Mis rutas del miedo – La arquitectura de la grieta

Doménica Granja
4 Min Read
'Mis rutas del miedo': una exploración íntima sobre las sombras de la fragilidad humana y los monstruos de la rutina

Las palabras en los libros siempre rodearon mi vida. De niña, me descubría jugueteando con unos enormes volúmenes pesados como bloques; eran los clásicos rusos que mi padre leía sin falta, como una necesidad ineludible. Luego, se deleitaba hablándonos de “el alma rusa”, que a la postre es capturar a la humanidad como un paisaje donde habitan el destello y el abismo.

De mi mano, de vez en cuando brotaban intentos de poemas adolescentes, o textos inquietos que eran el reflejo de una juventud que buscaba su cauce; más tarde llegaron las escrituras utilitarias que demandaba mi trabajo. A pesar de habitar el lenguaje y atesorar un territorio de lecturas, la vida seguía su curso en la superficie, sin que yo me atreviera a fundar una voz propia.

Ese cerco de palabras fue aprender a mirar el reverso de las cosas, a intuir el peso de los secretos que se esconden bajo el tapete de la normalidad. Porque en cada mirada que se cruza habita una pequeña perturbación, un monstruo doméstico que la rutina se esmera en ocultar. Nos aterra la oscuridad exterior, pero el verdadero precipicio es ese territorio privado donde guardamos las culpas inconfesables, los deseos torcidos que no se atreven a decir su nombre. A lo perturbador no siempre rasguña eso que llamamos fantasmas; a veces es una quietud excesiva, la sospecha de que la locura duerme en la habitación de al lado o de que nosotros somos extraños frente al espejo. Hay un gusto en descubrir esas deformidades que nos rodean, en comprender que la fragilidad humana está hecha también de silencios que asfixian y rompen. Escribir desde ahí es asomarse a la grieta de la cordura, rasgar el velo de lo aparente para acariciar la sombra que todos, de una u otra forma, cargamos en el pecho como un amuleto gris.

De esa gestación surgió Mis rutas del miedo. El título es el nombre de uno de los cuentos que cifra los primeros terrores: la fisura en la inocencia bajo el peso de los relatos del diablo, la severidad del entorno y la educación religiosa. A su alrededor se cobijaron otras historias: jirones de recuerdos, anécdotas que se curan en la penumbra y en el goce de recibir una idea dibujando su desenlace en soledad.  

Mis relatos son territorios donde lo cotidiano se vuelve amenazante, donde el miedo es una presencia que se infiltra en las fisuras de la costumbre. En ese universo, la realidad sonriente está atravesada por líneas de fractura donde siempre, siempre se vislumbra la redención.

Son páginas que indagan en los vínculos, en las cosas que cambian cuando nos atrevemos a mirarlas de frente. Como bien sugiere Siri Hustvedt, escritora norteamericana, estas ficciones se nutren de «emociones autobiográficas”: una paciente recolección de miradas, pérdidas y sensaciones que ganan terreno en el silencio, hasta que encuentran su propio ritmo sobre el teclado.

Por eso Mis rutas del miedo, pacta de manera definitiva con la sentencia de Carson McCullers, la voz soberana de los dominios del gótico sureño: «No me gustaría vivir si no pudiese escribir. La escritura no es solo mi modo de ganarme la vida; es como me gano mi alma».

María Elena Rodríguez

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