Magaly Villacrés / Para Notimercio
Después de la muerte de mi hija, la escritura fue la única cosa que me mantuvo relativamente cuerda, como si un cable atado a mi pie me impidiera caer de cabeza en el abismo de la sinrazón.
En mayo de 2004, mi única hija falleció debido a una enfermedad que aparece cual lotería en uno de cada mil niños. El calvario duró unos meses y ella durmió para siempre, mientras sostenía mi mano camino al hospital. Dicen que no hay dolor más grande que la pérdida de un hijo, y si a ese evento irremediable se suma la soberbia de creer que se lo puede superar sin esperar ayuda de los demás, entonces morimos en vida, dos veces.
Después de la muerte de mi hija, la escritura fue la única cosa que me mantuvo relativamente cuerda; como si un cable atado a mi pie me impidiera caer de cabeza en el abismo de la sinrazón, pues la tristeza es un largo camino a los infiernos; es igual a transitar en soledad a través de un túnel oscuro y, en mi caso, la única forma de recorrerlo fue a través de las letras.
Cada mañana, si el cuerpo y el alma me lo consentían, me arrastraba desde la cama hasta el escritorio, encendía el ordenador y empezaba a llorar. A menudo, el llanto era incesante y me quedaba mirando la pantalla en blanco durante horas, incapaz de escribir una sola letra.
Otras veces, las frases fluían como dictadas desde algún lugar desconocido donde habitaba mi hija. Sin saberlo, línea a línea iba documentando nuestra breve historia: el desenlace, el descenso a la agonía, la confusión, la resignación y el resurgir. Toda herida lleva un proceso; así lo comprendí cuando me sorprendí cantando, aún con la voz rota, la canción “Azul” de Christian Castro, que tanto nos gustaba a las dos.
Después de este episodio mi vida se detuvo por completo, creía que no había nada estimulante por hacer, solo llorar y recordar. De a poco, aprendí a ver los patrones de mi propia existencia y a plantearme los días como una oportunidad para recomenzar.
Aquellos escritos sobre el prematuro y trágico adiós de mi hija han ido apareciendo con la intención de confortar a otras mujeres, con experiencias similares a la mía. Aceptando que la muerte se lleva la vida de una persona, pero nunca borrará lo que sentimos por ella.
Nuestra historia que se entrelazó por apenas seis años, ahora es el mapa de mi propio destino, y en cada ruta trazada encuentro una causa que me hace sonreír. Su corta vida me brindó una oportunidad para revisar mi propio pasado, aceptar el presente y quizás imaginar un nuevo futuro.
Era lógico pensar que mi manantial de historias y la habilidad para contarlas se hubiera extinguido para siempre, pero recordé que estudié periodismo y si me asignan un tema y tiempo para investigar puedo escribir sobre casi cualquier asunto.
Elegí historias tan alejadas del dolor como fuera posible y terminé escuchando detalles escondidos de la vida íntima de amigas y conocidos. Unas eran divorciadas, otras solteras; y las más atrevidas con cédula de casadas, pero con licencia para delinquir en lechos ajenos. Concuerdo con la escritora chilena, Isabel Allende: la gula y la lujuria son los únicos pecados mortales que valen la pena experimentar.
Mis escritos llevan verdad y dolor, y en última instancia una huella autobiográfica en merecida justicia. Escribo sobre el amor y el exceso de endorfinas que lo desata, sobre la violencia de la muerte y la redención. Sobre mujeres fuertes, admirables y valientes. Escribo sobre la supervivencia.





