Millones de adultos los incorporan hoy a su vida cotidiana como una forma de entretenimiento, descanso y conexión social. Las estadísticas confirman un cambio generacional que también está transformando la imagen del jugador.
Sofía Obando A. / Para Notimercio
Durante mucho tiempo, la pregunta parecía innecesaria: ¿qué hace un adulto jugando videojuegos? La respuesta, en la actualidad, es cada vez más evidente. Juega porque se entretiene, porque descansa después del trabajo, porque mantiene el contacto con sus amigos o, simplemente, porque nunca dejó de hacerlo.
La antigua imagen del jugador adolescente encerrado frente a una consola ha quedado pequeña para describir una realidad mucho más amplia. Los niños que crecieron con las primeras generaciones de consolas llegaron a la adultez y llevaron consigo esa afición. Pero no son los únicos: los videojuegos han conquistado también a generaciones que los descubrieron más tarde.
Las cifras ayudan a entender la dimensión del fenómeno. El informe Essential Facts 2026, elaborado por la Entertainment Software Association (ESA), señala que 212,3 millones de estadounidenses juegan videojuegos al menos una hora por semana, equivalente al 67% de la población de entre 5 y 90 años. La edad promedio del jugador es de 37 años, un dato que cuestiona directamente la idea de que este medio pertenece exclusivamente a los más jóvenes.
El crecimiento entre los adultos es especialmente significativo. Según ese estudio, el 71% de los millennials, de entre 30 y 45 años, juega semanalmente. Entre la Generación X, de 45 a 61 años, la cifra alcanza el 56%; incluso el 50% de los boomers, de 62 a 80 años, mantiene esta práctica. Jugar, por tanto, ya no es necesariamente una etapa que termina con la llegada de las responsabilidades adultas. Para muchos, se convierte en una actividad que los acompaña durante décadas.
El panorama se repite en otros países. Un estudio de Ofcom, el organismo regulador de las comunicaciones del Reino Unido, indicó que el 53% de los adultos jugaba en 2024. Aunque la participación disminuye con la edad, no desaparece: uno de cada cuatro mayores de 65 años declaró jugar. El teléfono móvil es, además, la puerta de entrada más frecuente, lo que demuestra que el videojuego moderno no depende exclusivamente de una consola instalada en la sala de casa.
La adultez, sin embargo, cambia la forma de jugar. El tiempo disponible se reduce entre jornadas laborales, estudios, familia y otras obligaciones. Las maratones de varias horas pueden convertirse en partidas cortas durante la noche, en el trayecto hacia el trabajo o durante un fin de semana. El entretenimiento se adapta a la rutina y, con él, también lo hace la industria.
Las razones para jugar son diversas. Entre los adultos estadounidenses encuestados por la ESA, el 68% menciona pasar el tiempo o relajarse como una de sus principales motivaciones, mientras que el 62% juega para divertirse. El interés tampoco desaparece con los años: mantener la mente activa aparece como otra razón relevante, especialmente entre las generaciones de mayor edad.
Existe también una dimensión social. Los videojuegos permiten compartir una actividad con amigos y familiares que viven lejos. Una partida puede convertirse en el punto de encuentro de personas que, por trabajo o distancia, ya no pueden reunirse con la frecuencia de antes. En 2025, la ESA reportó que el 49% de los jugadores afirmaba que los videojuegos les habían ayudado a mantenerse conectados con amigos y familiares.
La familia es otro escenario donde cambió la percepción. En Estados Unidos, el 75% de los padres juega videojuegos y, entre ellos, el 81% ha jugado con sus hijos. Para muchas familias, la consola dejó de ser un objeto que separa generaciones para convertirse, en determinados casos, en una actividad compartida.
Nada de esto significa que jugar esté libre de riesgos. Cuando una actividad desplaza el descanso, las relaciones personales o las responsabilidades, el problema deja de ser la edad del jugador y pasa a ser la falta de equilibrio. El debate, por tanto, debería alejarse de una pregunta cada vez más anticuada: si los adultos deberían jugar videojuegos.
La evidencia muestra que ya lo hacen. Y en grandes proporciones.
Quizá la transformación más profunda no esté en las pantallas, sino en nuestra manera de entender el acto de jugar. La generación que recibió su primera consola en la infancia creció, consiguió empleo, formó familias y asumió responsabilidades. Pero no tuvo que renunciar necesariamente a aquello que disfrutaba.
El adulto que toma un control después del trabajo ya no es una excepción. Es parte de una generación que demuestra que crecer no siempre significa abandonar los juegos, sino aprender a hacerles espacio en una vida distinta. El videojuego, finalmente, también envejeció con sus jugadores.


