Carlos Vásconez
El silencio ni es ni puede ser lo contrario al ruido. El silencio es una forma del sonido, de la armonía, de la música y de la poesía. Junto a su exposición retrospectiva, homóloga del libro en cuestión, Diego Jaramillo, merced a las buenas prácticas editoriales de la Universidad del Azuay, publica un libro memorable que recorre su producción pictórica desde sus albores en el año 1975 hasta el 2025. Un libro construido como una casa habitable no solo por humanos, sino en la que las cosas, los objetos dispuestos en esta son partes consustanciales y le dan mayor sentido uniforme al conjunto. Cada exposición tiene su crítico que es quien abre las puertas al mundo de la imaginación de Jaramillo Paredes, en una selección acertada de fragmentos de los catálogos o libros o presentaciones desarrolladas en torno a estas.
En estos días en que la intensidad intelectual parecería difuminarse merced a las dotes destructivas del vértigo cotidiano y las redes sociales, que se han encargado justamente de enredarlo todo, obras de la contundencia de Jaramillo nos recuerdan que hay un aire que podemos respirar y que tal aire sí cuenta con oxígeno y es respirable. El aire de los lugares donde es menester callar y donde la sordera, por la que clamaba Umberto Eco cuando hablaba de las músicas, es la mejor opción. El don de la sordera. A estos parajes nos conduce un artista cabal que trabaja la materia como si de su alma, o de la extensión de su alma se tratase.
Así, pues, estos días en Cuenca se puede degustar de una muestra cuya solidez ha sido adquirida con el tesón del paso de los años de descubrir que lo que se veía de niño puede transmitirse a través no solo de la mirada, ya que la mirada es solo el filtro para que las otras sensaciones se enorgullezcan de uno. Cuando vemos una pieza en su totalidad, es decir, en la que cada espacio en blanco dicta la necesidad del descanso de los sentidos, pero tan solo pata ampliarlos ante nuestra propia expectativa, lo que nos queda es la plenitud de lo no-dicho. Nuestro límite es nuestro lenguaje, dijeron a la vez Wittgenstein, Benjamin, T.S. Elioy, William Faulkner. Cuando la palabra está de más, empezamos a crear, porque cedemos la palabra.
Las dotes artísticas y estilísticas de Diego Jaramillo, la promoción y la indagación de su obra, en esta exposición de proporciones amplias, así como en este libro, que es de esos buenos ejemplos de edición pulcra y concordancia entre autor artista y editor, pues se lo puede abrir en cualquier parte y en cualquier parte encontrar algo sorprendente, que nos lleve hacia el fondo indestructible de cada uno de nosotros, destruyéndonos (para parafrasear a Kafka), se potencian con estos, diría, “testimonios de las huellas” de un camino largo que no está tendido a nuestros pies sino que se expande para que nuestros pasos tengan mayor mesura. El territorio abierto siempre será un reto para saber dónde pisar, mucho más que un estrecho callejón en el que las pisadas pueden preverse.
Cuando pensamos en la teoría del arte, pensamos por antonomasia en el artista que no teoriza, en el instintivo, el que se deja arrebatar por el movimiento de sus manos y por lo que los ojos están buscando. En nada como en la pintura el ser humano busca. Tesoros o miserias. A Dios o a la Nada. Diego Jaramillo parecería haberlo encontrado todo.






