención compartida. San Pedro del Valle conserva aún esa posibilidad.

La gente se trata con familiaridad. Los niños son conocidos. Pero ni siquiera ahí el resguardo puede asegurarse.

La confianza no reemplaza la presencia. La imagen de Sebas subiendo a esa cabina no me resulta indiferente.

La infancia explora, confía y avanza, a menudo, sin mapas de riesgo.

El cuidado comienza en no apartar la vista, aunque nada parezca estar ocurriendo. En transformar la mirada en atención.

En sembrar los límites que el mundo físico no muestra. Lo que sí podemos hacer es equiparlos para navegar por ese mundo.

Ya no podemos prometerles un mundo sin riesgos. La protección más duradera es la brújula que construimos en el día a día. Esa brújula se calibra con conversaciones difíciles y honestas.

Cuando hable con la abuela de Sebastián, no llevaré una acusación. Llevaré una inquietud.

El objetivo no es que los niños dejen de explorar el mundo por miedo. Es que lo exploren con los ojos bien abiertos y los nuestros puestos en ellos, ya que un solo instante de distracción en un parque o centro comercial, pudiese cambiarlo todo.

San Pedro, bañado por esa luz ámbar del atardecer, debe ser recorrido, al igual que cada rincón del mundo, por niños que regresen a sus casas, con la seguridad de que forman parte de una comunidad que los observa y resguarda.

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