María Elena Rodríguez / Para Notimercio
El Machángara es el espejo incómodo de Quito y, al mismo tiempo, su mayor oportunidad. La sentencia que lo reconoce como sujeto de derechos abre la posibilidad inédita de cambiar nuestra relación con el agua.
Si la ciudad asume este desafío, la recuperación del río se convertiría en el proyecto que redefina el futuro urbano de la capital. Nuestro río emblema nace en las faldas del Atacazo, páramo esponja que suelta hilos de agua que bajan por quebradas hasta formar su cauce joven. Pero lo que empieza puro y limpio se transforma en degradación.
¿Cómo llegamos a estar tan desconectados de nuestras fuentes hídricas y ser tan indolentes con el principal río de Quito? El Machángara refleja con crudeza nuestra podredumbre urbana: ensuciarlo, tratarlo como cloaca y ser tan cínicos que fingimos que no existe. Somos responsables de un río enfermo porque hemos normalizado tirar desechos en las quebradas, descargar aguas servidas desde cañerías improvisadas y vivir dándole la espalda.
Convivir con un río agonizante es también la historia de la inacción municipal, de la actual administración y de las anteriores. Acostumbradas a normalizar el abandono, el descontrol y convertir la negligencia en política urbana, prefieren delegar la responsabilidad del problema a la que venga después, refugiadas en que “para eso no hay plata”.
Más que un problema técnico o presupuestario, el Machángara es síntoma de una cultura de indiferencia y falta de respeto. Aun así, hay buenas noticias. Quito ya cuenta con una sentencia a favor de los derechos del Machángara. Hace un año, más de 40 organizaciones sociales presentamos una acción de protección. Y la ganamos. Aunque el Municipio de Quito apeló esta sentencia, la Corte Provincial ratificó el dictamen, confirmó la responsabilidad municipal y ordenó 27 medidas de descontaminación y reparación integral.
La sentencia nos abre una puerta inédita: la vergüenza en orgullo, la cloaca en vida y el olvido en segunda oportunidad. Un río no es solo agua que atraviesa la ciudad, es también memoria, identidad urbana y pertenencia. En torno al Machángara se han tejido historias, saberes y prácticas que han marcado la vida de Quito.
Padres, madres o abuelos relatan recuerdos nostálgicos de cuando jugaban en sus riberas, lavaban la ropa o paseos cotidianos cruzando por el puente Alfaro. Si bien las nuevas generaciones crecimos sin estas memorias del Machángara, podemos trabajar en reconstruir en él nuestra quiteñidad y la vida en común. Recuperarlo podría ser el proyecto más potente, lucrativo y significativo para el Quito de los próximos años.
Cualquier alcalde con visión reconocerá que es la mejor oportunidad para hacer del agua el sello memorable de su gestión. Ciudades como París, Bilbao o Medellín mejoraron estándares de calidad de vida restaurando sus ríos. Ni siquiera hay que ir lejos: Cuenca se ha posicionado como una de las ciudades más habitables del país gracias a sus ríos limpios, que atraen turismo, dinamizan el espacio público y fortalecen la salud colectiva.
El futuro de Quito se juega en el Machángara: unirnos por el cumplimiento de la sentencia marcará si somos capaces de reconciliarnos con nuestra historia y elegir entre la resignación o el derecho a la ciudad que merecemos.





