El consumo de videos cortos, mensajes rápidos y estímulos constantes podría dificultar la lectura profunda y la concentración. Expertos advierten que el fenómeno afecta especialmente a niños y adolescentes, aunque también alcanza a los adultos.
La forma en que consumimos información está cambiando y, con ella, también nuestra manera de leer. Un análisis publicado por El País y reproducido por Primicias plantea que la cultura de las pantallas está dificultando la comprensión de textos largos y complejos, en un contexto marcado por videos cortos, notificaciones y contenidos diseñados para captar la atención durante pocos segundos.
El fenómeno está relacionado con los resultados recientes de las pruebas PISA, que muestran retrocesos en las competencias lectoras de los estudiantes. En Ecuador, los alumnos evaluados obtuvieron 385 puntos en comprensión lectora, además de 366 en matemáticas y 393 en ciencias.
De minutos a segundos: cómo cambió la atención
Uno de los datos que llama la atención corresponde a las investigaciones de Gloria Mark, psicóloga de la Universidad de California, quien ha estudiado durante años la atención en entornos digitales.
Según sus mediciones, en 2004 una persona permanecía concentrada en una pantalla durante aproximadamente 2 minutos y 30 segundos antes de cambiar de foco. Para 2021, ese promedio había descendido a 47 segundos.
Los expertos citados relacionan este comportamiento con el predominio de formatos digitales basados en estímulos rápidos: videos breves, mensajes cortos, notificaciones y contenidos que invitan a pasar rápidamente de una información a otra.
El problema, explican, no necesariamente está en la tecnología en sí, sino en cómo los hábitos digitales pueden modificar la manera en que dirigimos y sostenemos nuestra atención.
La lectura profunda necesita tiempo
El catedrático Ladislao Salmerón, de la Universidad de Valencia, lleva dos décadas estudiando la relación entre las pantallas y la lectura.
Según el investigador, el entorno digital genera un estado de atención que puede ser difícil de compatibilizar con actividades que requieren concentración prolongada, como leer un texto durante 30 minutos o una hora.
La lectura profunda implica mucho más que reconocer palabras. Requiere seguir argumentos, relacionar conceptos, interpretar información y mantener una idea en la memoria durante un período prolongado.
El investigador David Bueno, de la Universidad de Barcelona, añade otro elemento: la comprensión lectora también está vinculada con la capacidad de comprender el lenguaje oral. Las conversaciones y el intercambio verbal son parte del desarrollo de las habilidades que posteriormente permiten interpretar textos complejos.
¿Los jóvenes leen peor o están aprendiendo a leer de otra manera?
El informe PISA plantea una posibilidad que matiza el debate: más que un deterioro absoluto de las capacidades lectoras, podría estar ocurriendo una “reconfiguración” de las habilidades.
Es decir, las nuevas generaciones podrían desarrollar determinadas capacidades asociadas con los entornos digitales, mientras presentan mayores dificultades en otras que requieren lectura sostenida y profunda. El propio informe advierte que esta interpretación todavía es especulativa debido a la falta de datos suficientes.
Por eso, el debate no se reduce a enfrentar libros contra celulares. La pregunta es qué tipo de lectura estamos practicando y qué capacidades estamos dejando de ejercitar.
Ecuador también enfrenta el desafío
El tema adquiere especial relevancia en Ecuador después de los resultados de PISA. Más de 9.000 estudiantes de 266 instituciones educativas participaron en la evaluación y el país obtuvo un resultado inferior al promedio internacional.
Frente a estos resultados, el Ministerio de Educación anunció un Plan Nacional de Fortalecimiento de Aprendizajes, con énfasis en lectura, matemáticas y ciencias, además de formación docente y acompañamiento pedagógico.
Un estudio realizado en Ecuador también ha analizado la relación entre redes sociales y comprensión lectora. Una investigación con 120 estudiantes de bachillerato en Otavalo encontró diferencias en el desempeño según el tipo de texto y registró que el 24 % de los participantes consideraba negativa la influencia de las redes sociales sobre su comprensión lectora.
El reto no sería abandonar el celular
Los especialistas citados plantean que la respuesta no necesariamente consiste en eliminar la tecnología, sino en aprender a alternar diferentes formas de consumo de información.
Leer una publicación breve, mirar un video de 30 segundos o revisar una notificación exige un tipo de atención distinto al necesario para comprender una novela, estudiar un artículo científico o analizar un documento extenso.
El desafío, entonces, está en recuperar espacios para la lectura sostenida, la conversación y la concentración sin interrupciones, especialmente durante las etapas de desarrollo de niños y adolescentes.
Porque la pregunta de fondo no es solamente cuánto usamos el celular, sino qué habilidades estamos entrenando cada día con la forma en que elegimos informarnos.


