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De farra por mi Quito lindo

Abi Cadena
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Si las celebraciones de antes son mejores o peores que las de hoy, no lo sé; de lo que no tengo dudas es de que, si tuviera que elegir dónde nacer, volvería a hacerlo en mi lindo Quito de mi vida, al que hoy y siempre yo le canto con amor.

Yahaira Recalde / Para Notimercio

Un nostálgico y delicioso recorrido de la celebración popular de “La Carita de Dios”. Los barrios, las plazas y las calles son testigos del espíritu fiestero de los quiteños de todos los tiempos.

En el inicio de mi vida social los eventos se celebraban en la casa de algún(a) arriesgado(a) que ofrecía la sala de sus papás, o en las famosas fiestas de barrio.

Estas últimas se daban principalmente en homenaje a la Fundación de la franciscana ciudad de Quito; cerrando calles y barrios como la Villaflora, la Rodrigo de Chávez, la Polonia, entre otros.

Todo el barrio se organizaba y ponía cuota para el disco móvil, los canelazos, y las empanadas de viento y/o de morocho. Si la comisión de fiestas era eficiente y el barrio pudiente, inclusive había orquesta y bocaditos.

Yo me portaba bien desde el cordonazo de San Francisco para tener permiso para ir a la fiesta del Barlovento, pues si uno no estaba allí prácticamente no existía para la sociedad quiteña.

Me imagino que los lectores nacidos después de los noventa estarán pensando que la famosa fiesta se llevaba a cabo dentro del conocido restaurante; pues permítanme decirles que están totalmente equivocados: la fiesta se desarrollaba en las calles aledañas y uno debía llegar temprano para “guardar puesto” y bailar sobre la González Suárez y no sobre la Orellana, pues el meneíto de bajada era lindo, pero de subida ya la historia era otra.

La orquesta se ubicaba en el redondel, justo frente al parqueadero del Hotel Quito, y allí bailábamos con los Dukes, Don Medardo, Gustavo Velásquez; y, entrada la noche, el disco móvil le daba duro y parejo a Maná, Rumba Tres y los Gipsy Kings. Cuando la turba enardecida ya se había bebido hasta la base de la olla tamalera de canelazos, entraba el set de Héctor Jaramillo, el romántico Quito mío, el Abra la puerta señora, Véndame un canelacito y, por supuesto, El Chulla Quiteño.

Al otro lado de la ciudad, desde el 28 de noviembre, luego de la elección de la reina de la ciudad, hasta el 6 de diciembre, el español que todo quiteño de la época juraba tener dentro sacaba sus mejores galas y la sangre más azul posible para asistir a las hoy prohibidas —yo voté “sí” en esa pregunta— corridas de toros.

Dentro de la plaza se ubicaban, en las mejores localidades, los adultos económicamente activos de la época que apreciaban el arte taurino: lucían sus sombreros, sus capas, sus botas con exquisitos vinos, y en las generales se paraban un montón de guambras carcosos y noveleros —como yo— que lo único que hacían, además de molestar a los hombres y mujeres de casta valiente, era gritar: “¡Toooooquen, trompudos!” para alentar a la banda municipal.

Capítulo aparte para las chivas de antaño: subirse en ellas sí que era un real acto de fe, pues además de ser vetustos y destartalados buses de madera, se nos permitía ir en su techo agarrados del vaso de canelazo y tirarnos al piso cuando pasábamos por un paso a desnivel o un puente.

En este momento quiero enviar un saludo especial a mi querido amigo que se despertó en una madrugada con la luz de la luna por el Oriente, en el parqueadero de las chivas, sin su billetera, sin su chaqueta y sin su dignidad.

Si las celebraciones de antes son mejores o peores que las de hoy, no lo sé; de lo que no tengo dudas es de que, si tuviera que elegir dónde nacer, volvería a hacerlo en mi lindo Quito de mi vida, al que hoy y siempre yo le canto con amor.

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